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Opinión

Joan Álvarez

Joan Álvarez

Periodista y ex-diplomático cultural

València

Paseos, trayectos y misterios

Pedro Sánchez y José Luis Ábalos, durante un acto en Xirivella.

Pedro Sánchez y José Luis Ábalos, durante un acto en Xirivella. / ED

Seleccionar es mentir. Una imagen aislada es una falsificación consentida. Y una imagen puede ser mucho más que una fotografía: símbolo, marca, identidad. La verdad de una ciudad depende de todo lo que en ella sucede y de todo lo que le pasa: su verdad es un catálogo infinito de imágenes.

Ni el algoritmo más poderoso sería capaz de poner en marcha ese punto de vista que lo abarque todo. Y, sin embargo, escribimos, seleccionamos, recortamos. Mentimos un poco cada vez que salimos a pasear o evocamos la ciudad que nos acoge.

Me dice Jesús Civera, gran periodista y amigo, que al pensar en Baudelaire he caído de bruces en el sorollismo. Una suerte de lirismo, de escapismo, no sé si de inspiración epicúrea o de alguna escuela menos confesable. Me he pasado de frenada al elegir imágenes.

Tal vez tenga razón. Escribimos a menudo queriendo que Valencia rime con solvencia: solvente como ciudad estupenda, especial, competitiva o, sencillamente, buena para vivir. La luz, los edificios y el mar terminan componiendo una postal que la ciudad se envía a sí misma, mientras el cronista, este cronista, corre el riesgo de convertirse en su repartidor más entusiasta.

Confieso mi edad y los límites de mi memoria, pero añado a continuación que puedo distinguir sin dificultad otros trayectos, poco Baudelaire y muy Lautréamont, donde asoman las flores del mal que llevamos en la mochila.

Reconozco que entre los recuerdos que me ponen de buen humor hay uno que es bastante lírico: la escritura del guion de la primera película para IMAX en valenciano que tuve la suerte de compartir con Emili Piera. El gust per la vida, es el título y es una celebración del buen vivir que se puede ejercitar en esta orilla del Mediterráneo. Pero hay otras imágenes mucho menos líricas y vividas desde dentro como la operación Elefteria, vivida bajo la guía del alcalde Ricard Pérez Casado, para arrancar la estatua de Franco de la plaza del Ayuntamiento. O el pesado traqueteo de los tanques de Milans cuando recibieron, también en esa misma plaza y también de madrugada, la orden de volver a Bétera porque el golpe de Estado había fracasado.

Me reconforta evocar los trayectos Lautréamont tan frecuentes en los años ochenta. Trayectos que iban de Perdido al Negrito, de Johnny Maracas al sótano del Rialto. Ese mismo Rialto cuyo declive lamenta Alfons García y que José Luis Moreno parece querer reanimar dejándole un lugar destacado en el tsunami cultural que nos anuncia desde el Ayuntamiento aunque sabemos que lo regenta la Generalitat.

Eran itinerarios nocturnos que transcurrían casi al mismo tiempo que los de la ruta del bakalao. Todavía no han encontrado un guionista capaz de seducir a una plataforma y entrar en el streaming. Quizá porque carecían de épica exportable. Eran, sobre todo, conversación, humo y ensoñaciones de una ciudad que aún no sabía que algún día tendría que convertirse en marca.

Son imágenes de la ciudad, trayectos iluminados por otra luz, menos mediterránea y más cercana a la de un quirófano. Pero pertenecen igualmente de pleno derecho a la historia de los edificios y de los pasos que los rodean. Sin ellos, la postal de la ciudad queda incompleta.

Tengo la impresión de que a Civera le gusta menos el lirismo y más la tribuna olímpica. Está muy bien. Sin duda, es admirable. Pero en realidad, de lo que yo quería escribir no era de la lírica sino de la marca. De esa voluta persistente que termina envolviendo la percepción que quienes no son valencianos deciden atribuirnos, casi a diario, como si se tratara de un trofeo o de un castigo.

En este orden de cosas, la solidaridad y la resistencia que emergieron durante la dana nos identifican hoy más que cualquiera de aquellas operaciones de logotipo de los años noventa y posteriores, —ya fueran la Fórmula 1, los trajes de Camps o la GP Sail. Incluso diría que más que la Capital Verd o la Capital del Disseny que han venido después.

En la sociedad del relato en la que vivimos, las imágenes seleccionadas, —es decir, las mentiras parciales, elegidas—, viajan por las redes y por las conversaciones acompañadas cada día, cada temporada, de muchas otras que no elegimos.

De entre las últimas, hay dos que en el tramo de actualidad que ocupamos se resisten a desaparecer. No son ni Baudelaire ni Lautréamont. Son Fendetestas con delirios de Pablo Escobar. Pertenecen al territorio del secreto, de la veladura.

Una es la del trayecto que recorrió el ex president Mazón desde el restaurante donde permaneció durante cuatro horas de comida y sobremesa hasta el Palau de la Generalitat, mientras la Valencia metropolitana se inundaba.

Otra es que las que recorrió, unos años antes, José Luis Ábalos desde la recogida de Pedro Sánchez en la estación Joaquín Sorolla hasta la agrupación local de Xirivella, el lugar donde se dice que empezó la gran remontada. Un instante preciso en que pudo haber comenzado el delirio de grandeza e impunidad de quien acabaría siendo secretario de Organización y ministro de Transportes.

Dos trayectos cortos en kilómetros e inmensos en consecuencias. Dos recorridos realizados en dirección contraria a la ciudad que los observaba.

Trayectos, en fin, donde dos personajes públicos actúan como secundarios episódicos de un Shakespeare que veranea en El Saler. El dramaturgo de Stratford habría sabido qué hacer con ellos: un banquete que no termina, un coche conducido por alguien que aspira a sobrevivirse a sí mismo. Dos dramas centrados en la vergüenza, uno, y en la codicia de poder, dinero y sexo, otro.

Nosotros, de momento, sólo podemos hacer lo que hace el paseante, ya sea Baudelaire ya sea Lautreamont: anotarlos en el cuaderno junto a la estatua arrancada y los tanques que se retiran, junto a la playa de Sorolla y el palacio urbano de Gil Albert para que la imagen de Valencia nunca sea una sola imagen. Porque seleccionar es mentir, sí. Pero pasear es corregir esa mentira, paso a paso. Tal vez con más dosis de lírica que de Olimpo.

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