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Opinión

València

Querida doña Pepa:

Imagen de archivo.

Imagen de archivo. / ED

Le escribo desde la Estación del Norte, aquí en Valencia, en un tren de cercanías que está a punto de realizar su trayecto en dirección a Castellón. Tengo allí, en un par de horas, un encuentro con el Club de Lectura del Ámbito Cultural de El Corte Inglés, una de esas actividades que tanto le gustaban a usted, y que compaginaba con alguna de sus puntuales tardes en el Bingo de su barrio. Charlaremos en esta ocasión sobre mi última novela, LOS ADIOSES PÓSTUMOS, una redacción que me dio por realizar, entre otras razones, para ofrecer al lector un homenaje a la literatura, esa que usted nos enseñó durante años con tanto cariño y oficio; y para lanzar o lanzarme una pregunta: «¿Tienen las palabras escritas la capacidad de reconciliar a la gente cuando esta se encuentra distante y polarizada?».

No sé si llegó usted a leerla. Si le dio por corregírmela y ponerle quizá alguna nota. Creo que se me olvidó avisarla de su publicación hace algo más de un año. Pero quiero que sepa que una vez más, y como en cada una de las ocasiones en las que me da por escribir y publicar libros, la he tenido a usted muy presente. Del mismo modo que en aquellas aulas donde todavía ríen, juegan y aprenden con usted aquellos niños que fuimos, entre otros muchos, Santacruz, Zorio, Alcoy, Ferrer, Albors, Gómez, Rosalén, Berenguer, y quien ahora le dedica unas líneas a bordo de un tren de cercanías que ya comienza a dejar atrás esa misma estación donde, paradójicamente, arranca la novela que voy a presentar dentro de un rato en Castellón.

¿Sabe?, soy en este momento mucho más mayor de lo que era usted cuando nos daba clases. Tanto que si me viera posiblemente no me reconocería. Aunque eso mismo pensaba hace quince años, cuando la llamé para contar con su presencia en la presentación de otro de mis libros; y allí, en la Casa del Libro, me acerqué a usted, tan discreta y amagada entre tanta gente estaba, para escucharle decir:

— Claro que me acuerdo de ti, Sergio. Me acuerdo siempre de todos vosotros.

Contemplo en movimiento, por la ventanilla, las obras interminables y algo desconcertantes de lo que dicen será la nueva estación. Recuerdo entonces aquella anécdota que nos contó cuando era usted niña, viajando en tren. Al parecer se produjo un incendio en uno de los vagones, todo el mundo comenzó a inquietarse y su madre la retuvo a usted junto a ella, y le dijo que no se moviera de su lado, que frente al desespero de los demás hay que tratar siempre de mantener la calma. Toda una lección. La recuerdo sí, de aquella manera que le enseñó su madre, tal y como se presentaba usted en clase como salida de una obra de Buero Vallejo, toda mayestática, con su polo oscuro bajo un suéter de pico, su falda regia, gris y plisada como la época que le tocó de niña; su pelo corto y rizado, su voz rotunda y su presencia imponente que con los años, y al tiempo que nos alejábamos del niño y nos acercábamos al adolescente en el mismo colegio, se fue transfigurando casi sin darnos cuenta en una presencia entrañable y menguante que un día dejó de ser costumbre, para convertirse en tierno recuerdo.

La estoy viendo más de cuarenta años después, mientras escribo estas palabras, en el asiento que tengo frente a mí, junto a la ventana donde veo pasar el paisaje mutable ahora de huertas amenazadas por el ladrillo inexorable. Lleva sus mismas gafas amplias, sonríe usted esa sonrisa, medio ladeada y picarona, bajo una nariz aguileña e historiada, una de esas que siempre he asociado a gente humanista, lectora, sabia e inconformista. Cuelga de su fino collar dorado una serie de dos o tres bolígrafos con los que corrige usted nuestros exámenes de Lengua y Literatura. Lleva incluso aquel Bic de cuatro colores. Ha clicado la opción de color rojo para ir tachando faltas ortográficas, o poner una M o una B al lado de cada una de nuestras respuestas. Dentro de unos días nos reiremos todos en clase cuando comente alguna de las de Jorge Grau. Sobre todo aquella de que «la obra anónima de El Lazarillo de Tormes fue escrita por Gonzalo de Berceo».

Fue precisamente él quien nos dijo que usted se nos había ido. Lo dejó escrito aunque no lo crea sin faltas ortográficas, en el grupo de wasap que compartimos algunos de sus antiguos alumnos. Esos que le tocamos a usted mientras Charo López nos enamoraba haciendo grande la pequeña pantalla, Adolfo Suarez dejaba la presidencia y un tal Tejero trataba de dar en el congreso un golpe de Estado con bigote esperpéntico y un tricornio de opereta.

Nos dejó a todos muy tristes y un poquito más huérfanos. No me refiero al intento de golpe aquel, sino a saber que usted había fallecido. Pero enseguida compartimos por ese grupo anécdotas que nos remitieron de nuevo a su sonrisa. Esa sonrisa que todavía hoy puede contemplar aquel alumno suyo inquieto, y quizá demasiado travieso en ocasiones, que un día se convirtió en este hombre canoso que hoy le dedica estas palabras, mientras se dirige a charlar sobre otra novela que ha sabido escribir gracias a usted, a su oficio, a su cariño y paciencia.

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