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Opinión

València

Compromís ante su encrucijada

Compromís continúa teniendo casi todo lo necesario para ser una fuerza decisiva. Lo que le falta ahora mismo es una respuesta convincente a su crisis de utilidad

El síndic de Compromís, Joan Baldoví, durante una sesión de control en Les Corts Valencianes.

El síndic de Compromís, Joan Baldoví, durante una sesión de control en Les Corts Valencianes. / Rober Solsona / Europa Press

Compromís sigue siendo una marca fuerte en la política valenciana, pero hace tiempo que dejó de transmitir un rumbo reconocible. Durante años fue una anomalía exitosa que unió valencianismo, ecologismo e izquierda social, y fue decisiva durante el ciclo del Botànic. Pero, tras ocho años de gobierno y la derrota posterior, esa fórmula necesita renovarse a fondo; el problema ya no es electoral, sino estratégico.

Su fortaleza radica en una identidad propia y una militancia activa vinculada al tejido cultural valenciano. Pero esa fortaleza tiene también su reverso. En 2023 obtuvo 15 escaños y alrededor del 14,7 % del voto: cifras respetables que dibujan, sin embargo, un perímetro difícil de ampliar. Su voto es intenso, pero no extensivo: rinde en sus feudos tradicionales (València, l’Horta, la Ribera), pero mantiene una debilidad estructural en el interior castellanoparlante y el sur de Alicante, donde se percibe como un proyecto ajeno y metropolitano. Una fuerza que no logra hacerse reconocible en buena parte del territorio difícilmente puede aspirar a vertebrar toda la Comunitat.

El verdadero nudo del problema está en la fractura entre Més e Iniciativa. No es un desacuerdo táctico sobre Sumar, sino algo más profundo: dos maneras distintas de entender para qué existe la coalición. Més quiere reforzar la autonomía valenciana del proyecto y marcar distancias con la izquierda estatal; Iniciativa sigue viendo útil integrarse en alianzas amplias a la izquierda del PSOE. El choque se ha extendido incluso a la estrategia electoral de 2027: Més es partidaria de concurrir en solitario a las autonómicas, mientras Iniciativa no concibe ir de una manera en València ciudad y de otra distinta a las Corts. Unos empujan hacia la singularidad, otros hacia la confluencia.

La imagen más elocuente de esa crisis ha sido la división en el Congreso. Àgueda Micó en el Grupo Mixto y Alberto Ibáñez en Sumar. Dos diputados de la misma coalición en dos grupos distintos proyectan desconcierto y una duda de fondo: ¿quiere ser Compromís una fuerza valencianista autónoma o una pieza de la izquierda alternativa estatal? El votante puede aceptar la complejidad, pero no suele premiar la indefinición.

A esto se suma una excesiva dependencia de liderazgos históricos y una llamativa fragilidad en el relevo. El caso de Aitana Mas es revelador. Vicepresidenta del Consell tras la dimisión de Mónica Oltra, era en diciembre de 2022 la candidata natural de Iniciativa. Sin embargo, no llegó a disputar las primarias porque Baldoví se adelantó anunciando su candidatura. Iniciativa llegó al momento decisivo con su propia casa en desorden —la destitución de Mireia Mollà como consellera apenas dos meses antes había dejado al descubierto una fractura interna—, y Més aprovechó ese vacío. La propia Mas reconoció que «algunas presiones invisibles» habían precipitado su retirada. No fue un relevo ordenado: fue el resultado de una correlación de fuerzas que Iniciativa no supo gestionar una vez perdida su figura dominante. Esa dependencia no ha desaparecido. Oltra ha anunciado su candidatura a la alcaldía de València para 2027 —con la causa judicial pendiente de fijación de fecha de juicio oral—, y Baldoví se ha lanzado ya como candidato a la Generalitat. El tándem concita expectativa, pero la coalición lleva meses sin formalizar la candidatura de Oltra y sin resolver cómo afrontará las autonómicas.

Tampoco puede ignorarse el desgaste del Botànic. Aunque gobernar dio a Compromís prestigio institucional, también le quitó la coartada de la inocencia. Se le juzga por lo que hizo y por lo que no supo resolver. Para una parte de su electorado ese recuerdo tiene valor; para otra, es la prueba de que la gestión no bastó para desatascar problemas estructurales. Ese legado ambivalente le resta capacidad para capitalizar el descontento.

Y luego está la cuestión del valenciano, quizás el asunto donde el problema resulta más estratégico que comunicativo. La derecha ha logrado presentar la normalización lingüística como imposición cultural, especialmente en educación. Pero el problema de Compromís no es solo que no haya sabido desactivar ese relato, es que nunca ha decidido si quiere hacerlo en serio. En las comarcas castellanoparlantes no ha diseñado un encuadre que separe la defensa de la lengua de la coerción percibida. El valenciano se ha presentado casi siempre como identidad amenazada, lo que moviliza a los ya convencidos, pero genera rechazo entre quienes no se reconocen en ese relato. Frente al PP, que desde el gobierno desmantela activamente la política lingüística del Botànic, Compromís debería tener el viento a favor. Que no capitalice ese agravio revela algo incómodo: quizá una parte de su electorado potencial tampoco lo vive como tal. Y esa pregunta —si la coalición tiene voluntad real de llegar al sur de Alicante y al interior, o si ese electorado es prescindible— sigue sin respuesta.

Compromís continúa teniendo casi todo lo necesario para ser una fuerza decisiva. Lo que le falta ahora mismo es una respuesta convincente a su crisis de utilidad. Si no ordena la relación entre Més e Iniciativa, si no aclara qué pesa más —la singularidad valenciana o la alianza con la izquierda estatal—, si no renueva liderazgos y si no consigue salir de sus feudos naturales, seguirá siendo importante, pero cada vez menos parecido a una alternativa de gobierno. Y ese es su verdadero riesgo: no desaparecer, sino resignarse a quedarse corto.

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