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Opinión

València

Músicas y travesuras

Las plazas están para pasearlas, para sentarse en un banco a leer, para hablar con el vecino y tomar el aire y observar el discurrir del personal y de la vida. Es un error muy antimediterráneo pensar que una plaza es solo una superficie entregada al relleno, a cualquier relleno, a ser posible sobre la base del “chim pum, chim pum”

El presidente de la Diputación, Vicent Mompó.

El presidente de la Diputación, Vicent Mompó. / Levante-EMV

Por muchas piruetas dialéctico/políticas que conciba el presidente de la diputación, Vicente Mompó, respaldando los macrofestivales de música al aire libre en Valencia -que no en Gavarda, que es su pueblo-, siempre queda la sospecha última, flotando en algún recoveco íntimo, de si sus intervenciones son realmente sinceras o son las atribuibles al regreso súbito e inconsciente de una preadolescencia traviesa con la intención de 'picar' a la profe. En este caso, la 'profe' sería, digo yo, la alcaldesa Catalá. Antes que nada, y para dejar clara la parte 'sincera', el alcalde de Gavarda habrá de considerar que, según todos los principios universales, locales y hasta localistas, el derecho al descanso prevalece sobre el derecho al ocio, así en Roma como en la Cochinchina, aunque nos falta saber si en la Cochinchina también hay algún festival de les Arts producido por los hermanos Sánchez o por el fondo israelí internacional. También habrá de recordar el presidente que el emblemático concierto de Woodstock se celebró a 168 kilómetros de Nueva York, como bien puntualizaba Pérez Puche en un artículo decisivo. Que en esa misma capital del imperio -un tanto decaído y extravagante en la actualidad- los conciertos se convocan en el Madison Square Garden, que es como el Roig Arena de aquí, recintos respetuosos con el vecindario, además de con el entorno medioambiental y sostenible que rodea los timpanos. Que los únicos festivales al aire libre realmente existentes en Chicago se activan en verano a las ocho de la tarde en el parque del Millenium, en las cercanías de la fuente de Jaume Plensa, y son de música clásica y de tonos serios e ilustres. Que el famoso festival de la isla de Wight se celebró -y algún año se ha vuelto a celebrar- en una isla, como su propio nombre indica, y no al lado de Buckingham Palace, y que el emblemático Glanstonbury, al que acuden hasta valencianos de Requena, se oficia cada dos años entre vacas y prados a doscientos kilometros de Trafalgar Square. Etcétera, etcétera. O sea, que eso que dice el presidente de la Diputación de Valencia de que “admiramos los eventos de otros países y nos preguntamos por qué allí sí y aquí, no” es un prejuicio un pelín localista, argumentalmente poco trabajado y gestualmente insuficiente, dado que entre nosotros ya tenemos el FIB y el Rototom y el Arenal Sound, por citar algunos, negocios y ocios internacionales que ya se encargan de molestar a sus respectivas proximidades urbanas. Yo mismo ya he superado la fase boba derivada de alguna saltarina reminiscencia de la autarquía franquista de pensar que todo lo del extranjero es admirable y hay que copiarlo porque Europa nos lleva años y leguas de plenitud evolutiva. No es así. O no es así ya. Las ingenuidades púberes y las retóricas de la decepción se pagan caras. Además, la convicción del presidente Mompó -la de admirar los eventos de otros países- forma parte de una subyacente dualidad entre la idea civilizatoria y la idea selvática. Civilizatoria, porque se trata de apreciar el respeto por los demás ante las colonizadoras oleadas bárbaras del “chim pum, chim pum”. Selvática, porque violentar la intimidad del interior de un hogar y hacer aflorar las iras nerviosas de sus habitantes es como abrir una guerra de todos contra todos sin saber cómo finalizará la guerra. Las ciudades se levantaron sobre pactos de no agresión. Esos pactos son los que hace cumplir el concejal Juan Giner y la alcaldesa Catalá atendiendo a las normas de la ciudad global y hospitalaria. Un paréntesis: a la alcaldesa Catalá la vota el vecindario y a los presidentes de la diputación, no. Al menos, no directamente. (La acusada falta de integración de los valencianos en la cultura del sosiego, endemoniados como estamos aún por el barroquismo costumbrista y peleón, nos impele a llenar cada plaza y cada rincón viario con celebraciones y panderetas y música y tracas como si no hubiera un mañana, sin reparar en que una plaza no es más que una plaza, y no la toquéis más que así es la rosa. Las plazas están para pasearlas, para sentarse en un banco a leer, para hablar con el vecino y tomar el aire y observar el discurrir del personal y de la vida. Es un error muy antimediterráneo pensar que una plaza es solo una superficie entregada al relleno, a cualquier relleno, a ser posible sobre la base del “chim pum, chim pum”). El otro día, Voro Contreras, aquí mismo, decía que la Generalitat regaba los grandes certámenes musicales de rock de la CV con 4,5 millones de euros. En cambio, el festival de jazz de Valencia, un clásico que cumple 29 años si no me equivoco y que ha de definir una identidad y una capitalidad, se las apaña con 150.000 euros, ninguno de ellos enviados desde la Generalitat. En fin. Dejemos los impulsos preconscientes y traviesos de Mompó para otro rato porque colgar un cartel muy anarco en la plaza de toros con un chispeante “Que vinga la llum”, canalizando así el mensaje hacia la segunda estrofa referida a la municipalidad, nos llevaría a adentrarnos en un mar de significados y significantes bastante arqueológico y popular, tan popular y arqueológico que Manolo Lledó aún formaba parte de Al Tall cuando se tarareaba la letrilla, y no sé si también la voz cazallera de Josep Blay llegó a entonar la melodía con la letra original referida a los esfínteres urbanos. (Si uno fuera Juanma Doménech, en cuyas terturlias se cuenta el devenir de Valencia, radiaría el tema para despejar las dudas y centrar el debate sobre una letra muy cambiante en el tiempo, pues apuesto lo que sea a que ya no recordarmos si el estribillo hace un “tururú” al alcalde o lo envía a Panamá o qué pasa). En cualquier caso, el hecho de que Mompó haya adoptado la cultura popular -también en el hecho lingüístico del vernáculo- como expresión inequívoca de la única cultura sólida a la que nos debemos los valencianos no nos abona a seguirlo sino a descifrar por qué un lider del PPCV en el año 2026 después de Cristo cree firmemente en esas cosas.

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