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Opinión

València

No quisiera ser un pez

Imagen de archivo.

Imagen de archivo. / AFP

He pasado un fin de semana estupendo. Y tiro de tópicos: encontré un alojamiento en un enclave privilegiado, entre el mar y la montaña, pura naturaleza. Y todo ello, gastronomía local incluida, a precios más que asequibles. Hice algunas fotos. Momentos captados que no he subido a redes sociales. Me he quedado para mí el dónde, el qué, el con quién, el cómo, el cuándo y el por qué. Instagram se queda sin mis momentos.

Podría dar varios motivos de por qué dejo las redes al margen. Admitir mi egoísmo: no quiero que nadie descubra ese lugar ni contribuir a una posible masificación que, el día que quiera volver, me complique los planes, me deje sin plaza, suba el precio o algo así. Podría decir que, más allá de mi círculo de amistades y familia, no creo que a nadie pueda interesar qué hice o dejé de hacer. Diría también que, como ni soy influencer ni tengo necesidad de darme visibilidad, no sacaría provecho alguno de esa publicación: no quiero vender nada y tampoco quiero comprar nada, así que, manteniendo mi reserva, esquivo al señor algoritmo o a quien sea que decide enseñarme en redes aquello que supuestamente me interesa, fruto de lo que yo misma muestro.

Podría decir que me da pudor o que solo veo ventajas en mantenerme fuera de miradas ajenas. Que me ahorro críticas: que alguien comente que si qué gorda o qué flaca estoy, que qué bien me conservo o qué mal he envejecido, que vaya tela cómo luzco o dejo de lucir, que “oye, esta no estaba con este”, o simplemente un “cuánto tiempo sin saber de ella, mañana la llamo”. Podría decir que no quiero exponerme, que temo que los ladrones sepan que estoy fuera y sea una invitación para entrar en mi casa, o que me da pereza pensar que, si un día rompo con la persona con la que compartí este viaje, tendré que borrar el post.

Podría decir mucho más, pero, sobre todo, que la intimidad es hoy un lujo al que no quiero renunciar.

En este viaje del que no quiero hablar, un día en el mar me puse unas gafas de buceo y miré a los peces. Pensé qué pensarían ellos si miraran hacia arriba y me vieran mirar. Pensé en esa exhibición que ellos no han elegido y de la que no pueden escapar, como si vivieran para siempre en una pecera. Pensé que no quisiera ser un pez.

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