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Opinión

Profesor de Filosofía

Mamá, ¿qué es un sindicato?

Mesa negociadora entre Conselleria y los sindicatos de Educación

Mesa negociadora entre Conselleria y los sindicatos de Educación / Germán Caballero

En estos días pasados de huelga indefinida de la enseñanza pública valenciana, escuché cómo una niña de nueve o diez años, que acompañaba a su madre en una de las múltiples manifestaciones, le preguntaba: “Mamá, ¿qué es un sindicato?”.

La madre, posiblemente profesora, ataviada con la camiseta verde símbolo de la lucha, junto al resto de sus compañeras y compañeros, no paraba de corear consignas de todo tipo, entre ellas la siguiente: “Els sindicats volem negociar”.

Me sirve esta anécdota para retomar la respuesta que a esa niña no le pudo dar su madre en esos precisos momentos de acción y entusiasmo. Si esa madre está ahora por casualidad leyendo estas letras, o si cualquier maestra o maestro desea explicarle a su alumnado tan importante cuestión, aquí va una posible respuesta:

Estimada amiga de nueve o diez añitos:

Un sindicato es una organización que defiende a las personas trabajadoras frente a los abusos del poder político y del poder económico. Al igual que a los abusones de tu cole hay que pararles los pies, al poder abusón del Estado o del mercado también hay que plantarle cara.

El origen etimológico del término proviene del griego: del prefijo “syn”, que significa “con”, y del término “diké”, que significa “justicia”. Por tanto, un sindicato es una organización que busca la justicia social que el poder no está dispuesto a conceder. ¡Qué bello origen el de esta palabra, tan desprestigiada en nuestra sociedad!

Habrás oído y, por supuesto, cuando vayas creciendo seguirás oyendo de todo con respecto a los sindicatos y a sus representantes: que son unos “vagos”, “comegambas”, “apesebrados”, “parásitos”, etc. Oirás también que el sistema laboral puede funcionar perfectamente sin necesidad de organizaciones sindicales, ya que la buena voluntad de las administraciones públicas y de las empresas del sistema capitalista es suficiente para otorgar recursos y derechos a las personas trabajadoras. Como si las conquistas sociales hubiesen caído del cielo como gracia divina o como parte de la bondad natural del sistema económico.

Oirás, asimismo, que el derecho de huelga que estos días ha ejercido tu madre y el derecho de manifestación son un ataque directo a la ciudadanía y, en este caso, al propio alumnado y a sus familias. Como si el profesorado que ha salido a las calles pensara solo en sus intereses y no en los de la comunidad educativa en general. Y oirás también, de parte de algunos movimientos sociales, que los sindicatos son organizaciones privilegiadas que solo defienden a las personas que trabajan y se olvidan de los colectivos precarizados. Como si en los sindicatos del profesorado solo se defendiera a los funcionarios y se olvidaran de los interinos, que son el profesorado en precario. Es posible que también oigas que la negociación colectiva debería estar en manos de todos los trabajadores y no solo de sus representantes legítimos que, recordémoslo, son elegidos democráticamente en unas elecciones sindicales, al igual que se elige a los representantes políticos, diputados o senadores.

Todo eso oirás, estimada amiga. Aunque ahora no entiendas del todo mis palabras, te aconsejo que las guardes en alguno de tus archivos y, cuando seas mayor y estés trabajando, las vuelvas a leer. Entonces tú misma, desde tu propio pensamiento crítico, sin presiones ideológicas o modas sociales, decidirás si te conviene o no estar afiliada a una organización que, por encima de todo, va a defenderte y a luchar de una manera concreta por tus derechos laborales. Lucharán para que no seas explotada por empresas sin escrúpulos o para que se respete el puesto que ocupas y los estudios que has cursado. Cuando estas cosas se cumplen, todo el sistema -las personas a las que atiendes o, si eres profe, el alumnado y sus familias- sale beneficiado. Al final, el centro de gravedad del sistema social debe cuidar de las personas que cada día trabajan atendiendo a los demás en unos servicios públicos cada vez más raquíticos, que son y seguirán siendo objeto de depredación y privatización.

¿Por qué te cuento todo esto y qué tiene que ver con tu madre y con esa camiseta verde que lleva un día sí y otro también?

Porque durante un mes completo, contando sábados y domingos, un grupo humano de personas

-las y los sindicalistas, los representantes legítimos de tu madre como trabajadora- se han sentado en una mesa circular para decirle cara a cara a la administración pública que basta ya de recortes presupuestarios, basta ya de mantener abandonada a la educación pública valenciana y basta ya de que tu madre lleve quince años con su sueldo congelado. Y ese grito se ha transformado en una reivindicación unitaria: queremos una educación pública, de calidad, inclusiva y en valenciano, la lengua cooficial del territorio que está siendo menospreciada por los gobernantes que debieran defenderla como una riqueza y no como un problema.

Esos sindicalistas, pues, estimada amiga, no son radicales energúmenos que han asaltado la Conselleria de Educación, sino que, como te digo, son los legítimos representantes de tu madre, elegidos en un proceso electoral transparente y democrático.

Y te preguntarás: ¿qué ha hecho durante todo un mes completo el poder político, es decir, nuestros propios gobernantes, elegidos también democráticamente en unas elecciones autonómicas?

Levantar un muro de incomunicación y ejercer la vieja táctica de las guerras clásicas: divide y vencerás. Y así lo hicieron cuando sembraron la manzana de la discordia en la unidad sindical: dos sindicatos de la mesa de negociación cayeron en la trampa y fragmentaron la lucha. Con ese triunfo en la mano, el poder político siguió empleando tácticas de mala fe negociadora al demorar la negociación hasta cansar y aburrir al más paciente.

El resultado final de esa batalla asimétrica ha sido una lucha en la que algunos sindicatos combativos (el más representativo, el STEPV-Intersindical Valenciana) se han dejado la piel para arrancarle al poder algunas mejoras que afectarán en el futuro a todo el profesorado, al alumnado y a sus familias. Sin embargo, aunque esas mejoras hayan sido insuficientes —así se va haciendo la historia de las conquistas sociales, paso a paso, con sudor y muchas lágrimas de impotencia—, la gran victoria del sindicalismo combativo ha sido poner en el foco un problema sectorial y convertirlo en un problema social de primer orden.

Con esa victoria, esas mismas personas, los mismos sindicalistas que tu madre ha elegido y en los que ha depositado su confianza, deberán ser reconocidos para que no olvidemos una de las lecciones de este proceso; una lección esencial, fundamental, ya inventada en la Revolución Industrial del siglo XIX; una lección que no puede ser olvidada y que no es otra que la siguiente: LA UNIÓN HACE LA FUERZA.

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