Opinión

Ateneo Libertario Al Margen de València
La patria

Imagen de archivo de la Fiesta Nacional el pasado 12 de octubre en Madrid. / Borja Sánchez-Trillo / EFE
Siempre quise escribir y hacer públicas mis opiniones sobre “la patria”, aunque he reconocer que voy a chocar con el inmenso muro de ignominia y manipulación que desde hace siglos se ha levantado en torno a conceptos como éste.
“La patria” es una de esas entelequias que entra dentro de lo absurdo de algunas pasiones humanas, especialmente de aquellas que, con un contenido casi religioso o una procedencia ancestral, mueven a las personas incluso a matar o morir por esa idea.
Al igual que con la mentalidad religiosa, para la mentalidad patriótica, lo que menos importa es la realidad. Lo relevante es saberse poseedor de una verdad absoluta. Entonces, ante la existencia de varias verdades absolutas, las personas se dividen en tantas partes irreconciliables y enfrentadas como verdades absolutas hay. Si mi “patria” es lo mejor, es imposible que otra “patria” lo sea.
Una vez sentado este principio patriótico, la razón está de más.
En el otoño de mi vida, y tras muchos años de haber comprobado a qué conduce el patriotismo, puedo afirmar sin miedo a las críticas patrióticas, que no soy un patriota.
¿Qué es la “patria”? Un pedazo de tierra donde unos pocos privilegiados (todos conocemos variadas especies de privilegiados, por dónde se mueven y cómo actúan), hacen y deshacen a su capricho, mientras una gran mayoría asiste a los acontecimientos impávida, impotente y resignada porque bastante tiene con sacar su vida adelante.
Un lugar donde quien más dinero tiene, vive más años porque accede más fácilmente a la sanidad; un lugar donde grandes grupos inversores disponen de miles de viviendas para negocio mientras miles de personas no puede acceder; un lugar donde muchos poderosos nunca pisarán la cárcel por disponer de buenos abogados; un lugar donde quien se supone es “el jefe”, roba y esconde el dinero en el extranjero, pero es inviolable.
Quizás la “patria” sea esa sensación, entre satisfechos y orgullosos, cuando nos dicen que la renta per cápita del Estado Español es de 36.000 euros, pero resulta que tenemos la tasa de pobreza infantil más alta de toda la Unión Europea: 2,7 millones de niños y adolescentes son pobres, y 2,8 millones viven en riesgo de pobreza o exclusión social (“Informe de Pobreza 2026”, presentado por la Red de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social en el Estado Español EAPN-ES).
O la “patria” quizás sea ese sentimiento que une a explotadores y explotados, a fascistas y demócratas, a ricos y pobres, a desahuciadores y desahuciados, cuando unas cuantas personas vestidas con una misma camiseta, intentan meter una pelota en un aro o una portería y si triunfan en el jueguecito, el sentimiento patriótico los hace desfilar en autobuses para ser aclamados como héroes (nunca esta palabra estuvo tan devaluada).
O la “patria” será ese entramado legal que permite a especuladores puros y duros, a través de variados instrumentos (fondos de inversión, bolsa, sociedades de riesgo, socimis...…), actuar en sectores estratégicos de la sociedad (salud, educación, vivienda, energía, residencias, …) para sacar suculentos beneficios olvidándose del interés general.
O si las anteriores definiciones no gustan, tal vez la “patria” sean esas conexiones neuronales que lograron alterar el comportamiento de aquel combativo movimiento obrero internacionalista del siglo pasado, que bien sabía quiénes eran sus hermanos, aunque estuvieran más allá de fronteras, y quiénes eran sus enemigos, aunque estuvieran fronteras adentro.
Puede que algunas personas confundan la “patria” con el bienestar del que ahora disfrutan, pero hubo épocas en que la mayoría de personas estaban despojadas de tierra, de casa, de ciencia, privadas de higiene, faltas de educación, reducidas a un salario infame, y, aun así, se sentían patriotas forzados a morir por cualquier causa inventada por sus dominadores.
Eso, lugares, sensaciones, sentimientos, leyes, neuronas y bienestares que a lo largo de los siglos, se diseñan, promocionan y difunden desde tronos, púlpitos y parlamentos, para decirnos qué es la “patria”, cuando la “patria” real, más bien parece una gallera clandestina, donde unos privilegiados, saltándose normas y éticas, se divierten y apuestan, mientras otros, con menos suerte y considerados como animales, pelean entre ellos y con el entorno, para intentar salvar su vida, sin saber, que al final, hagan lo que hagan, sólo quedará el que más resista.
Y si los razonamientos anteriores, objetivos y comprobables, no bastan para entender por qué no soy patriota, expongo otros de tipo más personal, fruto de la experiencia y la huellas que la vida ha dejado en mí, a través de muchísimas personas que he conocido en territorios variados en cuatro continentes.
Por ejemplo, me encanta la tierra donde nací, sus paisajes, sus montañas, su clima, pero también me encantan muchas de las tierras que he recorrido por medio mundo.
Me encanta mi lengua materna (catalán, variedad valenciana), la primera con la que me comuniqué, pero también otras lenguas que aprendí o que simplemente oí.
No me identifico con ningún pedazo de tela que venga a decir aquí vivimos nosotros, este trozo de tierra es nuestro o aquí somos mejores que los de al lado.
Me gustan las comidas del lugar donde vivo (paella, fideguà, arnadí, figatells, arroz al horno, ...) pero las he probado iguales o mejores (y también peores) por medio mundo.
No veo porque he de sentirme más unido a alguien a quien no conozco que vive a 100 km, que, a otra persona, que tampoco conozco, y viva a 5.000 km.
No creo que la religión católica (oficial y única del Estado a pesar de la Constitución), con la que me adoctrinaron sin permiso desde que nací, sea la verdadera. De hecho, creo que todas las religiones son falsas.
Costumbres buenas y malas las he visto tanto en la tierra donde nací, como en el resto del mundo, y tradiciones avanzadas o retrogradas, se reparten por igual, vayas donde vayas.
Me gusta la música de Llach, Raimon, Al Tall, Bonet, Ovidi, ... tanto como la música palestina, nicaragüense, saharaui, kurda, cubana, argentina o maliense.
Ante estas reflexiones, la consecuencia lógica pareciera ser la de convertirse en apátrida, o sea, no reconocerse como nacional de ningún país. No reconocer en la nacionalidad, aquella cualidad que identifica a una persona como perteneciente a una comunidad organizada en forma de Estado-nación.
Y aquí entran varias consideraciones más.
La primera que, al menos en el Estado Español, solo está contemplada la pérdida de la nacionalidad como castigo impuesto por el Estado, y en ningún caso, como una decisión personal de renuncia a tener nacionalidad. El marco legal vigente no contempla que puedan existir personas sin nacionalidad por voluntad propia. Esto es, toda persona debe pertenecer obligatoriamente a un Estado-nación. Y aunque el Estado no permita renunciar a la nacionalidad, sí se reserva el derecho de dejarte sin ella. Parece que en el artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, (“todos los seres humanos nacemos libres”), se les olvido decir que hay diferentes grados de libertad.
Una segunda consideración tiene que ver con el hecho que convertirse en apátrida supone enfrentar muy serias dificultades para acceder a derechos fundamentales, como la identidad, la documentación, el empleo, la salud, la educación, la vivienda y la libertad de movimientos. Y eso me lleva a pensar que hay poderosos intereses en que toda persona permanezca amarrada a la estructura de un Estado-nación, de la misma manera, y salvando las distancias, que hay poderosos intereses para que el amor de dos personas, pase por la sacristía, el juzgado o por el registro, si quieren acogerse a los beneficios derivados de un amor legalizado.
La tercera consideración, es que alguien podría pensar que menos quejarse, porque tenemos mucha suerte de pertenecer a un Estado-nación, y que muchas personas apátridas por motivos variados (guerras, hambrunas, cambios de fronteras, persecución política o de género), se considerarían muy afortunadas de poseer esa nacionalidad a la que, a mí, me gustaría poder renunciar. Este es el típico razonamiento ignorante, disfrazado de certeza que no es más que una forma de violencia discursiva. Nadie en este mundo debería verse sometido a guerras, hambrunas o persecuciones, como para que la solución sea desear un cambio de nacionalidad. Es como el chiste del ateo que viaja en avión, y cuando este se cae, se encomienda a dios. Si para creer en un dios, nos tenemos que ver en esa dramática situación, eso no se llama fe, se llama una putada.
En la época que nos ha tocado vivir, siendo la realidad la que es, lo único que cabe esperar es que algún día, nos demos cuenta que no estamos en el último estadio de la civilización, como si hubiéramos alcanzado ya el más alto grado de desarrollo humano, ser conscientes que otras formas de vivir y organizarse son posibles, y que siendo seres racionales e inteligentes, podemos avanzar hacia una sociedad verdaderamente justa, libre y solidaria, tomando consciencia del espejismo que nos hace creer en la necesidad de Estados-naciones, dotados de una autoridad, de unos gobiernos, de unos mecanismos, que suplantan nuestra capacidad natural para gobernarnos.
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