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Opinión

València

El almuerzo

Feijóo, entre Llorca y Moreno Bonilla, este lunes con otros miembros de la delegación valenciana

Feijóo, entre Llorca y Moreno Bonilla, este lunes con otros miembros de la delegación valenciana / Levante-EMV

Sorprende que la incertidumbre sobre el liderazgo de Pérez Llorca protagonice el almuerzo que el Partido Popular celebra hoy en Sueca con Núñez Feijóo. Y todo esto no es una cuestión menor ni una típica cuita interna de partido sin más, porque Pérez Llorca llegó a la Presidencia de la Generalitat hace más de seis meses como solución para no convocar unas elecciones que, dada la gravedad de las circunstancias, habrían sido la opción más razonable en aquel momento.

Lo llamativo es que las costuras del arreglo se han abierto desde dentro, siendo su propio partido el que recela de él y alimenta las dudas. Ello no solo evidencia desacuerdos internos, sino que además desplaza el foco de las responsabilidades pendientes por la gestión de la dana. Lo indecente es que se han enfrascado en una batalla interna por el poder cuando todavía hoy quedan muchas explicaciones que dar. Lo vergonzoso es que muchas claves se han conocido a través de la instrucción judicial o por informaciones periodísticas, pero no porque haya habido una rendición de cuentas honesta ante la ciudadanía. ¿Qué más sigue sin saberse? ¿Cuántas revelaciones quedan por llegar? ¿Cuál es el alcance real de las mentiras? Son algunas preguntas que siguen abiertas.

En el marco de todo esto, aparecen los wasaps del grupo del Consell que la vicepresidenta Camarero entregó hace poco más de una semana a la jueza que instruye la causa. Más difícil de entender es que durante los meses en los que ejerció como portavoz del Ejecutivo valenciano pudiera mantener semana tras semana en rueda de prensa una defensa numantina del entonces president, a pesar de conocer lo que había escrito en ese grupo de mensajería. Lo que pone de manifiesto la contradicción entre el discurso público y el conocimiento interno de la realidad, reforzando la sensación de falta de transparencia. Una dinámica de ocultación que, a la vista de los hechos conocidos, es la que viene marcando toda esta crisis. Al final, las disputas de poder pasan, los liderazgos cambian y los partidos se reorganizan. Lo que permanece es la obligación de dar explicaciones a una ciudadanía que todavía espera respuestas sobre uno de los episodios más graves de los últimos años. No parece que ese vaya a ser el asunto del almuerzo.

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