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Opinión

València

La fiesta de los libros

La fiesta de los libros en el Retiro de Madrid o en los Viveros valencianos demuestra que la literatura en papel se ha convertido en invencible

Feria del Libro en Valencia.

Feria del Libro en Valencia. / Eduardo Ripoll

Hace un par de décadas algunos gurús intelectuales, aficionados a las profecías, anunciaron que los libros en papel estaban condenados a la desaparición. Más temprano que tarde, decían, el invento de Gutenberg pasaría al desván de la historia y sería sustituido por artefactos digitales. Pero se equivocaron. Sólo hay que dar un paseo por las ferias del libro de esta primavera para comprobar cómo centenares de miles de lectores y lectoras hojean y compran esos objetos que, a juicio de Umberto Eco, resultan tan eficaces e imperecederos como una cuchara o una rueda. Jóvenes y mayores, hombres y mujeres, tienen además mucho dónde elegir, un escaparate infinito de géneros, temas y estilos. Desde las siempre populares novelas policiacas a la poesía, desde las biografías a los cuentos, desde narraciones de aventura a crónicas de viajes, desde ensayos de ciencia a cómics, el libro goza afortunadamente de buena salud. Todo ello, a pesar de los agoreros que anticiparon su muerte o de los codiciosos profetas del mundo digital que siempre esperan obtener unos suculentos beneficios de su religión tecnocrática. La fiesta de los libros en el Retiro de Madrid o en los Viveros valencianos demuestra que la literatura en papel se ha convertido en invencible apoyada en una mezcla de belleza, placer, aprendizaje y entretenimiento. Ya opinó el sociólogo francés Roger Chartier que las formas de transmitir la cultura terminan por convivir y así podemos alternar el papel de los escribas egipcios con las nuevas tecnologías. Y en una sociedad tan frenética como la nuestra, la lectura de un libro bien editado y diseñado deriva en una experiencia lenta, sosegada, única e intransferible.

Esta resistencia de los libros en papel a desaparecer debe mucho, por supuesto, al esfuerzo y al talento de toda aquella gente que participa de un proceso que significa industria, pero también es artesanía. Así pues, detrás del éxito se hallan autores, editores, periodistas culturales y, en fin, las librerías hasta llegar a los destinatarios últimos que son los lectores. Este fenómeno de resiliencia, de firmeza frente a la adversidad, ha llevado a colegas europeos a calificar de milagro español los buenos resultados del sector del libro. Son resultados que se concretan en una facturación que no ha dejado de crecer desde 2014; que hace dos años llegó a alcanzar los 3.000 millones de euros; en una variedad enorme de títulos entre los más de 90.000 que se publican anualmente; o en la incorporación progresiva de lectores, donde las mujeres superan a los hombres. Son algunas cifras globales, pero esos datos de la macroeconomía se basan en multitud de historias valiosas y heroicas de gentes como el editor Álvaro Ibáñez, de Alalimón; o de la librera Elena García, de La Contraria. Ambos viven y trabajan en Requena, una capital comarcal de 20.000 habitantes, que con ellos apuesta por mantener una actividad cultural atractiva. Desde la innovación, el espíritu crítico y el compromiso con su pueblo tanto Álvaro como Elena se convierten en ejemplos de esa resistencia del libro a dejar de ser un gran instrumento de cultura. Desde las multitudes de la feria de Madrid a los talleres de lectura de Requena, doy fe de que la fiesta de los libros no decae. Que no pare la fiesta.

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