Opinión
Entre sonámbulo y fanáticos
Trump ha valorado la firma del alto el fuego en Irán de la misma manera que la acción en Venezuela, como un cambio de régimen. Un cambio de personas que oprimirán a su pueblo con la misma saña que las anteriores y con los mismos métodos arcaicos y crueles

Trump firma el acuerdo de entendimiento con Irán durante su vista a Versalles, en presencia de Emmanuel Macron / @Scavino47 / EFE
Que Delcy Rodríguez se parece a Trump, lo demuestra que muy pronto pactó quedarse en el poder a cualquier precio. Pero en lo que más se parecen es que a ambos les importa literalmente nada el destino de sus propios pueblos y, sobre todo, el de los venezolanos. Eso es lo que significa para Trump un “cambio de régimen”. Corina Machado, aclamada por el mismo Trump como ganadora de las últimas elecciones venezolanas, significa en este acuerdo de mafiosos exactamente nada. Sobre todo cuando ya ha entregado su premio nobel.
Ahora Trump ha valorado la firma del alto el fuego en Irán de la misma manera, como un cambio de régimen. Nadie puede llamarse a engaño de lo que eso significa. Un cambio de personas que oprimirán a su pueblo con la misma saña que las anteriores y con los mismos métodos arcaicos y crueles. Al fin y al cabo, como también ha ocurrido en Venezuela, se trata de mantener en el poder a la misma familia, cuestión ante la que Trump no tiene nada que objetar. Él sueña con hacer lo mismo.
Esta forma de interpretar sus acciones demuestra que el poder de Trump es mucho menor que su cinismo, y que su capacidad de mentir es tan amplia como su indisciplina mental. Saber esto debería iluminar a los que pretenden ser sus amigos y a los que se disponen a votar a sus vasallos. Meloni ahora lo sabe. Dice indignada que Trump se ha inventado la historia de que ella le ha suplicado hacerse una foto juntos. “Italia no suplica nada”, ha dicho con dramatismo operístico, ordenando a su ministro de Exteriores que cancele su visita a Washington. Pero si Meloni no hubiera sido obsequiosa con Trump, no sería verosímil creer que se hubiera humillado hasta suplicarle una foto. Sin ir más lejos, lo creeríamos fehacientemente si lo dijeran de Mark Rutte.
Por lo demás, describir el acuerdo de Versalles -con firma digital del presidente iraní, por si las moscas- como el logro de todo lo que quería Estados Unidos, es el colmo de la caradura. Primero, porque es el único acuerdo de paz respecto de una guerra que no ha existido. El surrealismo tiene aquí su apoteosis. Trump transforma a marchas forzadas Yankeelandia en Berlangalandia. La única verdad de aquella afirmación es sencillamente que Estados Unidos quería la paz a toda costa en una guerra que había comenzado él mismo sin ninguna previsión.
La necesidad que tenía Trump de no mantener la guerra que él mismo provocó, se aprecia con claridad en el hecho de que el tratado parece una rendición de Estados Unidos en toda regla. La única base sustantiva de acuerdo no puede ser abrir el Estrecho de Ormuz, puesto que ese punto sólo demuestra que el dueño de la franja de mar es Irán y que solo él puede devolverlo al estado que tenía antes de esta absurda guerra. Lo sustantivo es la suculenta ayuda financiera que recibirá Teherán. Estados Unidos obligará a sus socios -a los que no ha sabido defender- a que aporten 300.000 millones de dólares para pagar los gastos de reconstrucción del país, y además se liberarán las decenas de miles de millones de dólares embargados a Irán. Eso tiene toda la pinta de una indemnización de guerra. Eso es lo que reclaman los vencedores.
Lo demás es regresar al punto de partida, al largo y tedioso proceso de negociación sobre las cantidades de uranio enriquecido que podrá almacenar Irán. Justo lo que se dinamitó con el inicio de la guerra. ¿Y todo por qué? Porque Palantir, o como se denomine la empresa hermana en hebreo, había identificado la reunión de la plana mayor del régimen iraní y Netanyahu convenció a Trump de que un asesinato en masa podía arreglar las cosas en la región. Sin duda, su mentalidad terrorista confundió el orgullo iraní con la mafia de Caracas. Eso es un error muy grave, que requiere algo más que la IA de Palantir para no caer en él.
Por lo demás, se muestra que esta IA puede destruir, pero no ayuda a construir nada. Para la construcción se necesita la comprensión cara a cara del otro, capaz de hacerse cargo de los profundos intereses existenciales de un país, algo que solo es posible desde un esfuerzo entregado a la diplomacia profesional, y no a unos amiguetes aficionados sedientos de dólares.
Pero la lección más poderosa de este asunto todavía está por extraerse. Y es que la IA de seguridad es la última generación de la razón instrumental perfecta, la que jamás se cuestiona los fines, sean estos cuales sean. Pero si los fines los dicta una inteligencia fanática y obtusa de fundamentalistas que se creen la propia voz de Dios, entonces esa IA se convierte en el instrumento más trágico de la humanidad. Ellos seguirán implementando esa técnica de destrucción y de muerte, con una retórica que asusta. “Que mil madres libanesas lloren por cada israelí muerto”, han declarado. Pero jamás reflexionarán sobre el hecho de que esos israelíes mueren en el acto criminal de invasión de un país ajeno.
Convertirse en peón de otro país es una traición que solo puede estar apoyada por los beneficios personales que alcanza el traidor. Pero ser un peón voluntario de fanáticos febriles es patético y trágico, porque es la antesala de ulteriores catástrofes. Que Estados Unidos consienta este curso de actuaciones, es caer en el ridículo más extremo desde la vergonzosa guerra de Vietnam. Es la demostración ante el mundo de que Trump es un sonámbulo hipnotizado por ese aventurero de Netanyahu, que está evitando la cárcel por sus crímenes sentado sobre una masa de fanáticos.
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