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Opinión | No hagan olas

València

El Mundial más multiétnico, y aburrido

Arranque de la ceremonia de inauguración del Mundial 2026.

Arranque de la ceremonia de inauguración del Mundial 2026.

Una semana después del arranque del Mundial de fútbol, una docena de partidos más tarde y hasta tres ceremonias tostones para inaugurar los fastos balompédicos, está claro que los dirigentes de la FIFA liderados por el suizo Gianni Infantino –de ascendencia italiana y casado con una mujer de origen libanés–, están abusando del gran evento hasta convertirlo en un mastodonte de difícil asimilación. Un total de 48 equipos disputan un campeonato que tiene programados más de cien partidos y se demorará hasta mediados del mes de julio. Demasiado para sostener la necesaria emoción. Una sobredosis de espectáculo trufado de márquetin que obliga incluso a los muy futboleros a evadirse con otros entretenimientos.

Este Mundial 26 exige desplazamientos extravagantes, concentraciones tediosas para los profesionales, la multiplicación al cubo de secuencias televisivas y un incesante goteo de partidos coñazo con selecciones impropias de un torneo que antes garantizaba uno de los mayores acontecimientos deportivos del planeta. Los encuentros se disputan en ciudades alejadas entre sí miles de kilómetros, de Vancouver a Guadalajara, de San Francisco a Nueva Jersey… visitando estadios adaptados al show permanente del espíritu de la inmediatez norteamericana, recintos con aforos superiores a los 90.000 espectadores y tribunas alejadas del césped, totalmente cubiertos y hasta climatizados con aire acondicionado. Algunos jugadores disputan los partidos de manga larga, en contraste con la canícula que se vive en el exterior de los campos.

Todo está disparatado en este Mundial, incluidos los desorbitados precios de las entradas que ha criticado también la presidenta Claudia Sheinbaum–de origen lituano búlgaro y etnia judía no religiosa–, así como la masiva presencia de turistas encamisados de nación y las largas pausas en mitad de los partidos, dos para la hidratación publicitaria y un descanso que vacía las gradas hasta que el personal regresa desde los múltiples fast food que sirven perritos calientes, burgers y burritos a cientos. Un Mundial que refuta el estado de las desigualdades internacionales dado que vemos a miles de hinchas desocupados, provenientes de todos los países habidos y por haber, de Uzbekistán y el Congo, de Curaçao a Cabo Verde, del Paraguay a Panamá, Iraq e incluso con presencia de aficionados de Irán venidos del exilio persa. Un jolgorio acrisolado.

El buen fútbol y la emoción aparecen de vez en cuando, a pequeños y escasos chispazos, y ello gracias a la emergencia de nuevas potencias futbolísticas como Marruecos, la vieja guardia de Croacia, Senegal, Japón o Australia. Hasta los cruces, el mes que viene, no se verán las selecciones favoritas entre sí, con cinco eliminatorias a vida o muerte, lo que deja en manos del principio de incertidumbre, la contingencia y la suerte de los dioses olímpicos la decisión que dilucide al futuro vencedor de este largo campeonato.

España, por primera vez en su historia balompédica, ha llegado como máxima favorita, pero el primer match ha sido todo un fiasco. No fue cuestión de mala pata como ocurrió en el Mundial que se ganó cuando los astros se alinearon con Suiza en aquel catastrófico partido inaugural en la ciudad de Durban, Sudáfrica. El encuentro frente al archipiélago caboverdiano del pasado lunes lo que puso en evidencia es la falta de lectura táctica por parte del cuerpo técnico de la selección. Y no es uno ni dos, son más de veinte los profesionales al servicio del pensamiento futbolístico de España. Dijeron que tenían preparado el equipo para su estreno hace más de un mes, pero no supieron poner remedio en medio del trabajo en curso, in progress directos al vacío.

Mientras lo deportivo sestea –al contrario de lo ocurrido en las finales del básquet de la NBA o en nuestra ACB–, el Mundial de fútbol lo que nos deja es una radiografía muy nítida de los fenómenos multiétnicos actuales que concurren en casi todas las naciones, especialmente en las occidentales. Jugadores de origen africano, latino e incluso de Oriente… asiáticos, musulmanes, mestizos o criollos componen buena parte de las selecciones en liza, las europeas sobre todo. O sea, que en plena batalla política contra la inmigración en los Estados Unidos y en el Parlamento Europeo, con la «Prioridad nacional» haciendo estragos ideológicos en el país, lo que el Mundial nos deja es un planeta fútbol multirracial.

Solo los mensajes del Papa León XIV –Robert Francis Prevost–, han incidido en esa realidad indubitable. Pero su visita a España ya parece muy lejana, cuando algunos líderes conservadores miraron de perfil y otros de izquierda no se enteraban de la batalla moral en la que se anda inmerso, incluidos algunos nacionalistas. La genealogía familiar del Papa nos habla, precisamente, de sus orígenes diversos, culturales y étnicos también, desde españoles y sudamericanos a africanos, franceses e italianos; y nacido en Chicago.

No solo estamos viendo selecciones europeas como Francia, Inglaterra, Países Bajos o España conformadas por futbolistas de procedencia centroafricana, magrebí, antillana o indonesia, sino que países menos desarrollados tratan de recuperar a los hijos y nietos de su emigración para mejorar la calidad de sus equipos de fútbol. Es el caso de Marruecos, Argelia y Túnez, de Senegal, el Congo o Ghana, con más jugadores nacidos fuera de su país, pero con familiares originarios del mismo. Eligen volver siquiera de forma momentánea y apelando al mito racial.

Según los datos estadísticos, uno de cada cinco jugadores del Mundial ni han nacido ni viven en los países a los que representan. Un partido como el que jugaron Francia y Senegal hace unos días dejaba un panorama genético de lo más paradójico, del que emergió como futbolista destacado Michael Olise, nacido británico –en un hospital de Londres–, de padre nigeriano y madre francesa con raíces argelinas, que juega en un equipo alemán y no sabe apenas hablar en francés, pero que decidió en su día defender los colores azules de Francia y entonar la Marsellesa antes de comenzar cada enfrentamiento internacional.

Veremos a ver qué equipo sortea todos los imponderables para hacerse con la copa que lleva el nombre de Jules Rimet, la más hermosa e imperecedera de cuantas se conquistan en el fútbol. Dentro de cuatro veranos será en España –tal vez en un nuevo estadio valenciano–, en Portugal y en Marruecos. Han pasado 44 años del Mundial de Naranjito, fue en 1982, y desde entonces la avenida de Aragón en Valencia sigue siendo un aparcamiento de vehículos a cielo abierto sin que a nadie en la ciudad se le haya ocurrido cambiar el destino de ese eje vertebrador para solaz del vecindario.

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