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Opinión

Ximo Puig

Ximo Puig

VI President de la Generalitat

València

Nerones, gladiadores y un portero de Cabo Verde

La recepción de Trump a los contendientes en el despacho oval de la Casa Blanca.

La recepción de Trump a los contendientes en el despacho oval de la Casa Blanca. / INSTAGRAM

Mientras medio mundo aguardaba el final de una guerra que ha desestabilizado el planeta, el hombre poderoso que la había provocado celebraba su ochenta cumpleaños con un ring instalado en la Casa Blanca. Un ring octogonal convertido en escenario televisivo; la violencia transformada en entretenimiento en el corazón de la referencia democrática de antaño. Los gladiadores estaban preparados. El emperador, y sus bufones, también.

Cerca de allí, donde habita el privilegio despótico, un hombre pequeño, se diría que insignificante, aguardaba su oportunidad en el estadio Mercedes Benz Arena de Atlanta. Parece un cuento con moraleja. Y en parte lo es. Este otro hombre, de nombre Vozinha, de profesión portero desconocido en equipos de fútbol desconocidos, venido de un país desconocido para los mapas mentales –para los mapas que cuentan–, realizaba siete paradones espectaculares ante los jugadores multimillonarios de la selección española. Con cuarenta años le había llegado su primer partido en un Mundial. Y ese día, mientras todo el mundo empezaba a seguir las desérticas redes sociales del portero de Cabo Verde, él lloraba porque su madre no había podido viajar al estadio para verlo jugar por problemas económicos y burocráticos relacionados con el visado.

La Historia, que no progresa en línea recta sino que a veces zigzaguea, transita así. No porque los poderosos cedan su trono, sino porque alguien que nadie esperaba encuentra su oportunidad en el lugar que algunos habían patrimonializado.

Pensaba en eso estos días de G7 en Francia y Mundial en el televisor. Todo el orden del día de la cumbre pareció eclipsado por la guerra en Irán. Era ridículo ver al pirómano sacar pecho de cómo intenta apagar el fuego. Nuestro moderno Nerón –con una educación poco romana y sin haber sido discípulo de Séneca como el original– insiste en presentarse como el único hombre capaz de salvar el mundo cada pocas horas. El mismo mundo al que él contribuye a tambalear con un cóctel de impulsividad, arrogancia y narcisismo. Pero si hay algo evidente es que con Irán todos hemos perdido. Han perdido las miles de víctimas inocentes que han pagado con sus vidas una violencia que nunca eligieron, y han perdido las familias que ya están inmersas en un largo duelo y a las que nunca más escucharemos llorar. Han perdido también quienes, dentro de Irán, luchaban por una apertura democrática y por los derechos humanos frente al régimen teocrático de los ayatolás. Durante años, una parte importante de la sociedad iraní había demostrado una valentía extraordinaria. Mujeres, estudiantes, trabajadores y activistas habían acercado como nunca la posibilidad de una transformación interna. Hoy, esa esperanza está más lejos. También hemos perdido todos con la inflación –que daña más a los más débiles– de esta guerra estúpida. Y algo que me duele especialmente: tantos millones de africanos que pasarán hambre por el precio y la escasez de fertilizantes que ha causado esta caprichosa guerra.

(Quizá alguien haya ganado dinero por la puerta de atrás. Quién sabe. Pero para las personas normales, para quienes simplemente quieren vivir en paz, el balance es devastador).

Por eso no solo es ridículo, sino que me resulta devastador y me llena de indignación que le regalasen una camiseta del Mundial en esa reunión del G7. Lo más inquietante es la normalización del absurdo. Que el nuevo emperador minimice el sufrimiento humano provocado por conflictos que afectan a millones de personas y se atreva a decir que es “una cuestión menor” ya apenas despierta escándalo. Que relativice las consecuencias mortales para poblaciones enteras se ha convertido en una provocación rutinaria. Que algunos dirigentes le rían las gracias mientras le regalan camisetas de fútbol con su nombre durante una cumbre internacional parece formar parte del decorado de esta astracanada.

La frivolidad se ha instalado allá adonde debería imperar la responsabilidad. Pero es el séquito de los aduladores profesionales quienes alejan, todavía más, un poco más, al nuevo emperador que comenzó su carrera pública como showman televisivo –es decir: como experto en convertir cualquier asunto en espectáculo– y que hoy, alimentando ese instinto insaciable por elevar las audiencias, se ha convertido, probablemente, en el peor influencer posible desde el sillón más delicado del planeta. Un amoral con botón nuclear.

Esa insolencia, tan nociva como modelo pedagógico de lo que es un gobernante, o directamente de lo que es un adulto, es lo que veía contrastada en estos días de Mundial. Cabo Verde, el Congo y las historias de todos esos futbolistas sin nombre que nos recuerdan que, frente a la arrogancia de los poderosos, los humildes también tienen derecho a competir. Parece una broma macabra que eso suceda en la FIFA de Infantino, la que premia al emperador guerrero con un nuevo Premio de la Paz, la que mercantiliza todavía más el fútbol con sus pausas a mitad de cada parte para hidratar oscuros bolsillos. Y sin embargo, ha sucedido. Ha emergido la oportunidad y algunos la han aprovechado. Lo importante –una gran cuestión transversal a nuestra época– consiste en decidir si esa oportunidad es una excepción o un derecho.

Si aceptamos que los humildes puedan tener su momento únicamente en circos como es el Mundial o si queremos que también lo tengan en la vida. Eso está en el trasfondo de un debate que compartimos hace unos días en París con el economista francés Gabriel Zucman, una de las voces más reconocidas del mundo en la investigación sobre la evasión fiscal y acerca de los mecanismos utilizados por las grandes fortunas para reducir su contribución a las sociedades que les permiten prosperar.

Su propuesta es contundente: introducir un impuesto mínimo del 2 % sobre el patrimonio de los ultrarricos, aquellos cuya fortuna supera los cien millones de euros. Por ejemplo: por las estimaciones consultadas, en España eso afectaría a menos de 500 personas. Es el 1 % más rico que acumula el 30 % del patrimonio en España. Con el 2 % de impuestos a esas 500 personas España podría recaudar hasta 5.200 millones de euros, según el Observatorio Fiscal de la UE. Son treinta o cuarenta hospitales nuevos.

Durante nuestro debate, compartí con él la necesidad de abrir una discusión profunda sobre nuestro sistema fiscal. La sociedad ha cambiado y también lo han hecho el perfil de las bases imponibles. La concentración de riqueza ha alterado profundamente las reglas del juego y las democracias deben ser capaces de actualizar sus herramientas. La progresividad fiscal no es un castigo al éxito. Es una garantía de cohesión: Justicia fiscal, justicia social. Es el mecanismo que permite financiar la educación pública, la sanidad pública, las pensiones, la seguridad, una integración óptima para los migrantes o las oportunidades para aquellos que nacen sin ventajas.

Thomas Piketty lleva años advirtiendo del crecimiento de desigualdades que amenazan la estabilidad democrática. Resulta curioso que dos economistas franceses —Piketty y Zucman— y el americano Stiglitz estén contribuyendo de manera tan decisiva a este debate global, que merece más atención. Porque las desigualdades extremas son hoy uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo. Son el combustible de los populismos. El fermento que permite la aparición de nuevos Nerones dispuestos a quemar Roma y a vender odio en circos octogonales con luchadores ensangrentados y risotadas de bufones. Por eso cualquier pequeña reacción es una fiesta de esperanza. Y siempre es posible. Un portero de Cabo Verde nos lo ha recordado.

PD: Acabo de leer este titular: “El gran regalo de Trump a Vozinha: el portero de Cabo Verde podrá reunirse con su madre en el Mundial. Tras conmover al mundo con sus lágrimas, Estados Unidos la ha eximido del pago de las tasas del visado y ambos se reencontrarán en Miami”. Me acuerdo de Ovidi Montllor i del ja no ens alimenten molles, ara que fa 31 anys que se’n va anar de vacances…

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