Opinión

Presidente de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos
Santiago Calatrava, la ciudad y Auguste Rodin

Manuel Muñoz y Santiago Calatrava en las instalaciones de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos, contemplando una escultura de Miquel Navarro, en julio de 2025. / ED
Cuando Santiago Calatrava aterrizó en Manises el 21 de julio del año pasado, había tenido previamente prolongadas conversaciones telefónicas conmigo: así, tras haberle escrito solicitando su colaboración en un proyecto cultural con la Academia (es miembro Correspondiente de la misma en el extranjero), había respondido anunciando su viaje e invitándome a que mantuviera una previa interlocución con él. Así las cosas, mi llamada se convirtió en un monólogo suyo acerca del disgusto provocado por la respuesta valenciana a su labor en la creación de la Ciudad de las Artes y las Ciencias que, incluso, se había extendido intencionadamente con el único objetivo de desacreditarle, recordando la web calatravatelaclava, y reconociendo que tuvo una repercusión mediática que provocó la reducción de sus contratos en el exterior: “He cumplido siempre con mis compromisos contractuales, y me siento muy afectado” –me insistía-. A los pocos días, recibí una llamada suya, pero el tono había cambiado: ya no reflejaba enfado, sino “dolor”: se encontraba, a su juicio, inexplicablemente maltratado por un mundo que consideraba cercano y propio, evocando el cambio intencionado de su nombre a un colegio de Benimàmet –su lugar de nacimiento- como si fuese un delincuente o un hombre desalmado. En el curso de la exposición pronunció una frase en valenciano, que aproveché para hablarle en nuestra propia lengua. Aquel sencillo cambio le hizo reemplazar la secuencia del relato, afirmando que, cuando se concretara el viaje (no había vuelto a la ciudad en nueve años y lo proyectaba hacer casi secretamente), deseaba extenderse en conversación conmigo, ofreciéndome la iniciativa de realizar inicialmente aquí una sucesión de grabados calcográficos sobre plancha de cobre -relativo a temas valencianos-, en colaboración con la Academia.
He de confesar que aquel cambio de su tono: dolorido y afectado, pero al mismo tiempo dispuesto, me emocionó y me dispuso, comenzando a idear de un modo sencillo, un reencuentro suyo multifactorial y presencial entre nosotros: encontré la fácil reciprocidad con Joan-Carles Martí –con quien trabajé en tándem-, y la disposición a acogerlo de Ana Tomás, profesora de grabado calcográfico de la UPV, de José María Yturralde, cuyo estudio visitaría, de María José Catalá y de Julia Climent, que lo recibirían en el Ayuntamiento, de Javier Molins, director del Centro de Arte Hortensia Herrero, que nos mostraría meticulosamente el espacio y la colección, y la de mis colaboradoras de la Academia, que se ofrecieron -como los demás-, a que tuviese una estancia grata.
El martes 22 de julio a las 11h. Santiago Calatrava visitaba la Academia. En un ambiente muy grato, insistía en su profundo dolor e, implícitamente, en el temor a ser reconocido por la calle y recibir algún exabrupto. Hice esfuerzos reiterados para disuadirlo de cualquier amenaza inesperada pero, sorprendentemente, aun siendo tan internacionalmente reputado, mostraba una fragilidad emocional (al tratarse de su propia tierra), que me emplazaba a insistir en que su obra se había convertido en el imaginario moderno de toda la ciudad, que era ampliamente compartida y que era imposible que recibiese el menor desaire. Después de varias horas de diálogo, quedamos para vernos a la mañana siguiente y, a partir de aquel momento, sucesiva y diariamente, hasta el mismo día 8 de agosto (cuando tuvo que regresar precipitadamente a Zúrich ) mantuvimos un trato cotidiano, conllevamos las visitas proyectadas e hicimos otras más: como ir pausadamente de compras por el Mercat Central -comprobando como accedía a fotografiarse con la gente que lo reconocía-, mientras compartimos la primera fideuà de su existencia, me indujo a visitar su casa en la plaza de la Virgen en repetidas ocasiones, invitó a comer a mi familia para celebrar el día de su santo y paseamos tranquilamente por las calles, mientras siempre era tratado con respeto, con admiración y con agrado: el 27 de julio aparecía la entrevista que le había realizado previamente Joan-Carles Martí en este mismo diario: ¡En cuatro días, se había tranquilizado, ya gozaba del entorno, se encontraba seguro y… una mañana, hasta fue solo al Mercat, para comprar queso fresco y unas frutas!
Nuestras conversaciones frecuentes –siempre hablando en valenciano-, se prolongaban durante largas horas. Orillando – por superadas- sus antiguas malas sensaciones, dialogamos sobre estética, arte, literatura, música, religión, arquitectura o economía, entre otros temas. Santiago Calatrava hablaba de cada una de las suites para cello de Bach, con la misma naturalidad que de sus amigos próximos: bien fueran Woody Allen – su vecino en New York –, Alex Katz, Zubin Mehta u otros más. Pero también del olivar del Chaparro en Benimàmet, donde jugaba de niño y desde donde salía en bicicleta acompañando a un tío suyo, hasta alcanzar el mar, trasluciendo una cultura inmensa y una enorme naturalidad emocional. Sentados en la terraza de su casa, mientras disfrutábamos de una espléndida puesta de sol sobre la catedral, le dije que cada uno teníamos un centro del mundo, y que estaba convencido de que el suyo era aquél: “Tens raó”, me escribió en un Wass-App, sobre una fotografía de la plaza a la mañana siguiente.
Uno de aquellos intensos días, en un momento dado me recomendó, encarecidamente, un libro: L´Art de Auguste Rodin: “Lo he releído numerosas veces, y en ocasiones, hasta lo llevo en mis viajes… procura que la edición incluya también su testamento artístico”. Al poco, me había hecho con una edición de 1944 impresa en Buenos Aires. Es imposible resumir aquí la autenticidad, el apasionamiento y la profundidad de los pensamientos de Santiago Calatrava, como tampoco los reflejados en el texto por el genial escultor francés: “Admitid las críticas justas. Las reconoceréis fácilmente. Son aquellas que os confirmarán en una duda que os persigue”. “Y cuando una verdad, una idea profunda, cuando un sentimiento poderoso, estallan en una obra literaria o artística –continuaba Rodin- resulta de toda evidencia que el estilo, o el color o el dibujo, son excelentes pero esta cualidad no les viene de otra cosa que del reflejo de la verdad”
Santiago Calatrava tuvo que regresar precipitadamente en un avión privado, a Zúrich, el viernes 8 de agosto, para ser asistido tras un accidente directamente relacionado con el robo forzado y violento que había sufrido. Tenía un profundo desengaño y una inmensa tristeza. Previamente, esa mañana, sentados en una sala de espera, descansé mi mano en su hombro intentando transmitirle ánimo: estaba desolado, casi a punto de llorar. Estuve con él hasta el momento de partir para volar: acabábamos de suspender una comida compartida en la Albufera y, tras escuchar días antes -en una misma noche- cinco versiones distintas de la 2ª de Mahler (come y duerme poco, mientras dibuja y trabaja incansablemente), había dejado en su casa, a medio hacer, treinta y cinco placas de arcilla como homenaje a los sufrimientos de los ciudadanos afectados por la DANA, con el sueño de una “resurrección” deseada, definitiva y laica.
Cuando, pasado el verano, informé a la Academia de mi experiencia con él, les trasladé una intimidad: había tenido la misma sensación que hubiese sentido, de haber conocido a Mozart.
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