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Opinión

València

La marea

Imagen de archivo de una patera.

Imagen de archivo de una patera. / ED

H. y su padre merodean los alrededores cargados de duda y deseo. No parece de nadie pero es extraño que esté allí, en medio de la arena, ostensiblemente perjudicado pero todavía con todos los atractivos intactos. Una chica pertrechada solamente de bikini acaba de adueñarse de otro que más abajo también parecía abandonado. H. disimula, camina arriba y abajo, sin separarse mucho e incluso, en un par de ocasiones, lo coge con la intención de saber si alguien salta ofendido por sustraer su posesión. La mujer del bikini se acerca e invita a quedárselo. Han aparecido allí esta mañana, no son de nadie, seguramente los habrá arrastrado la marea, defiende para alegría del niño. Un tercer balón ha encontrado dueño rápidamente, reclamado por una niña que viste la camiseta de Dembelé.

Treinta metros después, cuando ya caminan hacia casa con el botín como volátil alegría, el padre analiza el esférico y descubre un rayajo que habla de cierta procedencia lejana. U20, se lee débilmente. Menos de veinte años, en inglés. Proyecta su imaginación y piensa en un barco cargado de futbolistas que cruza el Mediterráneo, un partido improvisado en cubierta y un chutazo que parecía se encaminaba a la escuadra pero acaba en medio del mar. El balón navega durante semanas a la deriva y aparece en la playa, donde asume nuevos propietarios y renovados sueños futbolísticos, ahora en los pies de un joven de tres años.

Al día siguiente, padre e hijo repiten ritual, se levantan bien pronto y caminan por el paseo, ya sin el balón que fue protagonista ayer. H. ha elegido un patinete, que quinientos metros después su padre carga sobre la espalda. Caminan hasta el lugar donde recibieron el inesperado regalo, con la esperanza de que hoy los mares hayan expulsados otra nueva sorpresa. Y así es. La gente se arremolina y cuando se acercan, atraídos por la curiosidad, ven a la policía. El padre pregunta y la respuesta es un guantazo: ha aparecido un cadáver o, mejor dicho, medio cadáver porque el cuerpo está por la mitad y solo ha llegado a la playa el tronco inferior, las piernas. Ennegrecidas, hinchadas. Indican que quizá está vinculado al naufragio de una patera unas semanas antes.

A diferencia de los balones, nadie allí reclama el cuerpo expulsado por el mar.

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