Opinión
El olvido de quien le escribe a León XIV

El Papa León XIV preside la celebración de la Santa Misa multitudinaria en Santa Cruz de Tenerife. / Germán L. Maymo/ACFI - Europa Press
Un líder no tiene porqué conocer toda la historia, pero sí quien le escribe. En su Encuentro con los Jóvenes en la plaza de Lima de Madrid, León XIV leyó uno de los mejores textos que puedan recordarse de su visita a España. Junto a la apelación agustiniana al silencio en época del ruido digital, el huir de las ideologías toxicas, alertar de los peligros de la polarización para el dialogo entre iguales, y la sería apuesta por la caridad, en especial con los “descartados”, se echó en falta la referencia a un ejemplo -joven cristiano, por supuesto- que orientara la acción juvenil católica cuando asoma, de nuevo, el totalitarismo en el horizonte europeo. No hubiera estado de más.
Yo le sugeriría uno, que el cardenal Ratzinger -futuro Benedicto XVI- en sus encuentros con jóvenes alemanes recordaba: el de Sophie Scholl, no cómo un ejercicio histórico sino cómo una obligación moral. El 22 de febrero de 1943, el régimen nazi la ejecutó; era una estudiante de 21 años cuyo único “delito” fue apelar a la conciencia de sus compatriotas alemanes. Junto a su hermano Hans y otros miembros de “La Rosa Blanca”, la clandestina organización universitaria alemana contra el nacionalsocialismo, distribuyó panfletos denunciando los crímenes del nazismo y llamando a la resistencia pacífica. En una Alemania dominada por el terror, su gesto no solo fue valiente: fue profundamente subversivo.
Hoy, más de ochenta años después, su figura no puede reducirse a un símbolo cómodo de resistencia juvenil. Sophie Scholl encarna una verdad incómoda que sigue interpelando a nuestras conciencias y comunidades: que la legalidad no siempre es sinónimo de justicia, y que la obediencia no es una virtud cuando sirve al poder injusto. Un mensaje que León XIV dejo caer en su comunicación a las Cortes Generales.
El núcleo del legado de Scholl es radical: la dignidad humana y la libertad de conciencia son anteriores y superiores a cualquier ordenamiento jurídico. Lo defendió en su Juicio. Y esta afirmación, que hoy sustenta los derechos humanos, fue entonces una herejía política. Frente a un Estado que exigía sumisión absoluta, Sophie Scholl defendió que existe un límite moral que ningún poder puede traspasar legítimamente: cuando la ley se convierte en instrumento de opresión, desobedecer deja de ser una opción para convertirse en una responsabilidad. Esta idea, lejos de pertenecer únicamente al pasado, resulta especialmente pertinente en el presente.
El auge de la extrema derecha en Europa no puede ser banalizado ni reducido a una mera alternancia política. En distintos países, discursos que promueven la exclusión, la deshumanización de colectivos y el debilitamiento de derechos fundamentales están ganando terreno en el espacio público. Solo recordar los mensajes de los partidos de extrema derecha agrupados en el Eurogrupo “Patriotas por Europa” al que pertenece VOX. No se trata de establecer equivalencias simplistas con el pasado, pero sí de reconocer dinámicas preocupantes: la normalización del lenguaje de odio, la instrumentalización del miedo y la construcción de enemigos internos como herramienta política: ayer judíos, hoy inmigrantes del Magreb y del Zahel. La historia europea ya ha demostrado adónde pueden conducir estos procesos cuando no se les pone freno a tiempo. En este contexto, la figura de Sophie Scholl deja de ser un referente lejano: se convierte en una advertencia urgente.
El silencio, la comodidad o la resignación ante la erosión de derechos individuales y fundamentales son, históricamente, el terreno fértil sobre el que crecen las derivas totalitarias. Frente a esa deriva, Sophie Scholl no actuó porque creyera que iba a cambiar el sistema de inmediato. Actuó porque entendía que callar era convertirse en cómplice. Su ejemplo desmonta una de las coartadas más extendidas en las sociedades contemporáneas: la idea de que la responsabilidad individual es irrelevante frente a grandes estructuras de poder. Nada más lejos de la realidad. Reivindicarla hoy implica algo más que homenajear su memoria. Implica asumir el compromiso que su joven vida plantea: defender la dignidad humana incluso cuando hacerlo resulta incómodo, impopular o arriesgado. Ella lo creía, lo defendió públicamente, y por ello los nazis la asesinaron.
En una Europa que vuelve a debatirse entre apertura y repliegue, entre derechos y exclusión, su legado exige claridad. No hay neutralidad posible frente a la vulneración de derechos fundamentales. No hay equidistancia legítima cuando lo que está en juego es la dignidad humana. Sophie Scholl no fue una heroína abstracta, sino una joven cristiana que decidió no traicionarse a sí misma. Ese es, precisamente, el desafío que su memoria nos lanza hoy: preguntarnos si estaríamos dispuestos a hacer lo mismo. Un ejemplo que puede orientar la acción juvenil en tiempos de incertidumbre.
En 1997 se publicó en la colección “Voz de los sin voz”, el ensayo biográfico de Rainer Uphoff “Sophie Scholl frente al totalitarismo” que Rainer dedicaba “A los niños y jóvenes del mundo”. El editor terminaba el Prólogo de presentación de la obra con la siguiente frase: “La justicia es anterior a los ordenamientos jurídicos, no pueden las leyes establecer lo que es justo, solo lo que es legal. Cuando las leyes se construyen contra la Justicia y contra la dignidad de la persona humana, tenemos la obligación de luchar contra ellas”. En la plaza de Lima se echó en falta ese llamamiento a la acción.
Pero Sophie y Hans Scholl no fueron los únicos. Los nazis encerraron en el campo de Dachau -¡sin olvidar Autswitz¡- a 2.579 clérigos católicos, junto a 141 pastores protestantes y sacerdotes ortodoxos. De ellos, 156 sacerdotes franceses que fueron deportados y asesinados por su participación en la resistencia, junto a 868 polacos. Un caso especial fue el obispo de Clermond-Ferrand, Gabriel Piguet, deportado y asesinado por su apoyo a las redes clandestinas de alojamiento y ocultación de judíos franceses; hoy forma parte de los Justos de Yad Vashem en Jerusalén. Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco beatificaron a 56 eclesiásticos asesinados en Dachau, dónde se halla el mayor cementerio de sacerdotes católicos del mundo.
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