Opinión
Miembro de la Asociación OCRE, Observatori Crític de la Realitat Educativa.
La burocracia es una apisonadora y la IA no la parará

Mesa negociadora entre Conselleria y los sindicatos de Educación. / Germán Caballero
La simplificación burocrática ha sido el único bloque de la negociación en la Comunitat Valenciana entre Conselleria y sindicatos en el que se han puesto de acuerdo sin grandes obstáculos.
Y no es casual que la Conselleria haya ofrecido mejoras sin "resistirse", ya que la simplificación burocrática, tal como se ha planteado, no cuesta un euro: No exige inversiones millonarias en infraestructuras. No requiere contratar personal adicional. No implica reformar edificios ni instalar aire acondicionado. Es, básicamente, cambiar el formato de algunos papeles y prometer que las plataformas se hablarán entre ellas. Un gesto barato, por no decir gratuito, que permite a la administración apuntarse un tanto sin rascarse el bolsillo.
Pero cuando se analiza qué se ha aprobado en ese punto, aparece una contradicción que debería hacer saltar todas las alarmas, ya que las soluciones que se plantean no cuestionan el origen de la burocracia: la digitalizan. La modernizan. Le ponen inteligencia artificial. Pero no la reducen.
Lo que se ha firmado es, en síntesis, más tecnología: expediente digital del docente (EDEN), unificación de plataformas, integración de datos, automatización de documentos, traductores automáticos entre castellano y valenciano, herramientas colaborativas completas para todas las enseñanzas… y, la estrella del espectáculo, "incorporación de herramientas de inteligencia artificial para generar la documentación necesaria".
En definitiva: el sistema educativo genera una cantidad delirante de burocracia pedagógica —programaciones, rúbricas, informes, actas, consejos orientadores, plataformas redundantes—, y la solución que propone el acuerdo es utilizar la IA para producir automáticamente esa misma burocracia. Y todo ello, además, sin coste económico aparente, lo que explica la prisa de la administración por firmarlo.
Como si el principal problema fuera que todavía se rellenan demasiados formularios a mano. Como si el verdadero malestar no estuviera en el volumen, sino en el sentido.
Si hay un ejemplo que retrata a la perfección el sinsentido burocrático al que nos tienen sometidos, es el de los Consejos Orientadores para la FP Básica. Quien esté interesado puede consultar este hilo de Twitter (antes X) en el que se recoge a la perfección el sinsentido referido más arriba.
Hay cientos de ejemplos como este que demuestran que la burocracia actual no es un accidente. No es un exceso puntual que se pueda solucionar con una aplicación móvil o con un algoritmo. Es una consecuencia directa del modelo educativo que hemos construido. Un modelo que ha desplazado el centro de gravedad desde los contenidos hacia los procesos, desde el saber hacia las competencias, desde la enseñanza hacia la evidencia documental. Y en ese desplazamiento, todo tiene que quedar registrado, evaluado, monitorizado, descrito, justificado. Aunque luego esos registros no sirvan para nada. Aunque nadie los lea. Aunque se archiven en una carpeta para acabar en la basura.
El lenguaje educativo contemporáneo ha ido sustituyendo las preguntas sobre qué deberían aprender los alumnos por preguntas sobre cómo lo harán, cómo lo demostrarán, cómo se evaluará y cómo se registrará. Y cada respuesta a estas preguntas genera una nueva capa de burocracia. La plataforma que no se conecta con la otra, el informe que duplica lo que ya está en la ficha, la rúbrica que convierte la evaluación en una operación industrial…
El resultado es una escuela que cada vez se parece más a una oficina de gestión administrativa donde, por cierto, también se enseñan algunas cosas. Y el profesorado, atrapado en medio, experimenta una sensación de pérdida de sentido profesional difícil de explicar a quien no pisa un aula cada día. No es solo cansancio, es la frustración de descubrirse convertido en un gestor de trámites que, de paso, también tiene que educar. La función principal de la escuela se convierte en secundaria.
Lo llamativo es que este modelo se presenta constantemente bajo la retórica de la modernización, la calidad y la innovación educativa. Pero acaba produciendo el efecto contrario: docentes saturados, homogeneización metodológica, pérdida de autonomía profesional y una creciente cultura de simulación administrativa en la que los documentos son elaborados para cumplir procedimientos formales más que para orientar el trabajo real.
Las prácticas normales del aula acaban traducidas a un lenguaje técnico y burocrático carente de significado. Las Programaciones son copiadas, adaptadas y rehechas continuamente porque nadie dispone materialmente del tiempo necesario para construir desde cero toda la maquinaria documental exigida. Todo el mundo lo sabe. Pero pocas veces se dice abiertamente.
Y ahora, encima, la administración propone utilizar la inteligencia artificial para generar esa misma documentación. Como si el problema fuera lo que cuesta redactar los informes, no que los informes sobran. Como si la solución a una máquina burocrática ineficiente fuera engrasarla con algoritmos. Y todo ello sin coste, lo que permite a la Conselleria venderlo como un logro sin necesidad de rascarse el bolsillo.
Si necesitamos a la inteligencia artificial para sostener el paradigma educativo actual, es porque con la inteligencia natural no hay quien lo aguante. El sistema no es sostenible. Y en lugar de preguntarse por qué hemos llegado a este punto, se limita a tecnificar el sinsentido.
Conselleria y sindicatos, de acuerdo en este punto
Lo más sangrante de todo esto es que nadie, ni Conselleria ni sindicatos, ha cuestionado el modelo. La Conselleria propone digitalizar la locura, y además lo hace sin coste, lo que debería hacernos sospechar. Los sindicatos, por su parte, se han limitado a negociar el alcance de la digitalización, pero no han planteado una pregunta mucho más de fondo: ¿por qué demonios la escuela necesita producir semejante volumen de trazabilidad administrativa para demostrar continuamente que está educando? ¿Qué miedo esconde esta obsesión por el registro? ¿Por qué se ha pasado de evaluar para mejorar a evaluar para archivar?
Los sindicatos han claudicado sin rechistar. Han firmado la simplificación burocrática como si fuera una victoria, cuando en realidad es una claudicación: aceptan más tecnología, más plataformas, más algoritmos. Pero no se toca el fondo del problema. No se cuestiona que un docente tenga que dedicar horas a rellenar documentos que no sirven para nada (como los citados consejos orientadores de FP Básica). No se plantea por qué la administración necesita un papel (que acaba en la basura) de cada gesto educativo. Y, sobre todo, no hay un solo euro de inversión real para aliviar la carga administrativa. Solo hay promesas digitales.
La Conselleria, atrapada en su lógica de control, de dato y de gasto cero. Los sindicatos, atrapados en su lógica de negociación corta y de gestión de lo urgente, incapaces de levantar la vista y preguntar si todo este tinglado tiene sentido. Y ninguno de los dos se atreve a preguntar si la burocracia que ahoga las escuelas es necesaria o es solo un ritual vacío que alimenta la desconfianza hacia el propio sistema educativo.
El problema de fondo sigue intacto: la escuela se está convirtiendo en una fábrica de papeles. Y la IA no va a salvarnos. Solo va a acelerar la producción de la tontería.
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