Opinión | Crónicas de la incultura
¡Qué ilu!
Unas criaturas, a las que se está criando haciéndoles creer que lo excepcional es lo normal, no pueden terminar bien

Imagen de archivo.
Algunos lectores me dicen que mis “crónicas de la incultura” acaban siempre poniendo verdes a los políticos en general y a los españoles en particular. Pues sí, tienen razón. Lo que pasa es que hoy día resulta imposible hablar de cultura sin sacar a colación la responsabilidad de los políticos -los grandes y los pequeños, los de esta marca y los de la otra- en su imparable degradación. Los políticos entran a saco en los temas culturales porque creen que les reportan notoriedad prácticamente sin costo alguno. Lo malo es que a veces dicha fama es negativa: casi resulta imposible pergeñar una programación más mediocre que la de la temporada pasada en el teatro Principal de Valencia y nadie se ha inmutado en la dirección de la cosa. A lo mejor es que piensan que el segle d’or del teatre valencià, el de Timoneda, Gaspar Aguilar y Guillén de Castro, en realidad se llamaba así por el bunyol d’or con el que premiaban a los mejores actores.
No sigo: voy a hacer propósito de enmienda y hoy trataré de un escalofriante acontecimiento cultural que no es culpa de los políticos, sino de los propios ciudadanos. Me refiero a las fiestecitas de cumpleaños de nuestros nanos y nanas. Los lectores que no tienen contacto frecuente con niños no pueden comprenderlo. A los padres y madres que tengan hijos impúberes, o a aquellos que, como yo, tengan nietos en edad de merecer –digamos entre tres y doce años– seguro que se les eriza el pelo y se ponen a temblar ante la noticia de que tienen que asistir a una nueva fiesta de cumpleaños. Hasta ahora, las familias celebraban estos eventos muy de vez en cuando. Lo normal era que no saliesen del círculo de la familia directa y de los amigos íntimos, con lo que uno solía asistir a media docena de fiestas al año, como mucho. Viejas tradiciones avalan esta costumbre en muchas culturas, así que poco hay que añadir. No, de lo que estoy hablando es de otra cosa, es de que cada criatura en edad escolar no es nadie si no invita a todos sus compañeros de clase (de infantil o de primaria) para su cumpleaños. Suponiendo una media de veinte alumnos por curso, una familia con dos hijos tendrá que afrontar cada año la organización de dos fiestas de cumpleaños para una veintena de invitados cada vez, pero además tendrá que corresponder asistiendo a unas cuarenta celebraciones. Descontando las vacaciones escolares, que se llevan unos tres meses al año, quedan nueve meses para asistir a los cuarenta festorros obligados, lo que viene a salir a una fiesta de cumpleaños cada fin de semana lectivo.
Perdonen este burdo cálculo casero, que recuerda los problemas de aritmética de la escuela de mi infancia. Los hechos son los hechos y la vida que llevan los padres de las criaturitas no puede ser más achuchada. En realidad, es un infierno que no le deseo a nadie. Se espera que los adultos invitados colaboren con los organizadores, que participen en todo tipo de juegos estúpidos, que se sepan de memoria los programas y las canciones de la tele infantil, que prueben las porquerías que han sacado los anfitriones a la mesa (chuches que les hundirán las buenas cifras de colesterol o de azúcar) y que no abandonen su máscara de simpática alegría hasta que se cierre la puerta y puedan volver a casa. Encima, lo peor de todo es lo que no se ve. Unas criaturas, a las que se está criando haciéndoles creer que lo excepcional es lo normal, no pueden terminar bien. Dado que el fin de semana se ha convertido en una orgía en la que todo está permitido, estos críos sufrirán lo indecible cuando de mayores descubran que todo el monte no era orégano y que el sistema les pone mala cara cada vez que buscan trabajo, vivienda o reclaman ayuda sanitaria. Pero de momento son felices y, como era previsible, hasta hacen turismo (otro de los mitos de nuestra época), pues ni siquiera tienen que celebrar los cumpleaños en su casa, que queda más vulgar que un resort. Los hay de varios precios. El más barato suele ser algún parque, sobre todo el viejo cauce del Turia (¡qué gran alcalde fue Ricard Pérez Casado!), pero no mola. Lo más molón es llevar a los críos a un parque de bolas.
¿Que qué es eso? El otro día se lo expliqué a un colega solterón y misántropo diciéndole que la cosa consiste en unos espacios cerrados por redes y llenos de bolas en los que se mete a la chiquillería para que haga el bestia. Mi colega, que es un amargado, me comentó con sarcasmo: o sea que viene a ser una especie de cárcel en la que los presos, en vez de llevar una bola atada a la pierna, tienen muchas; ¿y dónde se ponen los vigilantes? Bueno, los familiares suelen pasar de los críos y se quedan de charreta ante unas cervecitas hasta que se los llevan sanos y salvos, le contesté. En fin, les deseo unas buenas vacaciones, en el mar o en la montaña, como se solía decir. Eso sí: tengan bien presente que las montañas no están hechas de bolas de poliuretano, sino de rocas, y que el mar no es una piscina con monitores atentos a cualquier descuido del bañista. Veranito, al fin llegó la madre de todos los parques de bolas: ¡Qué ilu!
- El hijo de Aznar y Ana Botella promueve un bloque de 46 pisos turísticos en el barrio de Gran Vía
- Una violinista de Tavernes de la Valldigna hace historia al convertirse en la segunda española que gana un prestigioso concurso en Polonia
- Manolo García y Quimi Portet (El Último de la Fila): 'Que la gente cante con emotividad las canciones que compusiste con 30 y pocos te aumenta la autoestima
- Mislata se acerca a su ronda norte: así será el nuevo vial con viaducto de 200 metros sobre el viejo Turia
- Buscan a una bebé sustraída del Hospital Francesc de Borja de Gandia
- Luz verde al PAI del Viejo Mestalla: el Ayuntamiento cede al Valencia CF la gestión del suelo para levantar más de 500 viviendas
- Un accidente en la A-7 provoca un colapso total del tráfico hoy en Valencia con más de 12 kilómetros de retenciones
- La Reina del Flow congrega a más de de 14.000 personas en Roig Arena
