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Opinión

València

La coartada perfecta

La propuesta de Junts de sustituir a Sánchez por un tecnócrata, lejos de ser una salida democrática, es una confesión de que el problema no es la falta de alternativas, sino el miedo a que el pueblo decida

Tenso cara a cara entre Sánchez y Feijóo en el Congreso por la corrupción en el PSOE

Tenso cara a cara entre Sánchez y Feijóo en el Congreso por la corrupción en el PSOE / José Luis Roca

Esto va de cómo Pedro Sánchez utiliza la impotencia de Núñez Feijóo para sobrevivir a la corrupción. Repasemos la sesión del Congreso del 24 de junio de 2026, que quedará registrada como un ejemplo de cinismo político elevado a categoría de arte. Pedro Sánchez, citado para dar explicaciones sobre la red de corrupción que acosa su entorno —con su esposa, Begoña Gómez, imputada y con el pasaporte retenido, y el caso Koldo y la trama Leire salpicando a su partido—, convirtió el hemiciclo en un escenario para la estrategia de supervivencia más descarada. No hubo autocrítica, ni asunción de responsabilidades, ni el más mínimo atisbo de la dignidad que él mismo exigía a Mariano Rajoy en 2016, cuando llegó a afirmar que "una investidura no puede sobreseer la corrupción política". El Sánchez de 2026 ha enterrado a aquel demócrata para dar paso a un político que se aferra al poder con la única excusa de que su principal adversario, Alberto Núñez Feijóo, es incapaz de articular una alternativa.

La estrategia del presidente fue tan predecible como eficaz: atacar a Feijóo por su dependencia de Vox. En un ejercicio de transformismo, Sánchez agitó el fantasma de la ultraderecha para ocultar el hedor de los casos de corrupción que le salpican. Su mensaje fue un eco perfeccionado del análisis que el propio entorno del PSOE reproduce: el PP no puede ser alternativa porque su "muleta ultra" le bloquea el paso a La Moncloa. Feijóo, el "hombre de las mayorías silenciosas", se ha convertido en el rehén de “los amigos españoles de Vicktor Orban”, y Sánchez lo sabe. Mientras el líder popular intenta desmarcarse de la estrategia de confrontación de Abascal, el presidente del Gobierno le recordó en el Congreso la paradoja que atenaza al centroderecha: para gobernar necesita a Vox, pero ese mismo socio es el muro que PNV y Junts, sus aliados imprescindibles, jamás traspasarán. Es la "tragicomedia política" en la que el PP es víctima de sus propios “guiños” hacia la ultraderecha.

La hipocresía de Pedro Sánchez alcanza cotas de vértigo cuando esgrime la "estabilidad" como argumento para agotar la legislatura hasta 2027. Su yo pasado, aquel que en 2016 bloqueó el país con tres convocatorias electorales para evitar un gobierno de Rajoy y que en 2019 convocó elecciones por su debilidad parlamentaria, le contradice con la fuerza de la hemeroteca. Ahora, sin presupuestos desde 2023, su Gobierno es, según sus propias palabras de entonces, "tan útil como un coche sin gasolina". Pero la necesidad de sobrevivir a la corrupción ha transformado la inestabilidad en su mejor escudo. "Mientras la oposición marrullera puede seguir maniobrando, nosotros seguimos gobernando hasta 2027 y todo el tiempo que quieran los españoles", sentenció con la arrogancia de quien se sabe protegido por la falta de alternativa.

Esta inestabilidad, que Sánchez explota en su beneficio, encuentra su espejo en la reciente crisis del Partido Laborista británico, con la salida de Keir Starmer y la denominada vía Burnham. Allí, el relevo en el liderazgo se produce sin necesidad de elecciones generales, mediante una elección interna en el partido gobernante. Esa solución, que en el Reino Unido se presenta como un mecanismo para evitar el desgaste electoral y el ascenso de la ultraderecha de Reform UK, es la que ahora algunos sectores de Junts per Catalunya parecen sugerir para España con su idea de una moción de censura instrumental que sustituya a Sánchez por un 'tecnócrata' que convoque elecciones. Pero esta propuesta, lejos de ser una salida democrática, es una confesión de que el problema no es la falta de alternativas, sino el miedo a que el pueblo decida. Es la búsqueda de un nuevo líder socialista que, amparado por una mayoría parlamentaria de conveniencia, perpetúe el inmovilismo para impedir que Vox pueda condicionar el resultado de unas elecciones anticipadas. Es, en definitiva, la misma lógica de supervivencia que Sánchez aplica, pero con un barniz de renovación que no oculta su esencia: cambiar el rostro del poder para mantener intactas las costuras de un sistema que se resquebraja, mientras la voluntad popular queda reducida a un estorbo para las élites políticas.

Los socios nacionalistas, tan cruciales para su investidura como para su supervivencia, han empezado a mostrar su impaciencia. El PNV ya le ha advertido que, si no hay Presupuestos, "disuelva la Cámara y convoque elecciones", mientras que ERC le recuerda que no puede instalarse en un "y tú más" para tapar sus propias miserias. Sin embargo, incluso en esa debilidad, Sánchez encuentra una coartada: mientras Feijóo sigue necesitando a Vox, él sigue siendo el mal menor para los nacionalistas, que prefieren su gobierno "entre bochornos y cesiones" antes que un ejecutivo donde la formación de Abascal tenga "la llave de los grifos autonómicos y migratorios".

La sesión fue, en definitiva, un espectáculo lamentable. Pedro Sánchez no respondió sobre la corrupción; se limitó a señalar al PP y a Feijóo, a quien llegó a preguntar, con un cinismo insultante, cuánto paga por su casa. Es la táctica del "y tú más" elevada a la máxima potencia, una demostración de que la democracia española está 'enquistada' no solo por los pactos del Gobierno, sino por la "incapacidad de la derecha para liberarse de sus propios monstruos". Y es que Núñez Feijóo, con su estrategia de normalización de Vox, ha dado a Pedro Sánchez el mejor de los regalos: una excusa perfecta para no dimitir, no convocar elecciones y aferrarse al poder, mientras los ciudadanos pagamos el pato de esta larga inmovilidad que se prolongará, si nada lo remedia, hasta el verano de 2027.

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