Opinión
Un burka para la Comisión

Los talibanes prohibirán que los afganos abandonen Afganistán sin motivo
Toda guerra es, por definición, inaceptable. Más aún en estos tiempos supuestamente consagrados a la paz. El 15 de agosto de 2021 los talibanes tomaban Kabul. En paralelo, las tropas estadounidenses abandonaban el país. Se sellaba el fracaso de la operación Libertad Duradera iniciada veinte años antes, tras los atentados del 11-S. El conflicto concluía con la vuelta de los radicales al poder, lo que convirtió a Afganistán en uno de los países más represivos del mundo para las mujeres; consideradas como seres inferiores, han sido privadas de numerosos derechos, expulsadas de las aulas, de la administración y prácticamente del ámbito laboral privado. Sus voces han sido silenciadas y sus miradas apartadas de un mundo que ya no les pertenece. A muchas las han asesinado; a todas les han arrebatado el derecho a vivir en libertad.
Hace unos días, la Comisión Europea mantuvo una reunión con representantes del régimen talibán. Según la versión oficial, se trató de un encuentro de carácter técnico para abordar cuestiones relacionadas con la política migratoria, en concreto con la deportación de ciudadanos afganos condenados por delitos. Asistieron representantes de quince Estados miembros. Entre ellos no se encontraba, con buen criterio, el Gobierno de España. Y esto no es una cuestión menor, porque una reunión de estas características tiene una innegable dimensión política. Si la Unión Europea, que ha hecho de la defensa de los derechos humanos uno de los pilares de su identidad, se sienta a negociar con quienes han convertido la opresión de las mujeres en política de Estado, lo que hace es enviar un mensaje político que trasciende al contenido del encuentro. Los talibanes no han obtenido un reconocimiento formal, pero sí algo igualmente valioso: la legitimidad que otorga ser recibidos como interlocutores por una institución europea.
El burka no es un símbolo. Es la voluntad de ocultar, de silenciar y de borrar a las mujeres. La Comisión Europea no debería contribuir a normalizar políticamente a un régimen que lo ha impuesto como instrumento de opresión. Al hacerlo, es la Unión Europea la que se ha colocado el suyo propio: un velo que cubre su memoria, su coherencia y la autoridad moral desde la que reclama al resto del mundo el respeto de los derechos humanos.
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