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Opinión

València

Miquel Navarro, la generosidad que no pasa factura

Miquel Navarro en su estudio museo en Mislata

Miquel Navarro en su estudio museo en Mislata / Miguel Ángel Montesinos / LEV

Hay gestos que trascienden lo económico para instalarse en lo simbólico. La inauguración de la Casa taller de Miquel Navarro es uno de ellos. Con presencias y ausencias. Con palabras y silencios. Cuando todo se mide en términos de rentabilidad, la decisión de Navarro de legar a su pueblo una parte de su obra para que deje de pertenecer únicamente a coleccionistas, galerías o instituciones y pase a formar parte del patrimonio de quienes le vieron crecer, evidencia su apego a su lugar de origen. A su orgullo por ser de Mislata. Porque el arte de Miquel, a pesar de como quiso posicionarlo Bielsa en la inauguración el pasado jueves, no es de izquierdas ni derechas. Es arte. Que el museo lo impulsó hace casi una década el alcalde con el apoyo de Ximo Puig (entonces presidente de la Generalitat) y Toni Gaspar (en ese momento presidente de la Diputación) -ambos presentes en el acto- es tan real como el feo que le hicieron al octogenario artista con su ausencia los máximos representantes de la actual Generalitat -sí estuvo la Secretaria Autonómica de Cultura, Marta Alonso- y Diputación. Mal hecho.

Si la ministra Diana Morant -que cumplía ese día 46 años- tiñó su discurso de emotivas anécdotas personales, Bielsa introdujo la nota discordante al centrar parte de su intervención en denunciar la escasa implicación de otras administraciones en la puesta en marcha y el futuro mantenimiento del museo.

Que la reivindicación institucional pueda ser legítima no significa que fuera el momento oportuno. Toda infraestructura requiere recursos y es razonable reclamar la corresponsabilidad de administraciones autonómicas o estatales. Pero la calurosísima inauguración debería haber servido, ante todo, para celebrar la magnitud de la donación, agradecer a quien la ha hecho posible y cederle todo el protagonismo. Convertir ese escenario en una tribuna para el reproche político desvió, aunque solo fuera parcialmente, el foco de lo extraordinario.

Porque, al fin y al cabo, el museo existe gracias a la voluntad de un artista que ha decidido regalar su taller y una parte de su legado. Sin esas más de 400 obras, no habría proyecto cultural con capacidad para proyectar el nombre de Mislata mucho más allá de sus límites. La política tiene sus tiempos y sus foros. Y hay ocasiones en las que la mejor política es simplemente saber agradecer.

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