Opinión

Doctor en Filosofía y profesor de bachillerato de filosofía, psicología y religión en el Patronato de la Juventud Obrera de Valencia (PJO)
El profetismo de un joven llamado Guillem
No es extraño que Guillem quiera ser profesor de Filosofía porque ha encontrado a un Merlí que le ha transmitido la pasión por el conocimiento

Guillem Ramírez, mejor nota de las PAU de 2026 en la UPV, ante el IES Abastos / Francisco Calabuig
El pasado 12 de junio este mismo medio publicaba una entrevista al joven que más nota obtuvo en la fase general de todo el alumnado que se presentó a las Pruebas de Acceso a la Universidad Politécnica de Valencia: Guillem Ramírez del IES Abastos. Sus palabras deberían ser leídas y meditadas al principio de curso en Bachillerato; sería el ejercicio de orientación más idóneo.
En estos tiempos de tanta decadencia y miseria a todos los niveles, se agradece la frescura, la tranquilidad y las ideas claras que denotan sus palabras. Todas ellas rompen esquemas, hábitos, costumbres y creencias tan arraigadas en la sociedad que podemos estar ante un horizonte lleno de esperanza. Ya no es casualidad que la mejor nota de la Pau del Politécnico curse ciencias y tenía pensado hacer Medicina, cosa muy normal, incluso, una moda. ¡Quien con más de un 13 osa estudiar alguna filología, o trabajo social o magisterio! Eso es tirar la nota a la basura, se suele espetar. Esta creencia implica uno de los fracasos más notables de nuestro sistema educativo y de la sociedad: el alumnado que vale y saca buenas notas, a ciencias, que son las que tienen futuro y los de letras, al cuarto de pensar. Esto está tan arraigado que nadie se lo cuestiona. Sin embargo, Guillem relata su elección final rompiendo con lo establecido. Atención: “En 1º hice Ciencias porque es el típico pretexto de ‘como eres bueno en Ciencias, te aseguras la carrera de Ciencias y si quieres luego ya haces la de Letras’, pero me di cuenta que en lo que disfruto es en Filosofía”. Y apostilla para justificar la razón última de su elección: “Que caiga la pelota a tres metros o cinco metros me da igual, pero saber la manera en que deberíamos vivir, o qué es lo más ético, sí que me produce algo. Las ciencias son interesantes e importantes para la vida, pero las humanidades son las que hacen que merezca la pena vivirla”.
Las palabras de Guillem no son un ataque a las ciencias. Esto no es una competición entre disciplinas y saberes. La complejidad del mundo actual requiere más que nunca el diálogo interdisciplinar. Ningún saber tiene el poder de cercar la totalidad de la realidad porque ésta es inabarcable y necesitamos investigarla y pensarla desde diferentes flancos y perspectivas. Ahora bien, las humanidades son cruciales en tiempos donde no podemos alcanzar las consecuencias de lo que inventamos. ¿Todo avance e invento tecnológico resulta un avance ético y moral en la vida de las personas de carne y hueso? En tiempos de inteligencia artificial estas cuestiones que provienen de las humanidades resultan más necesarias y urgentes que nunca.
Y para que esto sea posible necesitamos una ciudadanía y una escuela donde se alimente el juicio crítico con la capacidad de hallar dudas y preguntas ahí donde todo se acepta y se abraza. No es extraño que Guillem quiera ser profesor de Filosofía porque ha encontrado a un Merlí que le ha transmitido la pasión por el conocimiento. Mientras perdure el hambre por el saber, el inconformismo ante la realidad vigente y la pasión por enseñar y educar, el horizonte humano permanecerá abierto de forma incombustible ante las tinieblas de nuestro tiempo. Las palabras de Guillem denotan un profetismo, una forma de anticipar lo que nos viene, que no será fácil, pero sus palabras nos recuerdan que siempre encontraremos personas que trabajarán con ilusión, esperanza y tenacidad para cambiar el rumbo de la historia. Enhorabuena Guillem.
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