Opinión
Tiempos oscuros
Nuestro Parlamento está estancado porque el sistema de partidos que lo sostiene ya no da más de sí. Eso nos enseña el caso Leire o el caso Montoro

Comparecencia de Pedro Sánchez en el Congreso de los Diputados. / José Luis Roca
El Dr. Pedro Cruz Villalón escribe un artículo en El País en el que denuncia la crisis del Parlamento español. El argumento del otrora presidente del Tribunal Constitucional puede recibir las evidencias de la última sesión de control del Ejecutivo, incluida la moción que reclama la dimisión de Pedro Sánchez, que fue un insufrible espectáculo. Con estas evidencias, el autor quizá espere recibir la simpatía del lector. No tiene la mía. El artículo apoya a su manera la acusación de Feijóo de que el Ejecutivo se declara en rebeldía contra las Cortes por no obedecer el mandato que le pide su dimisión. Obviamente, las Cortes no han establecido un mandato y por tanto el Ejecutivo no desobedece nada.
Lo que el artículo del Dr. Cruz Villalón señala es que Sánchez avanzaría a pasos agigantados hacia una mutación constitucional presidencialista y estaría violando el espíritu de la monarquía constitucional. Creo que esta manera de mirar las cosas es unilateral. Concentra los males del sistema político español en el presidencialismo de Sánchez, el más impotente que se recuerda, sin identificar el síndrome que corroe nuestra democracia. Concentrarse en la figura de Sánchez es aumentar el coro de los que llaman a hacer todo lo posible para eliminarlo, como si fuera la única amenaza constitucional. Pero ¿y si esa concentración en la figura de Sánchez fuera una manera de ocultar males más profundos? ¿Y si el estancamiento político español general no tuviera su centro en la figura del presidente del ejecutivo? ¿Y si la impotencia de Sánchez fuera el síntoma a explicar?
Lo que hemos visto en esta sesión parlamentaria es como un sistema de partidos da el último paso para forzar la Constitución, mientras el Gobierno fuerza ciertamente su letra con el asunto de los Presupuestos. Como el Dr. Cruz Villalón reconoce, el espíritu de la Constitución es garantizar la estabilidad parlamentaria mediante una moción de censura constructiva. Esa es la mejor defensa del régimen parlamentario porque produce estabilidad en todas las instituciones. Gracias a ella, la pinza entre Vox, PP, Junts y Podemos no ha logrado tumbar este Parlamento, algo que con una moción de censura negativa habría ocurrido hace tres años. La moción de censura constructiva obliga a los partidos con representación parlamentaria a ser responsables con el Parlamento elegido y todas las instituciones que se derivan de él. La mayor andanada que se dirigió al régimen parlamentario fue siempre la alianza de las fuerzas políticas extremas que buscaban destruir la Constitución.
Cuando se emplea la moción de censura negativa, o cuando se fuerza la Constitución para que la albergue, los poderes que mueven esa operación no están interesados en fortalecer el Parlamento, sino en destruir la Constitución. Son fuerzas para las que la Constitución ya es un obstáculo. Eso explica la indiferencia con que Junts se suma a este baile. Su identificación con la Constitución española es la misma que la mía con la de Mongolia. Forzar la Constitución y la ley ya es un deporte general, e implica la corrupción de la cultura jurídica del país. Actores del poder judicial asaltan elementos centrales de la división de poderes, y ponen en peligro el principio de equidad, al promover de forma hosca, ajena al sine ira et studio, causas inquisitoriales de la actuación de los aledaños del Ejecutivo, mientras abordan con un ritmo lento causas de profundo interés estructural para el futuro de la sociedad española.
En realidad, el estancamiento político español es mucho más grave que el que sugiere el Dr. Cruz Villalón y afecta de forma integral al sistema de partidos políticos. Nuestro Parlamento está estancado porque el sistema de partidos que lo sostiene ya no da más de sí. Eso nos enseña el caso Leire o el caso Montoro. Hoy, como en el 15 M, nuestro problema sigue siendo el de una representación política fracturada y dispersa, resultado de una ciudadanía desconfiada, molesta, cansada, enojada, incluso asqueada. Para gran parte de la ciudadanía, la Constitución ya no es un referente, sino la causa del mal. La han llevado ahí los partidos sistémicos. Eso se ve cuando la Sra. Belarra tiene palabras radicales para todo, excepto para explicar el hecho sorprendente de que un partido con 71 diputados pase a tener cuatro en siete años; o cuando Vox, para crecer, tiene que denunciar elementos centrales de nuestro ordenamiento, mientras aprovecha el caos que producen ciertos aliados corruptores de la cultura jurídica; o cuando Junts juega a aumentar las contradicciones entre PP y PSOE, dándole al primero el voto para esta jugada y negándoselo para la moción de censura; o cuando el PP juega a aprendiz de brujo pretendiendo detener el crecimiento de Vox aumentando su poder.
En este sentido, no es menor la crisis del PSOE, y la fronda interna no está al margen de esta concentración de todos los males en el presidente. La crisis del PSOE está latente desde el modo en que González interpretó su liderazgo, destruyendo la pluralidad interna del partido. Esta comprensión caudillista ha beneficiado a Sánchez, pero él no la ha inventado. Sin embargo, creer que el gobierno alternativo a Sánchez va a fortalecer el parlamentarismo, cuando reconstruya la “dictadura de Gobierno” que funcionó con Aznar y González, es la más profunda de las ingenuidades. Supongo que el Dr. Cruz Villalón no caerá en ella.
Sin espíritu partisano, podríamos decir que nunca el Parlamento español ha sido más independiente del Ejecutivo que ahora, aunque esa independencia no tenga consecuencias positivas justo porque nuestro sistema de partidos solo funciona con un parlamentarismo domesticado. Pero que la independencia pueda servir a una causa impotente es algo que ya sabíamos desde hace tiempo.
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