Opinión | En el barro
Los vencejos entre Pedro Sánchez, Feijóo y Llorca
Si fuera humano saltarían las alarmas. Pero es Pedro Sánchez y pensamos que es la última estratagema aún por descifrar. Le rebajamos la condena al no ser considerado suficientemente humano para tener el día agrio o para creerse, mesiánicamente, el salvador que nadie necesita

Pedro Sánchez, el pasado miércoles en el Congreso de los Diputados. / Jesus Hellin / EP
Los vencejos ya no rondan la casa por la mañana. Ahora que el calor aprieta se les ve arriba, planeando en grupos amplios desde las primeras horas del día, quizá aún en su último sueño, cuando dicen que medio cerebro se les duerme, porque lo suyo es nunca parar, solo unas vacaciones de dos meses al año para criar colaborativamente los huevos.
Cada mañana son para mí símbolo de otra vida, sin tantas preguntas difíciles, sin tanto ruido, sin tantas mayúsculas. El tiempo en que mis ojos pasan de su vuelo sencillo y natural a la pantalla del móvil es la distancia entre dos universos paralelos. ¿Para qué saber de un futbolista que celebra un triunfo e invita a corear eso de ‘Pedro Sánchez, hijo de puta’? Revela el nivel de deshumanización alcanzado con la persona. Como si fuera un cromo sin alma, la representación en cartón del enemigo, sin sangre ni sentimientos, ni sufrimientos.
Lo veo en la televisión (al presidente) en una comparecencia sobre los casos de corrupción que ha tenido tiempo de preparar, la pidió hace casi un mes, cuando el estallido del de Leire Díez y la entrada de los investigadores en la sede del PSOE. Después vino la implosión Zapatero, las joyas, los cobros rarunos, y esta misma semana la condena al valenciano José Luis Ábalos, aquel número dos cercano y leal que le ayudó en los malos momentos y que hoy envía audios desde la celda intentando cogerse al último clavo ardiendo antes del olvido y la ignominia.
Lo veo y no entiendo. Decide no defenderse y no explicar. Decide salir más solo de lo que ha entrado. Como si dijera esto es lo que hay, no es lo mejor, hay cosas que tampoco a mí me gustan, pero es lo mejor que van a encontrar y los indicadores no nos ponen tan mal y, además, ya saben, lo otro es mucho peor. Decide el desplante antes que el guiño y la caricia a los aliados parlamentarios, los que lo auparon al cargo, sobre todo a los más críticos ahora. Si no les gusta, váyanse ya con los otros, los de la prioridad nacional, el centralismo, el trumpismo y la poquita fe en algunos de los principios fundamentales de la democracia.
Lo veo y diría que es cansancio, algo tan humano, pero es el maestro en estrategias, cómo no pensar en una penúltima jugada arriesgada en el tablero. La deshumanización le salva. Su mujer va esa tarde al juzgado a entregar el pasaporte. Su hermano acaba de sentarse en el banquillo. Para qué gastar esfuerzos. Sabe que todo esto va a continuar. No va a parar. Quédense con la perra gorda, yo seguiré a lo mío. Eso sería si fuera humano. Entonces deja la sentencia más inquietante. La pregunta no es si debe seguir, sino “cómo no vamos a continuar”. Es la lógica del que ha empezado a considerarse necesario e imprescindible. Es el peligro de los que llegan a creer que están para salvar la patria. Es también populismo. Uno de los primeros escalones. Si fuera humano saltarían las alarmas. Pero es Pedro Sánchez y pensamos que es la última estratagema aún por descifrar. Le rebajamos la condena al no ser considerado suficientemente humano para tener el día agrio en que detestas al mundo o para creerse, mesiánica y erradamente, el salvador que nadie necesita.
Una operación de acoso y derribo con peones judiciales (alguno) que hacen lo que pueden, dicen en los argumentarios. No sé si ahora se ha revelado el problema que España arrastra con su justicia desde hace tiempo, pero me pregunto por qué no fue cuando llovían las condenas a cargos del PP o si entonces los jueces no tenían tanto protagonismo político, o tampoco cuando Javier Gómez de Liaño y Baltasar Garzón llenaban titulares a diario y triunfaba la etiqueta de jueces estrella.

Feijóo y Pérez Llorca, en Sueca el pasado sábado. / Fernando Bustamante
Eso es allí. Por aquí el patio popular anda un tanto desconcertado tras el paso veloz de Núñez Feijóo por Valencia sin proclamar a Juan Francisco Pérez Llorca. Me da que hay mucho juego de artificio político. Al final, tras el ruido de fondo, estas historias de indefinición y sobreentendidos suelen acabar por la vía más sencilla, que es la candidatura de quien ya es presidente de la Generalitat. Básicamente, porque cualquier otra cosa sería más complicada de articular a pocos meses de elecciones. En todo caso, Feijóo ha demostrado que no está dispuesto a regalar nada a Llorca, como si ha hecho por vía delegada con María José Catalá o Luis Barcala. A Llorca, las fiestas de San Juan le han venido de lujo para apartarse cinco días consecutivos del avispero, pero los silencios suelen hablar en política.
Eso dicen y debe de ser verdad. Yo prefiero el silencio verdadero de los vencejos al alba.
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