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Opinión | Aula crítica

Ingeniero de Caminos y profesor de Urbanismo

La alcaldesa de València y los proyectos “sin ideología”

La alcaldesa de València, Maria José Catalá.

La alcaldesa de València, Maria José Catalá. / PP

"Es momento de quitar la ideología de las políticas de movilidad", dijo la alcaldesa Catalá el pasado 28 mayo en un foro público. Así de sencillo. Pones en la máquina los datos precisos y te da el resultado para resolver un determinado problema urbanístico. Más sencillo imposible. Fuera debates estériles cargados de ideología.

Pones las cifras de desplazamientos en la ciudad y te sale, entre otras, la ampliación de las autovías V-30 y V-31 y el acceso norte al puerto de València, como algunas de las obras que, según la alcaldesa, sin ideología, hay que priorizar. Siguiendo la lógica, pones los datos de vivienda en la ciudad y enseguida te dice que hay que llevar adelante el pai del Grau. Si le das los datos de caudales de la dana 29-0 te dice que se necesita otro plan sur.

Preguntas de nuevo a la máquina por el transporte ferroviario en el área de València y te responde que hay que construir un túnel pasante porque si no, “tendremos un grave problema de competitividad de nuestras empresas". (No se rían, pero el ministerio dice que esa obra estará disponible para 2050).

Mientras tanto, baño de realidad, en el metro se dan las condiciones para que en algún momento estalle una nueva tragedia. Tal es el nivel de apretujamiento de los viajeros en determinadas horas que la mínima incidencia -un desmayo, una puerta mal cerrada- podría provocar una parada y una estampida. Esos miles de personas que a diario se apelotonan bajo tierra están pidiendo a gritos en silencio que se amplíe la capacidad, las frecuencias y la mejora general de la red. ¿Hay alguien ahí?

Seguimos con la máquina. Le preguntas qué hacer con la superficie ganada al cubrir las vías del tren por el sur y te salen tres carriles para coches en honor a Federico García Lorca, el futuro eje que algunos, cargados de ideología, se empeñan en defender como un bulevar para un corredor verde.

Este último episodio, viendo hoy de nuevo el magnífico documental Citizen Jane, me ha recordado la campaña que lideró Jane Jacobs en Nueva York en los años cincuenta contra una autopista elevada de diez carriles (hay que hacer las cosas a lo grande, alcaldesa) proyectada por el todopoderoso Robert Moses que pretendía atravesar Washington Square. “Si una carretera va a ser destructiva, además de que sabes que es una idiotez, tienes que luchar contra esa carretera, protestar contra las cosas que os afectan a ti y a tu barrio…” decía Jane, cargada de ideología, maldita sea, que le ganó la batalla a Robert.

Busco una definición inteligible: una ideología es un sistema coherente de ideas, creencias y valores compartidos por un grupo social. Su función principal es interpretar la realidad y ofrecer un programa de acción orientando el comportamiento político, económico, moral o cultural de las personas.

Es lo que subyace, pongamos el caso, en la apuesta por el bienestar que proporciona la lucha contra la contaminación y la defensa a ultranza del espacio público para la gente. De proveer sistemas de vivienda pública contra la especulación y los abusos. De defender a los colectivos más débiles que se abren paso por la calle o que simplemente renuncian a salir de casa porque no van a encontrar bancos, urinarios o árboles.

La política, al mismo tiempo, es el proceso mediante el cual se toman decisiones, se negocia y se gobierna para llevar esas ideas a la realidad. Aristóteles afirmaba que el ser humano es un animal político, excepto aquellos a quienes llamaba “idiotés que se desentendían de la vida pública y solo se preocupaban por sus propios intereses. No va mal echar mano de los clásicos cuando la política, un valor determinante de la vida en común, no goza de mucha estima porque se asocia solo a quienes gobiernan.

Más educación cívica y gobernantes mejor preparados nos llevarían a acabar con esa monserga interesada de que hay que tomar decisiones al margen de la ideología o la política para confiar la solución de los problemas exclusivamente a los técnicos. Recordemos, de paso, que la técnica, como la educación, nunca es neutral: o libera o envilece.

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