Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

València

Ende o la larga sombra de las artistas invisibles

Imagen de archivo.

Imagen de archivo. / Freepik

Hace poco comentaba con una compañera historiadora del arte que pocas figuras altomedievales resultan tan fascinantes como Ende, la monja que según parece pudo trabajar como iluminadora en el scriptorium del monasterio de San Salvador de Tábara, y cuyo nombre quedó consignado en el colofón del Beato de Gerona del año 976, una de las obras capitales de la miniatura europea. En una época en la que la noción moderna de autoría apenas comenzaba a perfilarse y en la que la producción artística, especialmente la vinculada a los espacios monásticos, tendía a diluir la identidad individual en favor de la comunidad religiosa, el hecho de que una mujer dejara constancia explícita de su participación en una obra de semejante relevancia constituye una circunstancia de extraordinario interés histórico.

La inscripción en la que aparece mencionada como pintrix et Dei aiutrix ha sido objeto de numerosos comentarios por parte de historiadores del arte, filólogos y medievalistas, no tanto porque proporcione uno de los testimonios más tempranos de una artista identificable por su nombre, más bien porque la elección misma de los términos parece revelar una conciencia singular de la propia actividad creadora. El uso de pintrix, forma femenina de pictor, no es una referencia accesoria dentro de la compleja maquinaria de producción del manuscrito; implica, por el contrario, el reconocimiento de una capacidad específica que resulta bien llamativa en el contexto cultural del siglo X. Más aún si se tiene en cuenta que el nombre de Ende aparece antes que los de los otros colaboradores mencionados en el colofón, circunstancia que ha alimentado durante décadas el debate acerca de la posición que ocupó dentro del taller y del alcance real de su intervención en la ejecución del códice.

Naturalmente, conviene resistirse a la tentación de convertir a Ende en una suerte de heroína anacrónica, proyectando sobre ella categorías nacidas de preocupaciones contemporáneas que difícilmente habrían tenido sentido en el universo de la alta Edad Media. Sin embargo, tampoco sería razonable minimizar la importancia de una presencia documental que desafía algunas de las simplificaciones más persistentes con las que hemos descrito la participación femenina en la cultura medieval. Y es que lo interesante del caso de Ende no es que su nombre haya llegado hasta nosotros, sino que nos obliga a reconsiderar la naturaleza misma de las preguntas que muchas veces formulamos al pasado. Durante siglos, los estudios históricos se interrogaron acerca de las razones por las cuales parecía haber tan pocas mujeres artistas; hoy, sabemos que la cuestión fundamental no estriba tanto en determinar cuántas mujeres crearon obras como en comprender por qué determinadas formas de creación fueron sistemáticamente consideradas irrelevantes para la construcción de los grandes relatos culturales.

Frente a una concepción reparadora de la historia que se limitaría a rescatar algunos nombres femeninos para incorporarlos, casi a modo de apéndice, nosotras insistimos en nuestras conversaciones en la necesidad de examinar los procedimientos mediante los cuales ese canon fue construido y legitimado. Es decir, y para que lo entendamos, la pregunta decisiva no es únicamente dónde estaban las mujeres, sino por qué durante tanto tiempo fuimos incapaces de verlas. La firma de Ende, leída desde esta perspectiva, se transforma en algo más que una curiosidad documental o una efeméride susceptible de alimentar celebraciones identitarias revestidas de morado. Constituye un indicio privilegiado de la complejidad histórica de los procesos de creación y de memoria; una fisura a través de la cual se hace visible una realidad mucho más amplia.

Quizá por ello la emoción que todavía nos produce la lectura de ese colofón no proceda de la rareza de su hallazgo, y sí de la conciencia de encontrarnos ante una de esas ocasiones en las que el pasado parece resistirse activamente al olvido. La de Tábara no inaugura una tradición inexistente; más bien ilumina, como las miniaturas que salieron de sus manos, una genealogía que hoy reconstruimos con mayor precisión. Su firma, trazada hace más de mil años en un manuscrito destinado a transmitir una visión del fin de los tiempos, ha terminado convirtiéndose, paradójicamente, en un signo de permanencia en la construcción del patrimonio artístico europeo, aunque las formas de transmisión de la memoria hayan tardado siglos en reconocerlo.

Tracking Pixel Contents