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Opinión | Trencar l'enfit

Isabel Olmos

Isabel Olmos

Subdirectora de Levante-EMV

Carta de la València de la dana a la Valencia del terremoto

No dejen de buscar y de exigir que el Estado cumpla, que sus gobiernos territoriales cumplan y que sus gobernantes estén al pie del cañón. No dejen entrar, la corrupción, la desidia y el saqueo. Y, lo más importante, confíen en las personas y en las instituciones que sí funcionan y en el poder de la solidaridad.

Dos mujeres se abrazan en un centro de recogida de material humanitario para Venezuela.

Dos mujeres se abrazan en un centro de recogida de material humanitario para Venezuela. / Javier Torres

Cada vez que compro un billete de avión me ocurre lo mismo. El localizador me recuerda que mi València no es la única del planeta. Hay otra Valencia (sin acento) situada en la región venezolana de Carabobo, justo en el área de impacto de los terribles terremotos de la pasada semana que nos han encogido el corazón... de nuevo. El localizador nos da siempre la opción de elegir de cuál de ellas partimos y, aunque yo marco, por motivos obvios, la de l’Horta, siempre he sentido una enorme curiosidad por saber cómo es nuestra alter ego del otro lado del océano Atlántico. De hecho, a veces la he buscado por internet para ver sus calles, sus comercios y sus nombres, que dicen tanto de una cultura.

De todas estas cosas me gusta hablar con los muchos venezolanos que han llegado a mi ciudad en los últimos años. Me cuentan por qué tuvieron que venir, qué es lo que sucede en su país, a quién tienen aquí y cuáles son sus sueños. Y yo les cuento por qué es bueno tenerlos aquí, lo importante que es que aprecien el valenciano como idioma de acogida, que se apunten a las Fallas, a hermandades o a comparsas de Moros y Cristianos y que podamos intercambiar, así, lo mejor de nuestras culturas.

Muchos de estos venezolanos sufrieron también la dana. Como lo hicimos nosotros. Que levante la mano, de hecho, la persona que estos días no haya sentido un desgarro en el corazón cuando ha visto esas terribles imágenes de edificios desplomándose y gente desesperada buscando a los suyos bajo tierra, escarbando palmo a palmo, como lo hacía Miguel Hernández con Ramón Sijé desde lo más profundo del alma.

No hay nada más devastador que perderlo todo en unos pocos minutos. Y aquí lo sabemos. Cerrar los ojos y, en poco tiempo, horas o segundos, ver cómo todo lo que conocías, lo que tenías y te daba seguridad y afecto se viene abajo, dejando ante tus ojos un paisaje extraño, hostil y sembrado de dolor y miedo. La rapidez en la actuación de las emergencias y en la reconstrucción será, queridos «iguales» de Valencia Carabobo, crucial. No dejen de buscar y de exigir que el Estado cumpla, que sus gobiernos territoriales cumplan y que sus gobernantes estén al pie del cañón. No dejen entrar, por nada del mundo, la corrupción, la desidia y el saqueo. Y, lo más importante, confíen en las instituciones que sí funcionan y en el poder de la solidaridad.

Su daño es mucho, es ingente, imposible de entender para una simple mente humana. Y la recuperación será más dura todavía. Pero no desistan. En algún momento, aunque sea muy lejano, volverán a ver la luz, como sucedió aquí con la dana que nos asoló hace justo hoy veinte meses.

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