Opinión
Crisis (en, del) PSOE. Una hipótesis a discutir.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su comparecencia en el Congreso el pasado miércoles sobre la corrupción en el PSOE. / José Luis Roca / EPC
Que en los días que corren los vientos no son favorables al Partido Socialista me parece una evidencia. Cuanto menos desde principios de año y, más acusadamente, tras el ciclo de elecciones autonómicas en las que el partido ha ido de derrota en derrota, han irrumpido en la escena una serie de escándalos de corrupción y otra de problemas judiciales que llevan a un partido con dificultades para reaccionar a una situación de crisis de dirección y liderazgo que las expresiones sonoras en su vaciedad de señores ministros (¡HAY JUECES QUE PREVARICAN!) no pueden ocultar. Cuando hasta tus socios necesarios te dicen públicamente que esto ha terminado, es que lo tienes muy mal. Como una de las manías de los profesores es la de buscar causas de fondo a los acontecimientos, en legítimo ejercicio de la mía reclamo la oportunidad de mi interpretación: la clave de la situación se halla en el hecho esencial de que el PSOE, que en el pasado fue un buen ejemplo de formación socialdemócrata, ha dejado de serlo porque ha aceptado funcionar de acuerdo con una lógica populista y parecerse al peronismo argentino, la Morena mejicana o el chavismo venezolano, como lógica consecuencia, esta me parece idea digna de más detenida meditación.
Como es bien sabido (y nos enseña Laclau) el populismo no es una ideología, es un modo de hacer política que acepta y opera de acuerdo con la tesis schmittiana: la esencia de lo político radica en la oposición entre el amigo y el enemigo, siendo este último el hostes de los romanos: aquel con el que sostenemos guerra pública. La política, es así una esfera de acción social que exige un dualismo radical: el que no está con nosotros está contra nosotros. Si leyera, lo podría suscribir el ministro López. La cuestión radica, pues, en quien y como se forma el “nosotros”. La respuesta populista es sencilla en su núcleo: el “nosotros” es una agregación de descontentos y marginados forjada en torno a la común oposición a una minoría explotadora y corrupta, organizada y dirigida por un líder carismático dotado de un poder sin fronteras. Pongamos P.S. para el caso.
La primera pieza del constructo populista, es una organización política de estructura rigurosamente vertical, bien porque se crea así, bien porque se transforma en ese sentido una preexistente (como es el caso de Vladimir Vladimirovicht o el que tratamos). El modelo organizativo idóneo es de una estructura rigurosamente presidencialista en la que los imprescindibles órganos colegiados lo sean de ratificación o aclamación. Obviamente, la realización del proyecto populista es más fácil si el sistema institucional responde a esos parámetros (no es casual que el más destacado defensor nacional de la estrategia en cuestión (D. Pablo) sea partidario de una República, siempre que sea presidencialista). Si no lo es, resulta preciso manipular el sistema institucional existente para que, en la medida de lo factible, las instituciones de representación se subordinen y la judicatura acabe marcando el paso (por eso no es irracional la conducta del Ministro López atacando al Supremo) o se pueda entender que la Mesa del Congreso mantenga la tramitación de una proposición de ley que el Pleno ha rechazado por mayoría absoluta en votación final, como sucedió con la de amnistía a 30 de enero de 2024 -171 a favor/179 en contra- (véase el Diario de Sesiones del Congreso).
Entiéndase bien: como el liderazgo carismático es el lazo que mantiene unida la “coalición progresista”, esto es, el pueblo políticamente actuante, el mismo no puede estar sujeto ni a limites formales ni a reglas de procedimiento. No es “il Duce a sempre ragione” pero, a efectos prácticos, se le parece bastante. Obviamente, si el sistema institucional no está organizado en el sentido expuesto, siempre es posible que los “enemigos del pueblo” levanten la voz; empero, para que eso no dificulte la unidad del pueblo se requiere un mecanismo de refuerzo. Si el sustrato del caudillo, guía, primer cónsul, o como quieran ustedes llamarlo, por sí solo no basta, se puede recurrir al temor, al miedo de que vuelvan (o se mantengan) los “enemigos del pueblo”, se llamen como se llamen, incluyendo el caso de que se llamen Vox (que en este caso el peligro de los malos sea operativo cuando, y en la medida en que, el partido más votado no tenga el respaldo, aún puntual, del segundo en orden de votación, pasa ser una insignificancia retórica). Si se entiende la política como una guerra, conviene no olvidar una sabia y vieja observación: “la verdad es la primera baja de todas las guerras”. Y resulta obvio, que si es preciso para mantener el combate recurrir a intendencias no ortodoxas, a ellas hay que recurrir. Por eso, en las páginas de la historia no figura caso alguno de movimiento populista sin corrupción.
Como ven, la hipótesis que se sugiere se puede explicar sencillamente: el PSOE ha dejado de ser un partido socialdemócrata por haber sido, lentamente y pieza a pieza, sometido a un tratamiento de “popularización”. Algo que recuerda fuertemente a una práctica que tiene ejemplos en el mundo de las aves: a saber, la estrategia del cuco.
Si eso es así, la izquierda española lo tiene muy mal porque como la gestión del “movimiento popular” o “mayoría progresista” ha sido, y es, manifiestamente mejorable, si siguen en buen uso (o simplemente en uso) los mecanismos institucionales de una democracia parlamentaria, la perspectiva de derrota inminente en las urnas no sería sino el primer plazo de unos pagos que cubrirían dos o tres legislaturas seguidas y, francamente, a la altura de mi vejez, no es ese el futuro próximo que, como honesto pensionista, prefiero. Les guste o no, los militantes del PSOE tienen la voz y la palabra.
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