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Opinión

València

Sergio Blasco: Otros responsables, cómplices y delitos

Sergio Blasco, en el centro con gafas y chaqueta negra, al inicio del juicio celebrado en la sección primera de la Audiencia de València.

Sergio Blasco, en el centro con gafas y chaqueta negra, al inicio del juicio celebrado en la sección primera de la Audiencia de València. / Francisco Calabuig

Los que sufrimos en el Hospital General a Sergio Blasco nos hemos alegrado de la sentencia en el caso de los Osvaldos, sin embargo, sin un conocimiento profundo de la causa, nos ha parecido escasa la condena.

Aunque han transcurrido más de 12 años desde que dimitió, acusado de corrupción, y ya jubilados, nos queda el resquemor del trato que recibimos, por su modelo caprichoso de gestión, que continuó Manuel Iranzo y que el cambio, que se esperaba con el PSOE, con Enrique Ortega, lo profundizó.

La gerencia de Sergio Blasco, y las que le siguieron hasta 2018, seguía el modelo del nepotismo más escandaloso, rodeándose de colaboradores de escasos escrúpulos, sin límites éticos, y ambiciones desmedidas, que trasgredían sin pudor las leyes, proyectando una caprichosa distinción en el trato a sus amigos, cómplices y ejecutores de esa gestión corrupta, y los otros, las víctimas de la codicia desmedida de sus palmeros. Increíble.

No fue una situación breve, transitoria, estuvo mantenida más de 14 años, con una magnitud de ilegalidades disfrazadas que no podían pasar desapercibidas a los consellers de turno, Vicente Rambla, Rafael Blasco (el tío) y Miguel Cervera, que protegían estas conductas. Pero ¿por qué lo consentían?

En el caso del tío se justifica por el vínculo familiar, y la similitud de comportamientos, los otros dos consellers, claramente conocedores de sus tropelías, optaban por no mirar, no enfrentarse, evitar problemas, ya que, los Blasco, en aquellos tiempos, eran el paradigma del poder fáctico, un “cártel” muy poderoso, pues sus delitos aún no habían aflorado, ni habían sido condenados. Todos estos “Consellers” también fueron cómplices de Sergio Blasco, que los premiaba con alguna recompensa. Hasta el President Paco Camps miraba hacia otro lado.

La consecuencia de este modelo, tan aberrante, en la gestión de un hospital público, permitía la veda abierta para todo tipo de tropelías en sincronía con sus cómplices. No predominaban los valores éticos, realmente no existían, ni los profesionales, sino los “egos hubrireos”, la codicia y los celos, arropados por la connivencia de la pirámide del poder. Delitos de agresión sexual, errores diagnósticos, generados por la incompetencia, que abocaban a muertes, quedaban impunes, los ocultaban, ya que lo hacían sus amigos, sus cómplices. Un hedor insoportable emanaba de la podredumbre política-administrativa-profesional del Hospital.

Esta última es la corrupción más profunda, la más transcendente, la que no investiga la UCO, ni la UDEF, que la sufre toda la ciudadanía, los pacientes, mantenida en el engaño por una falsa propaganda y una imagen maquillada que oculta la realidad. Vale ya. Basta.

Lamentablemente, lo que observamos es que la política, desde las más elevadas instancias hasta los más básicos militantes, está evolucionando, no hacia el servicio a la sociedad, sino al reparto y aprovechamiento personal, si se tiene la oportunidad, cuando se alcanza el poder. Los sublimes discursos de los lideres están repletos de bellas palabras vacías, que tratan de vender como ideas y propósitos de enmienda.

El jueves, 25 de junio, asistí a la presentación del libro La corrupción en España. Un problema enquistado de Joaquim Bosch y Fernando Jiménez, que muestra que esta es una estructura heredada, pero reversible, que se mantiene porque los partidos no quieren evitarla, es el instrumento que permite liderazgos fuertes, todos esperan que llegue su turno, entonces a repartir y disfrutar.

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