Opinión
Objetivo: Diana
No es cuestión de poseer un perfil maravilloso o una personalidad decisiva o unas encuestas tristes o felices sino de emparentar con “la voluntad de tiempo”, invocando políticas centradas en ese marco transformador. A los superhombres y a las supermujeres ya las sepultamos con honores en el siglo XX

Pérez Llorca y Diana Morant. / Levante-EMV
En 2015, el universo valenciano al completo -el que escribía y el que hablaba-, salvo algún rarito suelto, apostaba a que Mónica Oltra, vicepresidenta, se comería a Ximo Puig, presidente, vivito y coleando. En estos momentos, el mismo universo valenciano al completo escribe -y dice- que Diana Morant está atada a su fragilidad: el viento de Madrid la lleva hacia un lado y la brisa de la CV la debería llevar hacia otro. Por el momento, sus discursos son pelín agresivos -viento de Madrid- y en cambio los de Arcadi España -brisa de Valencia- proponen la reconciliación dentro de las diversas diversidades. Además, el universo valenciano, muy desasosegado, añade que Morant adolece de carisma. El carisma tiene muy buena prensa, porque al personal le atrae el cotilleo. Pero el carisma, en política, está sobrevalorado. Lo sobrevaloró el positivismo, que le puso las botas de siete leguas, y hasta ahora. Hay cosas que dejan huella, sobre todo huella en el pensamiento posterior. Weber también le dio mucha cancha, aunque tuvo patrias más de su gusto: el calvinismo y la burocracia. Pero el que más lo adoró fue Carlyle: el héroe -el líder- guía a la sociedad, porque la sociedad, que no es un ente colectivo, no se mueve hacia aquí o hacia allá sin que la mueva un gran hombre (o, ahora, una gran mujer). No hay fuerzas abstractas sino individuos excepcionales que actúan como mediadores entre la idea y la realidad. A ver. Muy excepcional, muy excepcional no era Álvarez del Manzano, pero sacaba una mayoría absoluta tras otra sin inmutarse, como si las mayorías fueran una liquidación fin de temporada. ¿Tendría un perfil apolíneo Manzano, modelado para fascinar al personal y no nos enterábamos? Lo dudo. ¿Era conocida Carmen Alborch? Mucho. Hasta en el “Hola” salía la ministra y no se perdía un sarao, genio y figura. Se enfrentó al PPCV de Rita, cuando el PPCV aún desbordaba hegemonía por todos sus poros, pues la crisis de 2007 aún no había agujereado los bolsillos del personal, y pasó cuatro años en la bancada de la oposición. Pero es que a Rita Barberá, la primera vez que se presentó como cabeza de cartel en Valencia, le ganó Clementina Ródenas (PSOE), y hubo de pactar con UV para gobernar. La “invencible” Rita -cuya leyenda de invencible la llevaría encima toda su vida al igual que el traje rojo- perdió en 1987 contra Joan Lerma en la Generalitat, sacando la mitad de los votos que el PSOE, cosa que nadie recuerda. ¿Y no perdió Rita frente a Ribó siendo Rita? El reinado de Barberá coincidió con el esplendor de la era popular, esos veinte años y pico donde los canes se ataban con longanizas y más de medio censo de valencianos aparcaba un BMW. Años de una economía disparada y tal vez disparatada. Cuando las sombras colonizaron las luces, las circunstancias mutaron y comenzó la inestabilidad, fueron descendiendo los atractivos y los apoyos de la alcaldesa del PPCV, derrotada por Ribó: ahora le tocaba a Ribó cumplir con la “determinación” de la época. Bien. Tampoco es que Juanfran Pérez Llorca sea Cary Grant y sin embargo vamos a ver qué ocurre. Aunque lo que ocurre es lo que viene ocurriendo por los siglos de los siglos: aquello de “es la economía, estúpido”, en la actualidad atravesada por las “alienaciones” gramscianas pero en forma de algoritmos, que el personal se lo cree todo. Gramsci adopta hoy la forma de un algoritmo mecánico y vulgar. Qué se le va a hacer. O sea, que los candidatos tienen su importancia, sí, pero menos de lo que se dice y se escribe. (Es más fácil escribir y echar la culpa a los candidatos que a las ignotas fuerzas sociales y a los sujetos colectivos, normal). Diana Morant es una candidata que cotiza alto en el catálogo de los candidatos, pero se mueve entre dos mundos, y si te mueves entre dos mundos, recibes críticas de los dos. Como le pasó a Erasmo y le pasó a Eugeni D’Ors. Morant vive sumergida en cerco a Pedro Sánchez y después es secretaria general del PSOE valenciano, con lo cual su discurso está impregnado de las corrientes eléctricas que llegan desde la Moncloa y necesita “descolonizarse” aceptando las brisas valencianas amparadoras.Nos gobiernan las corrientes subterráneas, que son las que hacen la Historia, pero hete aquí que la emancipación individualista, o positivista, aún puede matizar el itinerario electoral. Aquí fue Lerma quien galopó sobre la corriente de cambio en España, con González en Madrid. Ganó con rotundidad: mayorías absolutas. Ximo Puig, después, ganó de carambola. Compartió el triunfo con Compromís (casi iguala al PSOE) y Podemos. En la segunda legislatura al PSOE ya le fue mejor. Nunca, sin embargo, tuvo la fuerza transversal de las mayorías sociológicas de 1983 a 1995, con alguna minoría insumisa. He dicho transversal, sí, porque es la clave de bóveda del asunto. Morant tal vez se pregunte el por qué de aquellas mayorías sociológicas, cuando la socialdemocracia liberal atraía voto a derecha e izquierda (y la derecha no era una fiera escapada de una reserva a la que había que aniquilar, como hace también el PP). Claro que en 1983, cuando el PSOE valenciano venció “transversalmente”, Morant debía tener unos tres años y no se acordará si no es a través de los libros. Puede preguntarle a Lerma, en todo caso. No. No es cuestión de poseer un perfil maravilloso o una personalidad decisiva o unas encuestas tristes o felices sino de emparentar con “la voluntad de tiempo”, invocando políticas centradas en ese marco transformador. A los superhombres y a las supermujeres ya las sepultamos con honores en el siglo XX, gracias a Dios. El presidente Llorca no es un superhombre (como lo eran los del filósofo famoso, y los de Wagner), ni Diana es una supermujer, ni Baldoví, por supuesto. Y menos mal. Basta con acertar en los discursos y las estrategias. Que no todo se lo van a dar masticado a los candidatos las fuerzas metabólicas y las consciencias sociales, abstractas, ocultas y poco libertinas.
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