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Opinión | Quilombo

València

De Pepe Gotera y Otilio a Mortadelo y Filemón

Las películas y las novelas pueden permitirse construir tramas especulativas; la realidad, en cambio, exige pruebas, método y responsabilidad. Y, sin embargo, en el PP y en el PSOE no han faltado aficionados que han querido jugar a Mortadelo y Filemón

Leire Díez el pasado septiembre en una comparecencia parlamentaria.

Leire Díez el pasado septiembre en una comparecencia parlamentaria. / José Luis Roca / EPC

Entre 1966 y 1973 se emitió en blanco y negro una serie estadounidense de enorme popularidad en TVE, entonces la única televisión que podía verse en España: Misión Imposible. Eran episodios de unos 50 minutos producidos por la CBS, en los que un organismo gubernamental encargaba a un grupo de especialistas una misión de espionaje, sabotaje, infiltración o desestabilización. El jefe del equipo escuchaba una cinta con instrucciones que advertía, además, que, si eran descubiertos, el gobierno negaría cualquier implicación. A partir de ahí, el grupo preparaba con minuciosidad cada paso y distribuía las tareas según la especialidad de sus miembros. Aquella idea, creada por Bruce Geller, guionista, productor y director de televisión, pasó más tarde al cine con Tom Cruise como protagonista de una exitosa saga. Todo se resolvía con precisión porque los especialistas estaban preparados para completar la misión. Nada que ver con los trabajos chapuceros que imaginó Francisco Ibáñez en personajes universales del cómic como Pepe Gotera y Otilio o Mortadelo y Filemón, tan celebrados por niños y adultos por sus dibujos y sus divertidas trapisondas.

En efecto, si se quiere llevar a cabo una operación de espionaje o de investigación destinada a descubrir hechos comprometedores sobre personas implicadas en un asunto, no basta la intuición ni la improvisación. La finalidad suele ser reunir elementos tan significativos que, una vez difundidos, obliguen a rectificar, dimitir o asumir un escándalo capaz de desestabilizar una estrategia política o institucional. Eso es lo que, de un modo u otro, han practicado la CIA, el MI6 o la KGB a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y hasta hoy. Desestabilizar gobiernos, descubrir secretos de figuras relevantes, comprobar si han recibido sobornos, si han utilizado información privilegiada, si ha habido infiltraciones o si se han desarrollado maniobras de contrainteligencia, son prácticas habituales en los servicios secretos. Muchos de esos hechos ya se conocen y otros podrían salir a la luz si se abrieran determinados archivos o si los investigadores lograran desentrañarlos. No se trata de imitar operaciones espectaculares, como la captura de Eichmann para ser juzgado en Israel, el descubrimiento del caso Profumo y sus relaciones con Christine Keeler, la caída de Nixon por el Watergate o la localización de Osama bin Laden en Pakistán. La mayoría de las operaciones reales son más discretas. Exigen una buena narrativa, agentes especializados, conocimiento del contexto e información precisa para recopilar datos sólidos.

No es, por tanto, un trabajo para aficionados, como bien sabe el Mossad, que cuenta con estructuras especializadas para construir relatos operativos y desactivar amenazas consideradas perjudiciales para el Estado de Israel o sus aliados. Gracias, en parte, a esa capacidad, Israel ha podido sostener desde 1948 una política de seguridad muy activa. La CIA, el MI6 y otros servicios han desarrollado procedimientos semejantes y, en ocasiones, han buscado asesoramiento externo para diseñar acciones encubiertas o campañas de información. Todo ello exige disponer de información fiable para comprobar si es posible actuar o, por el contrario, si conviene abortar una operación que podría volverse contra quien la impulsa. Un Estado, o una organización, no puede permitirse que aparezcan pruebas irrefutables que acrediten su implicación. Otra cosa distinta son las especulaciones periodísticas o políticas imposibles de demostrar, así como los procedimientos judiciales que terminan descartando a algunos de los supuestos implicados, como ha ocurrido en determinados tramos del caso Kitchen. No ha podido demostrarse, por ejemplo, que la Mafia interviniera en los asesinatos de los Kennedy ni en sus supuestas conexiones con Marilyn Monroe, aunque sobre ello se hayan escrito innumerables reportajes y libros.

En Alemania me contaron que tanto el SPD como la CDU disponían de servicios de información especializados y que, aun así, tardaron en descubrir al espía de la Alemania Oriental que actuaba como hombre de confianza de Willy Brandt cuando este era canciller. Por eso resulta llamativo escuchar a algunos mandos policiales sostener que el espionaje a Bárcenas era legal. Si así fuera, ¿por qué se les procesa? Algo parecido ocurre con Leire Diaz y sus compañías que parecen actuar contra el PSOE. Las películas y las novelas pueden permitirse construir tramas especulativas; la realidad, en cambio, exige pruebas, método y responsabilidad. Y, sin embargo, en el PP y en el PSOE no han faltado aficionados que han querido jugar a Mortadelo y Filemón y han terminado actuando, más bien, como Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio.

La conclusión es clara: el espionaje, cuando existe de verdad, no se improvisa ni se sostiene sobre chapuzas, ocurrencias o coartadas políticas. Requiere organización, inteligencia, discreción y cobertura. Cuando quienes se adentran en ese terreno carecen de profesionalidad, el resultado no es una operación impecable, sino un espectáculo de torpeza con consecuencias judiciales y políticas. Ahí radica, en el fondo, la comparación que recorre este texto: algunos pretendieron actuar como en Misión Imposible, pero acabaron retratándose como personajes de una historieta de Ibáñez.

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