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Opinión

Miguel Soler

Miguel Soler

Secretario de Educación del PSPV-PSOE

València

Metro y dana, el mismo manual del PP

No basta con recordar el accidente del metro como una tragedia del pasado. Hay que recordarlo como una advertencia. La memoria solo sirve si ilumina el presente

Imagen del metro que accidentó el 3 de julio de 2006.

Imagen del metro que accidentó el 3 de julio de 2006. / L-EMV

Hay tragedias que dejan víctimas y retratan una forma de gobernar. Cuando se cumplen veinte años del accidente del metro de València, la Comunitat Valenciana vuelve a mirar una de sus heridas más profundas. Cuarenta y tres personas murieron el 3 de julio de 2006 y cuarenta y siete resultaron heridas. Durante años, sus familias lucharon contra el dolor y contra una versión oficial construida para cerrar cuanto antes el caso, proteger al poder y evitar responsabilidades.

Casi dos décadas después, la dana del 29 de octubre volvió a situarnos ante otra catástrofe insoportable. Otra vez muertos. Otra vez familias rotas. Otra vez preguntas sin responder. Otra vez una administración autonómica gobernada por el Partido Popular más preocupada por salvar su relato que por asumir desde el primer minuto la gravedad de lo ocurrido.

No son dos episodios aislados. No es que Camps gestionara mal una tragedia y Mazón otra. Es una forma de concebir el poder. Una cultura política que, cuando la realidad golpea, no se pregunta primero qué ha fallado, quién ha sufrido y cómo reparar el daño. Se pregunta cómo resistir, cómo culpar a otro y cómo fabricar una explicación que proteja a los suyos.

En el accidente del metro, el relato oficial se cerró demasiado pronto. La culpa fue del maquinista. El sistema funcionaba. No había responsabilidad política. La comisión de investigación de las Corts, con mayoría absoluta del PP, bendijo esa versión. Años después, una nueva comisión concluyó algo muy distinto. El accidente era previsible y evitable. Había decisiones, omisiones y responsabilidades tapadas durante demasiado tiempo.

En ambos casos se repiten cinco patrones que explican esa cultura de poder. El primero es presentar lo ocurrido como una fatalidad ajena a la acción del gobierno. En 2006 fue el maquinista muerto. En 2024 fueron otros organismos, otros avisos y otras administraciones. Siempre alguien fuera del núcleo de decisión del PP.

El segundo patrón fue el control del relato. En el metro, se construyó una verdad oficial deprisa y se intentó que las víctimas aceptaran que no había nada más que saber. En la dana, mientras el agua arrasaba pueblos y vidas, lo conocido apunta a una obsesión por proyectar imagen de control. Había que aparentar que se gestionaba. Una inundación de datos para que la comunicación sustituyera a la acción.

El tercer patrón es el trato a las víctimas. Las del metro pasaron años concentrándose cada día 3, reclamando verdad, justicia y memoria frente a un gobierno que quería que desaparecieran de la escena pública. Con la dana ha ocurrido algo dolorosamente parecido. Las víctimas y sus familias han tenido que gritar para ser escuchadas y enfrentarse al silencio, a las evasivas y a la propaganda de quienes debían dar explicaciones.

El cuarto patrón es utilizar las instituciones como escudo. En el metro, la mayoría parlamentaria sirvió para cerrar en falso. En la dana, el Consell y el aparato político del PP han intentado desplazar la responsabilidad hacia el Gobierno de España, organismos técnicos o cargos intermedios. Siempre la misma lógica. El poder no se abre para rendir cuentas. Se atrinchera.

Y cuando la presión social, judicial y política se vuelve insoportable, aparece el quinto patrón. Cambiar algo para que nada cambie. Camps acabó fuera, pero el PP nunca asumió de verdad aquella gestión. Mazón acabó cayendo, pero el PP intenta presentar a Pérez Llorca como una página nueva cuando representa la continuidad de la misma cultura política. No es ruptura. Es sustitución.

Ese es el fondo del problema. La derecha valenciana no ha aprendido de sus tragedias porque nunca las ha mirado desde las víctimas. Las ha mirado desde el poder, el cálculo y la protección de sus estructuras. No estamos ante errores sueltos, sino ante una manera de entender el gobierno.

El PP valenciano ha demostrado demasiadas veces que confunde poder con propiedad. Cuando un partido confunde las instituciones con su patrimonio, las víctimas se convierten en una amenaza, la verdad en un obstáculo y la transparencia en un riesgo.

Por eso no basta con recordar el accidente del metro como una tragedia del pasado. Hay que recordarlo como una advertencia. La memoria solo sirve si ilumina el presente. Y el presente nos dice que la Comunitat Valenciana ha vuelto a sufrir una catástrofe en la que la derecha ha reaccionado con reflejos demasiado parecidos. Relato defensivo. Culpa fuera. Víctimas incómodas. Instituciones al servicio de la autoprotección.

No es casualidad. Es una cultura de poder.

Frente a eso, la Comunitat Valenciana necesita otra forma de gobernar. Una Generalitat basada en la verdad, la prevención, la rendición de cuentas y el respeto a las víctimas. Una Generalitat que no llegue tarde, que no tape, que no manipule, que no trate el dolor como un problema de imagen.

Las víctimas del metro nos enseñaron que la dignidad puede más que el silencio impuesto. Las víctimas de la dana nos recuerdan que no hay reconstrucción posible sin verdad. Las tragedias pueden ser inevitables. Lo que nunca es inevitable es mentir después, tapar después o mirar antes por el partido que por las víctimas.

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