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Opinión

La rotonda

La rotonda de los conejos de Picanya.

La rotonda de los conejos de Picanya. / ED

En mi pueblo los conejos no salen de la chistera, pero sí de una rotonda: la rotonda de los conejos, así llamada porque, sin que se sepa muy bien por qué, allí han creado un hábitat peculiar. Quien vive en este municipio de l’Horta Sud, o lo frecuenta, conoce bien este espacio. Es casi un símbolo, lugar de paso obligado para quienes llegan en coche desde el camino viejo de Picanya. Se trata de un espectáculo visual bastante insólito porque, en medio del tránsito rodado, del humo y el ruido, decenas de conejos campan a sus anchas. Transitar por esta rotonda tiene un toque de aventura ya que, cuando la población de conejos está en su momento álgido, una tiene la sensación de estar en otro lugar. No es raro ver los coches girar y girar para mejorar el avistamiento, sobre todo si hay criaturas en el pasaje, aunque no hace falta ser una niña para ilusionarse con estos animalillos para quienes la literatura infantil ha creado un imaginario de simpatía y travesura.

Hace veinte meses, este pequeño ecosistema perdió aquello que le daba identidad. La dana arrasó puentes, pasarelas, coches y casas, y lo que es peor, se llevó vidas humanas. Ante la magnitud de esta tragedia, lo de menos fue el destino de estos seres. En el pueblo se dio por hecho que murieron ahogados en sus madrigueras. La rotonda de los conejos no solo perdió sus habitantes, sino que, como otras zonas del municipio, la vegetación se quedó pelada, amarronada, con la huella del lodo. Cada vez que pasaba por allí me preguntaba si volverían alguna vez los conejos. Más que curiosidad, me cuestionaba si el pueblo recuperaría la vida cotidiana, si sería capaz de rehacerse del todo.

Hace unos días, los conejos han regresado. La noticia ha corrido veloz por el municipio y el Ayuntamiento de Picanya lo ha publicado en su Instagram con un sencillo mensaje: “Picanyers i picanyeres, ara sí. Estem tornant!”. Cuando he visto esa noticia y he leído la alegría en los comentarios de los vecinos, me he dado cuenta de que esa reflexión no era solo mía. La esperanza de volver a ver correr conejos en la rotonda era compartida. En un pueblo que ha visto el agua arrasar puentes y casas, estos días, en medio de tanto griterío político y el horror de otras tragedias, la reaparición de estos pequeños animales se vive como una señal de que todavía pasan cosas buenas.

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