Opinión

VI President de la Generalitat
La herida
Hoy, veinte años después de aquel 3 de julio a las 13.03, conviene ayudar a cicatrizar las heridas sin renunciar jamás a la memoria. Es exigible recordar a las víctimas y sus vidas truncadas. Y también es justo valorar su inmensa lección de perseverancia, dignidad y decencia

Monumento de homenaje a las víctimas del accidente del Metro en València / AC
Hay heridas que nunca se cierran. Pueden acabar produciendo una septicemia, cicatrizarse o mantenerse toda una vida con curas paliativas. Sin embargo, la sociedad es un cuerpo diferente. Algunos dicen que no existe, igual que niegan el cambio climático y queman en la hoguera la Ilustración. Pero la sociedad es más que la suma de unos individuos y sus ambiciones. Hay algo común que supera el universo propio de cada cual. Un estado de ánimo colectivo. Por eso, cuando una sociedad sufre un fallo de consecuencias dramáticas y sangra, tal vez el dolor punzante de esa herida desaparezca, pero siempre queda la memoria del mal. El recuerdo de la herida.
Hace veinte años, en torno al mediodía, se silenciaron para siempre los sueños y aspiraciones de 43 vidas valencianas. Tras ese fatídico instante, todo devino una pesadilla suficientemente relatada por medios de comunicación como Levante-EMV –especialmente Levante-EMV– que supieron desafiar la niebla de la desinformación propagada desde el poder autonómico.
La sociedad existe, por supuesto, y muestra su fortaleza ante la adversidad con esfuerzos personales memorables para levantarse cada mañana, controlar apenas la angustia por una pérdida irreparable y plantarle cara al olvido.
Quisieron los dirigentes del servicio público que el halo de la visita papal ocultara para siempre las causas y consecuencias de la catástrofe. El oropel tan poco cristiano de aquella visita –tan diferente a la más reciente de otro Papa—no consiguió dar consuelo ni sofocó la indignación.
Después prosiguió la ceremonia del olvido. Por tierra, mar y aire se sumaron recursos con el único objetivo de borrar las huellas de la responsabilidad. Una ignominia.
No hubo una palabra de perdón a quienes perdieron a su hermana, a su hijo, a su madre, a quienes querían, y que un maldito día de principios del verano utilizaban con normalidad un servicio público de transporte de la Generalitat.
No hubo ni una palabra de perdón. Quienes dirigían una institución que había fallado a sus ciudadanos estaban en otra cosa. Ni una sola palabra durante años y años con elecciones “absolutorias”.
Muchos días 3 de cada mes, a veces con enorme soledad, los familiares de las víctimas se reunieron exigiendo verdad, justicia y reparación. Poco a poco sumaron más y más personas y, al fin –quizás demasiado tarde–, la sociedad valenciana reaccionó ante el muro de un poder inmune al sufrimiento, un poder adosado a la arrogancia de quien se sabe impune.
En julio de 2015 habían pasado muchos 3 de julio, pero sabíamos que recuperar la dignidad de la Generalitat exigía, antes que nada, pedir perdón a la memoria de aquellas personas que confiaron en un servicio público y les falló.
Las Corts abrieron una comisión de investigación y se promovieron iniciativas para que accidentes como aquel no volvieran a suceder. Una de las medidas adoptadas fue la aprobación de una ley y la creación de un organismo que garantizara la seguridad ferroviaria (cuyas observaciones, por cierto, están para hacerle caso).
Fue emocionante recibir en el Palau de la Generalitat, junto con la vicepresidenta, a aquellas mujeres y aquellos hombres que habían mantenido, por todos, la dignidad del pueblo valenciano. Nunca olvidaré ese momento. Sus miradas limpias ennoblecieron la piedra gótica del Palau. Tampoco olvidaré los ojos vidriosos de Beatriz Garrote, símbolo de tantos ojos perdidos en la niebla de la indiferencia.
Hoy, veinte años después de aquel 3 de julio a las 13.03, conviene ayudar a cicatrizar las heridas sin renunciar jamás a la memoria. Es exigible recordar a las víctimas y sus vidas truncadas. Y también es justo valorar la inmensa lección de perseverancia, dignidad y decencia –con tanto eco en la València del presente, en la València tras la dana– que sus familias nos dieron a toda la sociedad.
- El robo por el método Faraday se cuela en el Pirata Festival de Gandia
- Mucho más que tres carriles: los expertos reflexionan sobre el Paseo García Lorca
- Emoción y lágrimas en el concierto de Alejandro Sanz en València: Recuerdo a la dana y el abrazo con una afectada de Paiporta sobre el escenario
- Las aulas valencianas vivirán hasta 2041 una explosión de alumnos de Infantil mientras caerán los de Bachiller
- El pueblo valenciano de Nuria Roca en el que pasa sus verano: 'Es como volver a ser pequeño
- Detenido por intentar violar a una mujer a la salida de una discoteca en el Cabanyal
- Edificio Iturbi o el símbolo de la fractura ferroviaria en València
- En el corazón de la gigafactoría: Volkswagen arranca la producción de celdas de batería en su primera planta europea en Salzgitter, gemela a la de Sagunt