Opinión | Complicidades
Benjamín Prado
Defiendo que cualquier actividad literaria constituye un precipitado de nuestra memoria (porque lo más probable es que seamos, más que ninguna otra cosa, animales con una especial capacidad para recordar y elaborar lo recordado).
En realidad, lo que defiendo es que somos memoriosos animales literarios. Es decir, somos seres necesitados de la elaboración literaria para organizar todo aquello que recuerda nuestra memoria.
En sentido estricto, sólo existe lo que se recuerda cuando se cuenta, cuando se ordena como recuerdo verbal, ya sea para nuestros adentros, de viva voz o por escrito. De ahí que recordar signifique siempre ‘recrear’, volver a crear nuestros recuerdos, que, como el pasado mismo, hay que salvar del magma inconcreto en el que viven, para hacerlos renacer. El pasado, ya se sabe, está siempre en movimiento.
Por eso somos criaturas literarias, animales narrativos que necesitan contarse y contar su paso por la vida.
El escritor Benjamín Prado -poeta, novelista, ensayista, cuentista, articulista, y también conferenciante, actor y muchas otras cosas más- acaba de publicar el magnífico relato de sus recuerdos bajo el título Qué estoy haciendo aquí (Alfaguara, 2026).
Lo memorialístico ya alimentaba buena parte de su poesía, porque muchos de sus mejores poemas, a lo largo de toda la historia de su escritura, tenían como motivo principal el recuerdo de figuras amadas: familiares, amigos escritores admirados, héroes de su mitología personal.
Cualquier libro dibuja un retrato del autor, con trazos a propósito y trazos involuntarios que completan la figura del retratado. Me imagino que la especie patria de los recalcitrantes no le perdonarán nunca a Benjamín estas memorias, porque son el testimonio de un hombre feliz, de alguien conforme con su destino de escritor, de un individuo vitalista y agradecido con el mundo y con su suerte. La felicidad ajena suele ofender a la mayoría.
El Benjamín Prado de estas memorias -Benja, para los amigos, Jami, para su madre, como descubrimos en el libro, con una sonrisa, los que lo hemos llamado siempre Benja- se nos aparece con la naturalidad de su persona: ingenioso a más no poder, inteligente en sus análisis, cariñoso con todos a quienes quiere (y quiere mucho a muchos), melancólico a menudo, sabio de sabidurías biográficas, sin ningún género de rencor.
En esta novela de sus recuerdos, desfilan muchos personajes famosos -cosa que el lector agradece-, porque Benjamín Prado ha tenido la inmensa fortuna -como reconoce entre sus páginas-, de tratar con gente verdaderamente importante de nuestra época (a veces de manera íntima, a veces de forma esporádica): Alberti, Octavio Paz, Vargas Llosa, Ángel González, Joaquín Sabina, Almudena Grandes, Luis García Montero, Felipe Benítez Reyes, y muchos otros más: políticos, actores, periodistas, músicos.
En definitiva, un libro que apasiona a su lector, que le hace reír, aprender, cotillear a veces (esa risueña forma del aprendizaje), reconciliarse con la vida, divertirse siempre: la aventura de alguien que no sabe muy bien qué está haciendo aquí, pero que está dispuesto a seguir haciendo lo que se le antoje para disfrutar del mundo.
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