Opinión | TRES EN LÍNEA
Esto es lo que hay

Moreno y Mazón, en septiembre de 2024 en Granada. / EFE
La última vez que un presidente andaluz se reunió con uno valenciano fue en septiembre de 2024, apenas un mes antes de la DANA que el 29 de octubre de ese mismo año arrasó casi un centenar de poblaciones en Valencia y se cobró 230 vidas mientras sus máximas autoridades estaban de fiesta, de compras, en casa o, lo que no sé si es peor, discutiendo si la alerta a los ciudadanos, que a esa hora ya se habían ahogado, debía enviarse con tilde en “València” o sin ella.
El encuentro fue fruto de las circunstancias: la cadena COPE celebraba un acto en Granada al que había invitado tanto a Juan Manuel Moreno Bonilla como a un Carlos Mazón que por aquel entonces se comportaba como un “máster del Universo” apoyado en unas encuestas que, efectivamente, le catapultaban al estrellato tras un año en el gobierno. Y Mazón, por culpa de las pésimas comunicaciones que hay entre la Comunidad Valenciana y Andalucía, tuvo que desplazarse un día antes y quiso aprovechar la excursión haciéndose unas fotos con el líder andaluz. “¡Ché, pito!”, que se diría en alicantino macarrónico.
El equipo del exMolt Honorable vendió aquello como una “cumbre” con todas las de la ley para alinearse, entre otras cosas, en materia de financiación, como si hiciera falta. Pero en realidad, Moreno le dio al hoy exjefe del Consell un trato sumamente displicente: sin agenda ni convocatoria de medios, transigió con que les hicieran unas fotos paseando por el jardín pero ni le recibió en su despacho ni le dio más bola que la que le daría al embajador de Freedonia. Una nota de prensa de escasamente dos párrafos acompañada de un par de fotos oficiales fue todo lo que la Junta difundió de aquello.
Pero todo esto no pasaría de anécdota desfasada, puesto que Mazón ya cayó, si no fuera por la actitud que aquel día se pudo apreciar en el Gobierno andaluz. Cuando preguntamos a uno de sus miembros a qué venía aquel trato, más allá de la falta de química que desde el principio había existido entre los equipos de Moreno y Mazón y entre los propios presidentes, lo que contestó fue que “Este chico [por Mazón] tiene que aprender que aquí hay divisiones: en Primera están Juanma, Ayuso y Alfonso [Rueda], que somos los que tenemos mayoría absoluta. A Mazón, faltándole diez escaños, ponerlo en Segunda es hacerle un favor”.
Si eso es así, y entonces lo era, habrá que concluir ahora que Juanma Moreno acaba de descender de categoría. Pero lo relevante de su caso no es que, aunque sea por los pelos, no haya sido capaz de revalidar la mayoría absoluta de la que gozaba. Sino que es toda una figura, trabajada con denuedo, la que se ha venido abajo con esos dos escaños que le han faltado. Moreno ya no es el yerno preferido, ni el supermán de la moderación en una España polarizada, ni el hombre llamado a frenar, desde la derecha, a la ultraderecha: “Si no quieres Vox, vota Juanma”. No. Moreno no es un político diferente, contra la imagen que nos habían ido construyendo; a la hora de la verdad, es un político igual que el resto, que ha tardado una votación y dos avemarías en desdecirse de todo lo que afirmó y plegarse a lo que le exigía Vox para investirlo sin ir a unas nuevas elecciones con las que, hace apenas dos semanas, seguía faroleando, pero que todos sabíamos, para empezar Vox, que nunca se iban a producir. No hay nada peor en cualquier juego que que el rival te tome la medida y hace tiempo que Vox se la tomó al PP.
Moreno ya no es, del otro lado, contrapunto de Feijóo. Moreno es más que nunca Feijóo y su ansiedad por llegar a La Moncloa, sea a costa de Sevilla, de Mérida, de Zaragoza, de Valladolid o de Valencia. Lo que haga falta. Y los militantes del PP ya no tienen varios espejos en los que intentar reconocerse, sino sólo dos: el de Feijóo y el resto de tropa, empezando por el presidente de la Junta de Andalucía, a los que como se ha visto el cacareo contra Vox les dura lo que tardan en contarse las papeletas, y el de Ayuso, que de momento tiene (nos guste o no) criterio propio.
Lo que no le vale ya al PP, digo por Andalucía como podría decir por lo que vaya a venir cuando haya unas elecciones generales en Madrid, es esa altanería de tratar a Vox como si fueran una pandilla de descerebrados con los que te sientas a pegarles el timo de la estampita: te doy esta manta tan mona y este espejito de regalo y me votas. El resultado hasta aquí siempre es el mismo: da igual si Vox se lleva más o se lleva menos, si lo que dice está bien o está mal, si es legal o disparatado. Lo que importa es que impone su discurso. Si el PP mostrara más respeto por lo que tiene enfrente, es posible que fuera a las negociaciones teniendo claras, no sólo sus líneas rojas, sino sobre todo las de sus votantes. Pero como hasta el último instante desprecia a los de Abascal, en vez de asumir que, con acuerdo o no, siempre tendrá que darles la batalla si no quiere resultar diluido, lo que hace es llegar desarmado a las mesas de negociación, donde ellos juegan a corto y la ultraderecha se sienta con luces largas. Así que, es verdad: no hay elecciones que Sánchez no pierda; pero tampoco ninguna en que Feijóo no se arruinara si cobrara por objetivos.
La que se avecina
En la Comunidad Valenciana, donde aún no sabemos cuándo serán las elecciones autonómicas ni cuántas urnas se pondrán, andamos tan torpemente entretenidos con los cabezas de lista, como si estos fueran a cambiar sobre los ya sabidos a estas alturas (Llorca, Morant, Massó, Baldoví…), que no estamos prestando en mi opinión suficiente atención a quiénes van a ir por detrás de ellos en esas candidaturas. El caso más obvio, porque es el que afecta al partido que está gobernando, es el del PP. Da igual cuándo le dé a Feijóo por confirmar a Juan Francisco Pérez Llorca como candidato. No hay sorpresa posible, porque no tiene chistera de donde sacar ningún conejo. Pero María José Catalá, siguiendo la tradición, querrá compatibilizar su candidatura a la Alcaldía de València con una plaza de relumbrón en la lista a las Corts que le asegure el escaño. Y el actual presidente del PP valenciano y de la Diputación, que tiene más militantes que nadie pero menos porcentaje de voto en las urnas que Alicante o Castellón, digo de Vicent Mompó, también querrá ir en esa lista autonómica por lo que pueda pasar. Como saben, al contrario de lo que ocurre en el Gobierno central, en el caso de las autonomías sólo puede presidirlas quien previamente ha obtenido acta en el Parlamento. De ahí (y del privilegio del aforamiento, que nunca está de más) tanto interés. ¿No se fue Zaplana, no se cayó Camps, no se rindió Mazón? Como para no coger sitio por si acaso.
O sea, que ahí ya hay lío. Y ni que decir tiene, en la lista de Compromís. ¿Por qué no hay día que Baldoví no salga a darle la réplica a Mónica Oltra en todo lo que dice, que parecen el perro y el gato cuando uno iría como aspirante a presidir la Generalitat y la otra como candidata a la Alcaldía de València y no tendrían aparentemente por qué chocar? Pues porque Baldoví es viejo en estas batallas, sabe que Oltra exigirá ir también en la lista de las Corts y es consciente de que, como la exvicepresidenta no sea alcaldesa, a él se le presenta un sinvivir con ella dentro del grupo parlamentario.
Vox ya se sabe que no entra en estas cuitas: lo que diga Santi, mientras se pasea en coches de lujo y competición los fines de semana por las montañas de Alicante. ¿Pero y el PSPV? Les recomiendo encarecidamente la lectura de la entrevista que mis compañeros Joan-Carles Martí y Hortensia García le han hecho a la candidata socialista y todavía ministra, Diana Morant. Es tan “naif” que produce ternura. Pero esto es política. Así que el PSPV tendrá que mirar muy bien con quien completa esa candidatura, por si arrancada la legislatura tiene que haber cambios. Por historia y tradición no va a ser. Y tampoco veo yo a Pilar Bernabé quedándose para vestir santos mientras todas sus competidoras a la Alcaldía juegan con un comodín en la manga.
Ay, las prisas
Y luego está lo de los alcaldes. En el PSPV los seguidores de Sánchez, adalides de las primarias, no saben ya lo que hacer para que no las haya. En Compromís, hemos pasado de que voten hasta los vecinos a proclamar candidatos por la Gracia de dios. En Vox será, como siempre y salvo en la ciudad de València, quien primero pase por la puerta. Y en el PP van a anunciar a mediados de mes a los de las capitales. El problema de las prisas es que, tal como están las cosas, Feijóo se puede encontrar conque un día bendice a Barcala y al otro se lo encuentra yendo a declarar al juzgado por el escándalo de los pisos de Les Naus. Por nadie que pase.
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