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Opinión | En el barro

València

La increíble victoria contra el olvido

El peligro es normalizar a las víctimas como una materia prima más de la confrontación política. Ese es el drama de una democracia que viaja ufana por una autopista equivocada. Es el síntoma de un sistema enfermo

Víctimas del metro y de la dana, ayer en València.

Víctimas del metro y de la dana, ayer en València. / Eduardo Manzana - Europa Press

Paso todos los días. Casi ni lo miro ya. Otra forma más del paisaje de la rutina. El rojo del semáforo me obliga a parar. Está allí delante. A veces, salta un clic en mi cabeza y giro la cabeza hacia arriba. Solo a veces. Allí está la mole gris: quieta, silenciosa, cubierta ahora por algunas mallas y andamios. No hay cenizas ya ni velo negro. Cada vez hay menos indicios de aquello. Al otro lado de la avenida, donde estuvo una especie de altar espontáneo, solo queda un ramo ajado atado a una señal. A veces, observas el coche vecino en el semáforo y ves a los pasajeros con la boca abierta y el brazo señalando la mole. Te miran. Sí, es ese. Aquí, hace menos de dos años y medio, se produjo una de las tragedias más espectaculares que uno recuerda, retransmitida por todas las televisiones en directo. Fue noticia en todo el mundo. Donde hubo llamas y muerte, hoy reina el olvido. Ley de vida, decían antes los mayores en los funerales, como impulso a continuar. Y para continuar, no hay que mirar demasiado atrás: si no, tropiezas.

Fascina el poder del olvido. Fascina más la abnegación contra él. Lo digo un día después de un 3 de julio. Lo digo pensando no en este 3 de julio de la cifra redonda de los veinte años y las conmemoraciones y los reportajes de recuerdo. Lo digo pensando sobre todo en aquellos meses y años después de la tragedia bajo la estación del metro de Jesús en València. Aquellos 3 de julio en que eran solo un pequeño grupo en la plaza de la Virgen, resistiendo contra el olvido y exigiendo una justicia que parecía no llegar. La mayoría mirábamos la escena y de tanta repetición no hacíamos ni caso. Otro elemento más del paisaje. Llegó un momento en que ni siquiera eran una foto en el periódico del día siguiente. Pero un día la justicia y las responsabilidades llegaron. Quisiera decir que fue por esa persistencia. Pero no estoy seguro. Sí sé que a veces los tiempos cambian, y las miradas, y ellos seguían allí, haciendo sonar su voz, cuando esos nuevos vientos llegaron. No suele pasar, pero a veces pasa.

Fernando Aramburu, acostumbrado a radiografiar el drama vasco, dice en su última novela (quizá es la mejor frase de toda ella) que las víctimas dan en creer que no puede haber nada más importante para la sociedad que su dolor. “Piden justicia, piden reparación. Pronto descubrirán que su tragedia es solo suya”. Es lo normal. Es el funcionamiento habitual. Es la lógica de los días. Pero a veces pasa y gana la lucha contra el olvido. Quizá es el gran reconocimiento que merecen hoy las víctimas del accidente del metro. La lección de una victoria infrecuente. No suele pasar, pero a veces pasa. Es además un mensaje de esperanza catapultado hacia el futuro. Y hacia el presente.

Imposible no pensar en las víctimas de la dana. Demasiados parecidos. El sedimento es el mismo: la rebelión contra la ausencia de responsabilidades, contra la tentación de dar carpetazo a la tragedia bajo la categoría de accidente sin más. Ahora son ellas las que están cada día 29 frente al olvido, que va haciendo su trabajo. Si los paralelismos se mantienen, las responsabilidades serán limitadas. Y habrá un día en que les llegará el reconocimiento institucional. El peligro es normalizar a las víctimas como una materia prima más de la confrontación política. Ese es el drama de una democracia que viaja ufana por una autopista equivocada. Es el síntoma de un sistema enfermo.

Fascina el poder del olvido. ¿Cuándo se amortizan los asuntos turbios? ¿Qué componente interior hace que los escándalos dejen de afectar porque ya son pasado? Me sucede ahora con todo lo del caso Kitchen y la policía patriótica. Una operación con un grupo dentro de la Policía para desactivar las pruebas que implicaran a los responsables (entonces) del Gobierno y del PP en una caja ilegal de financiación. Suena tremendo, pero suena ya a alimento para historiadores. Llega con menos emoción e intensidad que la última cloaca en torno a los actuales responsables del Gobierno y del PSOE. Alcanza menos que las joyas secretas del expresidente referente del progresismo. Fascina la fuerza de la novedad y el presente. Maravilla el poder del olvido.

Diana Morant, en su presentación en Gandia como candidata del PSPV, el pasado miércoles.

Diana Morant, en su presentación en Gandia como candidata del PSPV, el pasado miércoles. / Perales Iborra

La izquierda se viste estos días de gala. Primero ha sido Diana Morant. Ahora es Mónica Oltra. Se trata de exhibir que están preparadas y con fuerza, mientras los otros (el PP) dudan sobre liderazgos y pactan un día más con la extrema derecha. Lo que se olvida, o se ve menos, es que la izquierda se encuentra en este punto tal como estaba en 2023 y tal como salió derrotada: con el mismo agujero en su parte más a la izquierda y una ensalada de siglas que en este momento ofrecen más confusión que un proyecto ilusionador. Fascina el poder del olvido.

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