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Opinión

València

El asiento 98

Manifestación en Paiporta

Manifestación en Paiporta / Levante-EMV

En la última fila del cine se besaban los enamorados. Lo cantaban los Drifters en Kissing in the back row of the movies cuando éramos jóvenes y Joaquín Sabina aún no se había inventado que aquellos besos alcanzaban la apoteosis con las películas de romanos. Entonces iba al cine mucha gente. Tenías que sacar las entradas con antelación y más aún si no querías quedarte sin asiento en las últimas filas. El amor los domingos por la tarde. Sentir que la vida surgía de las sombras, como una especie de milagro luminoso en medio de tanta oscuridad. Aquel tiempo era una mierda, aunque ahora cuatro indocumentados digan que nunca ha habido en este país tiempos tan buenos como aquellos. Lo dicen sabiendo o sin saber que los están timando, pero eso sí: con el cerebro más vacío que las botellas que apuraba Nicolas Cage en Leaving Las Vegas hasta caerse muerto.

Mazón en su escaño 98

Mazón en su escaño 98 / Levante-EMV

Ahora ya hay muchos sitios donde se besan los enamorados. Y no hace falta que sea en un cine o los domingos por la tarde. Que le pregunten si no, a Carlos Mazón, por ese asiento 98 que su sucesor, Juan Francisco Pérez Llorca, le ha reservado en la última fila del Parlamento valenciano: un regalazo para continuar como aforado después de que 230 personas murieran bajo las aguas mientras él se lo pasaba pipa en el Ventorro. Si se besa con alguien será con Vox, que son sus amorosos vecinos en el hemiciclo.

Las huellas de aquel día

La memoria de aquel fatídico 29 de octubre de 2024 no nos va a pasar de largo. Aunque el PP esté haciendo lo imposible para que todo se vaya diluyendo olvido abajo. Pero como ya pasó con el accidente del Metro hace veinte años, la memoria es cabezona y sabe que olvidar sería un desprecio a las víctimas y una humillación añadida al dolor de tanta ausencia. Ya pueden cantar por peteneras quienes ese día se cubrieron de indignidad y todo lo rellenaron con mentiras, unas mentiras que no han dejado de salir de sus bocas desde el primer minuto de la barrancada. Ya pueden pensar que el tiempo borra la realidad o la confunde. Ya pueden pensar lo que les dé la gana y esconder a Mazón como a un delincuente en su guarida porque aquí nadie va a olvidar ni a confundir nada hasta que la Justicia termine su trabajo y el protegido se siente, como se sigue exigiendo en las manifestaciones desde hace más de año y medio, en el banquillo de los acusados.

Hay demasiadas huellas de aquel día para que resulte fácil pasarles por encima el rastrillo que se pasa en las arenas de una playa poco después de que amanezca. Mientras haya voces que recuerden en las calles, en las casas, en los medios de comunicación y en las instituciones las pérdidas y el miedo que se juntaron en aquellas horas, la memoria no va a caer en el saco roto de las triquiñuelas y engaños que abundan en las declaraciones de los principales responsables políticos de la tragedia. La mayoría de esos responsables siguen ocupando cargos elevados en el gobierno de Juan Francisco Pérez Llorca. Nunca me canso de sacar el nombre de una de las que más medallas tenía y sigue teniendo en el gobierno de Mazón y en el de ahora: la vicepresidenta Susana Camarero. Se esfumó tan tranquila de los servicios de emergencia para acudir a una fiesta empresarial mientras las residencias de mayores -que eran su responsabilidad como consellera- sufrían numerosas víctimas mortales. Y por si faltaba algo: ese Vicente Mompó, presidente de la Diputación de València y aspirante al papel de Bruto en las puñaladas traicioneras a Julio César, que cada vez que declara como testigo en el juzgado o en la prensa da una versión diferente sobre lo que hizo o dejó de hacer el día de la dana. Hace como Groucho Marx con sus principios: «si este no les gusta, tengo otros».

Mientras tanto, el principal responsable político de la tragedia sigue como diputado en el Parlamento valenciano y, para más burla, ha sido nombrado portavoz de la Comisión de Reglamento, una Comisión, por cierto, que nunca se reúne pero que aumenta sustancialmente su salario. Siguiendo con la burla: el muy tunante todo lo disfruta desde lejos, desde el flamante despacho que su condición de expresidente le ha abierto en un edificio con vistas al mar en Alicante.

Vacío en el asiento 98

En la última fila del cine se besaban los enamorados. Aquellos besos, como las películas en que precisamente esos besos desaparecían bajo los tajos de la censura, forman parte de nuestras vidas, unas vidas llenas de remiendos y seguramente de demasiadas torceduras. Lo que no es un remiendo, sino una clara provocación y una indecencia, es mirar hacia la última fila del Parlamento valenciano y ver allí el asiento 98 casi siempre vacío. Ahora ese vacío lo provocan la desvergüenza del propio Mazón y la de quien lo mantiene ahí porque amiguitos del alma no eran sólo Camps y el Bigotes. Que le pregunten, si no, a Juan Francisco Pérez Llorca por qué sigue protegiendo a Mazón a pesar de saber que con él de diputado será muy difícil que gane las elecciones el año que viene. Eso, claro está, en el caso de que Feijóo lo designe finalmente como candidato.

Y para cerrar esta columna con una cierta dosis de optimismo y confianza en la Justicia: igual un día el asiento 98 aparece vacío porque Mazón estará sentado en el banquillo de los acusados… o en la cárcel. A lo mejor ese vacío igual será por eso, ¿no les parece? A lo mejor.

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