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Opinión | No hagan olas

València

«Forever Young»

El cantante británico Rod Stewart, en una fotografía de archivo.

El cantante británico Rod Stewart, en una fotografía de archivo. / Carlos Díaz / EFE

Un buen amigo, diplomático y muy deportista, me preguntó en cierta ocasión por qué me vestía como un joven cuando frisaba ya los 60 años. Ha pasado más de un lustro, pero recuerdo que le contesté que no se trataba de un gusto estético ni de aparentar menos edad sino más bien de sentir la pertenencia a una generación, aquella que entre finales de los 60 y mediados los 80 protagonizó una de las mayores transformaciones culturales de la era contemporánea, un profundo cambio de actitudes y costumbres que tuvo en la música popular, del rhythm and blues al rock and roll, su máxima expresión, la primera que, además, emancipó por completo a la mujer.

—No te has fijado en las pintas de Rod Stewart –le inquirí.

Esta misma semana lo hemos podido comprobar. Era el tercer concierto que disfrutaba de Rod Stewart a lo largo de mi vida como aficionado a la música, uno de ellos hace cuarenta y tres años en la Plaza de Toros de la calle Xàtiva. Todo seguía más o menos igual. Más delgado que nunca, hundidas las órbitas de los ojos –típicas de una dieta severa–, las uñas pintadas de verde, un colgante de perlas terminado en un pequeño plumero budista, el pelazo coloreado con lacas y su hortera vestuario de siempre, entre lentejuelas y telas moteadas de leopardo. Rod Stewart tiene 81 y nunca había cantado tan bien, tal vez porque tras su cáncer de tiroides tuvo que aprender a entonar desde el diafragma y se le nota menos el carraspeo de su legendaria voz cazallera.

Apareció puntual con músicos extraordinarios y sus acostumbradas chicas barbies, a las que selecciona por la voz y el tipito, incluida su hija Ruby, una extraordinaria vocalista, todas rubias color trigo que bailan zapateados irlandeses y algunas de ellas tocan violines, el arpa y hasta el ya famoso bombo que lleva las insignias del Celtic de Glasgow. El cantante londinense, como se sabe, es futbolero y amante de las raíces célticas de su padre escocés –aunque seguidor del Hibernian de Edimburgo–, y de ahí esa pasión por los católicos de Glasgow y los sonidos folks que introduce en sus canciones, como en la famosa declaración de amor en Mandolina Wind o en el himno que dedicó a «los guerreros de Ucrania».

El concierto fue un repaso de sus grandes éxitos desde los 70, dedicados a las infinitas pasiones femeninas del cantante, desde la chica callejera Maggie a aristócratas como Baby Jane, las rubias y las amantes que le rompen el corazón o anidan para siempre en él, Billy escapando con Patti hacia un apartamento en la costa, notas dedicadas a su amiga Tina Turner o a la teclista de Fleetwood Mac, Christine McVie… Un tipo, Rod, que se ganó la vida de sepulturero en un cementerio al norte de Londres, que probó fortuna como futbolista y finalmente tropezaría con Ron Wood y Ronnie Lane para fundar la mítica banda de los Faces. Y a quien le dedico partes de la novela Psicodélica porque representa como pocos ese espíritu eternamente juvenil de toda una generación, cantando «Ojalá hubiera sabido lo que sé ahora cuando era joven…».

Puede que Stewart también sonara como nunca por un efecto placebo que da la edad, o tal vez por las ventajas acústicas del gran pabellón del Roig Arena, un portento arquitectónico a años luz del velódromo Luis Puig donde un lejano día sonó imposible el grupo acompañante de Bob Dylan, otro eterno joven de 85 que ha jurado vivir en la carretera hasta el final. Del escenario en el Roig Arena colgaban dos pantallas gigantes, dos verticales de más de una veintena de metros y otro fondo audiovisual proyectando imágenes caleidoscópicas. Unos grandes ecualizadores y stage boxesprovocan un sonido mágico en un recinto donde se sentaban y bailaban con pintas de cerveza en la mano más de 12.000 almas que se recreaban jóvenes. Juan Roig no solo es uno de los más grandes empresarios de este país en cuya compañía todavía el mérito cuenta como un valor, sino que deja a la ciudad de Valencia un legado imposible de alcanzar para esta sociedad por sí sola.

La pregunta es qué ha pasado para que, medio siglo más tarde, la juventud de ahora sea descreída, no confíe en el esfuerzo y en los mecanismos del ascensor social, consumida por el pesimismo y la falta de esperanza en el futuro. La vida, en cambio, parece que presenta más oportunidades que nunca. Acaso estamos en el bucle que ya describieron pensadores griegos como Platón o Aristóteles cuando vaticinaron la decadencia de Atenas por su acomodado sistema de privilegios y libertades relativistas frente a la disciplina espartana, cuya educación primaba la forja del carácter y el compromiso ciudadano. ¿Estamos condenados a girar en una rueda de deseos insatisfechos? ¿Nos amenaza la obsesiva dedicación al trabajo y a la innovación de los pueblos asiáticos?

En la década de los 40 del pasado siglo, Erich Fromm ya explicó que la libertad presenta dos caras ambivalentes, por un lado, nos deja abierto el sentimiento del amor, la construcción del propio individuo y sus potencialidades creativas, pero por el contrario también produce ansiedad y temor, incapacidad para vivir sin fuertes raíces colectivistas dando lugar ocasionalmente a la cesión del poder político común al autoritarismo. Andamos sin rumbo en opinión de pensadores como Zygmunt Bauman, o somos esclavos de una libertad ilusoria porque las nuevas tecnologías nos dominan según Byung-Chul Han. Ambos han sido galardonados con el Princesa de Asturias. Con ambos coincide el Papa León XIV.

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