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Opinión

València

Un Mundial en la esfera de Pascal

El campo SoFi Stadium antes del España-Austria.

El campo SoFi Stadium antes del España-Austria.

En «La esfera de Pascal», la «nota» de Jorge Luis Borges contenida en Otras inquisiciones (1952), leemos que quizá la historia universal es la historia de unas cuantas metáforas. Jenófanes de Colofón, harto de los versos homéricos que antropomorfizaban a los dioses, prefirió imaginar una divinidad única semejante a una esfera. En el Timeo platónico, la esfera aparece como la figura más perfecta. Todos los puntos de su superficie equidistan del centro. Mucho tiempo después, Giordano Bruno sintió como una liberación agridulce el estallido de las bóvedas concéntricas que habrían rodeado nuestro mundo como esfera inmóvil.

En Esferas, la obra capital del filósofo alemán Peter Sloterdijk, las esferas designan los ámbitos de coexistencia en que discurre la vida humana, envolturas simbólicas y afectivas que ofrecen protección, sitúan la cercanía y hacen posible un cierto sentido de fragilidad y asombro compartidos porque habitamos siempre dentro de alguna burbuja, de un mismo clima, de alguna forma de inmunidad y pertenencia. También el fútbol globalizado admite esa lectura, la de una gran esfera contemporánea —a la vez espectacular y precaria— capaz de suscitar identificación, proximidad imaginaria y, a ratos, la ilusión de un mundo sobrecalentado pero común.

El balón que rueda al empezar el segundo cuarto de este siglo desanimado también es una esfera, aun si uno procura no incurrir en la cursilería del «esférico» que tanto irritaba a Fernando Lázaro Carreter (El dardo en la palabra). Más allá, además, de las puyas, a ratos exageradas, de Rafael Sánchez Ferlosio contra el sentimiento futbolero y la cultura de estadio, el balón sigue siendo la miniatura de un mundo simbólicamente homogeneizado. Todos con sus himnos, sus cámaras, sus banderas. ¿Es posible que un Mundial resulte un vector de la cultura cosmopolita y hasta de la universalización de los derechos humanos en sentido sociocultural?

En el partido entre República Checa y Sudáfrica, la estadounidense Tori Penso salió al campo acompañada por Brooke Mayo y Kathryn Nesbitt. Tres mujeres al frente de un partido masculino de la Copa del Mundo, señalando faltas, midiendo distancias, ordenando barreras. ¡La metáfora es poderosa! Ningún gesto deportivo corrige por sí mismo siglos de desigualdad, pero las imágenes educan los imaginarios sociales de forma profunda y meticulosa y yo creo que deberíamos estudiarlos mejor.

A Albert Camus se le atribuye una frase célebre por mil veces repetida, según la cual todo lo que sabía sobre moral lo había aprendido del fútbol. Más allá del compañerismo y la hermandad frente al azar, el fútbol del siglo XXI se antoja, durante noventa minutos más la muy capitalista pausa de hidratación, un mínimo común normativo universal, porque no parece posible que un régimen fascista organice un evento esférico y global como hicieron Italia en 1934 o Argentina en 1978. ¿Pudieron estas gentes futboleras ahogar el grito de los torturados con el canto de un gol?

Aunque el Mundial del cítrico esférico Naranjito había sido concedido a la federación española cuando Franco seguía vivo, terminó celebrándose en una democracia joven. ¿Imaginan, por cierto, al entonces jefe del Estado, Juan Carlos I, ensayando un discurso al modo de Pericles sobre el vínculo entre el agón, la democracia y la ciudadanía? En su famoso elogio de los caídos frente a Esparta, Pericles presentaba Atenas como una ciudad digna de ser defendida porque en ella la libertad, la participación y una forma de reconocimiento abierto formaban parte de una misma educación sentimental y política, la de un sistema democrático, perfectible, claro, pero ya preferible a la disciplina cerrada del enemigo.

La fuerza de Sudáfrica 2010 resultó más evidente. Su readmisión en la FIFA en 1992 y la concesión posterior del primer Mundial africano solo se entienden entre el humo donde debieron quemarse los carteles de piscinas para blancos. A mi entender, Rusia 2018 supuso un retroceso moral al ofrecerle a Putin, otro matarife, una esfera diplomática flotando sobre la represión interna como pompa de jabón. ¿Un ensayo de normalización de cara a Qatar 2022?

El mundial qatarí planteó otra pregunta moral. ¿Era correcto contemplar un espectáculo organizado por un país donde, según The Guardian, habían muerto más de 6.500 trabajadores migrantes procedentes de India, Pakistán, Nepal, Sri Lanka y Bangladesh desde la concesión del torneo? Hubo reformas laborales y promesas de modernización, pero también lavado de cara (sportwashing), censura y límites severos a la libertad.

Algo parecido ocurre hoy con Estados Unidos. La Copa del Mundo de 2026 llegó en medio de redadas, detenciones y miedo migrante asociado al ICE. ¿Puede un país celebrar una fiesta mundial del fútbol llena de extranjeros mientras tantos vecinos temen salir a la calle, acudir al trabajo o cruzar una frontera interior? ¿Puede el espectáculo global convivir tranquilamente con un imaginario xenófobo que convierte al migrante en amenaza? Quizá la presencia de tanta gente llegada de todas partes no baste para desarmar ese relato mientras el mal, el abuso y la crueldad campan por el globo.

Y es que la «nota» de Borges sobre las metáforas alcanzaba, por supuesto, a Pascal, quien, leído por debajo de las tachaduras, habría escrito realmente lo siguiente: «Una esfera espantosa, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna».

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