Opinión
El espejismo de la socialdemocracia

Pedro Sánchez recibe el aplauso del Comité Federal tras su intervención. / EVA ERCOLANESE / PSOE
Leo un interesante artículo de Adela Cortina en EL PAÍS (23/06/2026) -prensa madrileña en la que suele publicar- y no puedo evitar sentir una mezcla de respeto y perplejidad. Respeto, porque la filósofa valenciana es una de las voces más lúcidas de nuestro pensamiento moral. Perplejidad, porque su diagnóstico sobre el PSOE adolece de lo que los historiadores llaman "presentismo": la manía de leer el pasado con las gafas del presente, confundiendo la excepción con la regla.
Cortina sostiene que la socialdemocracia española tuvo su momento de gloria bajo el liderazgo de Felipe González, desde Suresnes hasta la sustitución de aquel proyecto por la deriva actual encabezada por Pedro Sánchez. Y tiene razón en algo: aquel fue un tiempo de grandes acuerdos, de diálogo, de reconocimiento del adversario como legítimo. Pero comete un error al presentar esa etapa como la identidad verdadera del socialismo español. No, doña Adela. Aquello fue un paréntesis. Un espejismo. Una concesión táctica a las circunstancias.
Permítanme que me remonte a los orígenes. El PSOE nació en 1879 en la taberna Casa Labra, de la mano de Pablo Iglesias Posse, un tipógrafo autodidacta que bebía del marxismo más radical de la Primera Internacional. Aquel socialismo no era el de la "tercera vía" ni el de los consensos centroeuropeos. Era un socialismo de clase, de confrontación, de revolución. Largo Caballero, Besteiro, Prieto...todos ellos, con sus matices, compartían un sustrato común: la lucha contra el capitalismo no se libraba en las mesas de negociación, sino en las fábricas y en las calles.
Luego vino el exilio. Y el PSOE se convirtió en un partido pequeño, envejecido, a la espera de la muerte del dictador. Rodolfo Llopis, su secretario general desde 1944, mantenía la dirección en el extranjero, en Toulouse, convencido de que “no había que movilizar a las masas”. Esperar era la táctica. Hasta que llegaron los “renovadores”.
Fue en Suresnes, en octubre de 1974. Un puñado de jóvenes abogados, estudiantes y economistas —Felipe González, Alfonso Guerra, Enrique Múgica…— tomaron el control del partido. Fue un golpe de timón necesario, sin duda. Pero no fue una conversión ideológica al socialismo democrático europeo. Fue una estrategia de supervivencia. No podían dejar el espacio de la izquierda en manos del Partido Comunista, que ya estaba tejiendo potentes redes en el interior y su hegemonía sindical con CC.OO. Había que modernizar la imagen, sonar a democracia, a diálogo; y resucitar las viejas estructuras sindicales del PSOE. Solamente había que preguntárselo a W. Brant, a F. Miterrand, ¿o a…Kissinger?
Pero el programa de Suresnes sigue dando pistas inequívocas de su radicalidad. El PSOE se declaraba partidario del "pleno reconocimiento del derecho de autodeterminación" de las nacionalidades ibéricas y de la constitución de una "República Federal". Para aquellos socialistas, España era un conjunto de "nacionalidades y regiones marcadamente diferenciadas" -concepto que, ahora, ha sacado de nuevo a pasear Iván Redondo-, y el cemento del Estado no era la nación española, sino la unidad de la clase obrera. El propio texto programático afirmaba que el ejercicio del derecho de autodeterminación se enmarcaba "dentro del contexto de la lucha de clases y del proceso histórico de la clase trabajadora".
¿Alguien reconoce en ese lenguaje radical, rupturista y de confrontación de clases el "diálogo socialdemócrata" que Cortina echa de menos? La respuesta es evidente: aquel PSOE de Suresnes era más cercano al Podemos de sus inicios que a la socialdemocracia de Willy Brandt. Pero hay que reconocerlo: con ese programa, en junio de 1977 le fue bien.
La renuncia al marxismo en el Congreso de 1979, la defensa de la Constitución de 1978, el giro hacia la socialdemocracia centroeuropea... todo eso fue una concesión a la realidad. España necesitaba estabilidad, consenso, miedo a la involución después del fracaso de la UCD. Y el PSOE, hábilmente, supo leer el momento. Pero aquel no era el "verdadero" PSOE. Era el PSOE que necesitaba la Transición. En 1982, el derecho de autodeterminación y el Estado federal ya habían desaparecido del horizonte programático del partido. ¿Coherencia ideológica? No. Pragmatismo electoral. Y el tiempo, que todo lo pone en su sitio, ha cerrado el paréntesis.
Con José Luis Rodríguez Zapatero, el partido comenzó a desandar el camino. Los pactos con ERC y los nacionalistas de CiU y el PNV, el impulso al nuevo Estatut de Cataluña, la antesala del “Poces”, la vuelta a la dialéctica del “nosotros contra ellos”, la polarización cómo táctica…. Y con Pedro Sánchez, la restauración ha sido completa. El actual secretario general Pedro Sánchez no es una anomalía. Es el regreso a la tradición histórica del socialismo español: la prioridad de la supervivencia en el poder por encima de cualquier principio constitucional.
No es casualidad que Felipe González, el hombre que hizo de la Constitución un "árbol frondoso", haya anunciado que votará en blanco si Sánchez sigue siendo el candidato. No es un simple rifirrafe generacional. Es la constatación de que su “proyecto socialdemócrata” fue una excepción, una concesión a las circunstancias, que la actual dirección del PSOE ha decidido enterrar con la misma contundencia con la que sus antepasados enterraban sus reivindicaciones obreras.
Cortina, desde su atalaya ética, echa de menos aquel diálogo, aquella transacción, aquella política del reconocimiento. Y tiene toda la razón en añorarlo. Pero se equivoca al pensar que aquello era la esencia del PSOE. No, doña Adela. Aquello fue un espejismo. Un breve instante de luz en una larga tradición de confrontación. El paréntesis se abrió en Suresnes. Y se cerró en Ferraz. El PSOE ha vuelto a ser lo que siempre fue: un partido que, cuando las circunstancias lo exigieron, supo disfrazarse de socialdemócrata, pero que nunca terminó de digerir el pluralismo liberal. Ahora, despojado de aquel disfraz, retorna a sus esencias históricas: la alianza con quienes cuestionan el marco constitucional y la prioridad del poder sobre los principios. Y esa, querida filósofa, es la verdad incómoda que su interesante y genial artículo omite.
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