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Opinión | Trencar l'enfit

Isabel Olmos

Isabel Olmos

Subdirectora de Levante-EMV

La mujer que me enseñó a recordar

Mi abuela nombraba a sus hermanos, Manolet y Pepito, en cada comida familiar. Años después comprendí que aquel gesto también era una forma de justicia, la misma que hoy inspira a las mujeres que mantienen viva la memoria de las víctimas del metro, de la dana y de los represaliados

Las representantes de las asociaciones del metro y de la dana, el viernes en el homenaje a las víctimas.

Las representantes de las asociaciones del metro y de la dana, el viernes en el homenaje a las víctimas. / J.M. López

Si hay una persona que, hasta el día de su fallecimiento, me transmitió las historias de la familia, esa fue, sin duda, mi abuela Isabel. Desde muy pequeña me acostumbré a que fuera ella la gran guardiana de nuestra memoria familiar, aunque entonces, por mi corta edad, era incapaz de comprender el verdadero alcance y la crudeza de muchos de los relatos que me contaba.

En las comidas de los domingos, solía rescatar episodios del pasado: algunos muy dolorosos, otros sorprendentes y, por qué no decirlo, también unos cuantos divertidos. Muchas de aquellas historias giraban en torno a la Guerra Civil y a las enormes necesidades, hambruna incluida, que la familia sufrió en los años posteriores. Pero, sobre todo, hablaba de quienes ya no estaban. Nombraba a su hermano Manolet, desaparecido durante la guerra, y a su hermano Pepito, encerrado en un campo de concentración.

Lo contaba con una naturalidad que entonces me parecía completamente normal, pero que con el paso de los años he comprendido que era, en realidad, bastante excepcional. La mayoría de quienes vivieron la guerra y la posguerra optaron por el silencio. Unos por miedo; otros, porque el dolor era demasiado abrumador para ponerlo en palabras; muchos, sencillamente, porque aprendieron que sobrevivir también consistía en callar. Mi abuela, en cambio, nunca convirtió el pasado en un tabú. Con el tiempo he comprendido que aquella voluntad de hablar no era una excepción. O, al menos, no lo era entre muchas mujeres. Pienso en las viudas, madres, hijas y nietas que mantuvieron vivos los nombres de los fusilados y fusiladas de Paterna cuando hacerlo todavía resultaba incómodo o incluso peligroso.

Con el tiempo he comprendido que aquella voluntad de hablar no era una excepción. O, al menos, no lo era entre muchas mujeres.

Y pienso también en las dos Rosas, en Beatriz, en Mariló y en tantas otras mujeres que, tras el accidente del metro de València o la dana, han convertido el dolor en una reivindicación de verdad, justicia y reparación. Han sostenido asociaciones, convocado concentraciones, atendido a los medios de comunicación y recordado, una y otra vez, que una sociedad solo puede avanzar cuando es capaz de mirar de frente a sus propias tragedias. Cada vez que las observo exigiendo respuestas, vuelvo inevitablemente a aquella mesa de los domingos y a la voz de mi abuela Isabel y comprendo que existe un hilo invisible que une todas esas historias. Un hilo tejido por mujeres que se negaron a aceptar que el olvido acabara imponiéndose.

Mi abuela nunca habló de memoria democrática. Ni de reparación. Ni de políticas públicas. Simplemente nombraba a sus hermanos y explicaba el sufrimiento de su madre viuda. Entonces no lo sabía, pero cada vez que pronunciaba sus nombres estaba haciendo el acto de memoria más poderoso que existe: impedir que el olvido los hiciera desaparecer por siempre.

Quizá por eso, cuando pienso en quién ha sostenido la memoria de este país, siempre acabo llegando al mismo lugar. A ellas. A las que recordaron cuando otros callaban. A las que conservaron los nombres cuando parecía que iban a desaparecer. A las que transformaron el duelo en memoria y la memoria en una forma de justicia. Porque, al final, la memoria, la lucha contra el olvido y la reivindicación de la verdad tienen, muchas veces, nombre de mujer.

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