Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

València

Ni crítica ni autocrítica

Alguien en nombre de Dios o de Marx debería poner fin a las dobles verdades o a las dobles falsedades, o a las no verdades, que son peores que las mentiras. Es hora de acabar con el guateque mixtificador de los lenguajes falsarios

El pleno de las Corts, en una imagen de archivo.

El pleno de las Corts, en una imagen de archivo. / José Cuéllar/Corts

Desterrada la conciencia crítica del político (pongamos de izquierdas) cuando alcanza el poder, su traslado a la oposición tras la derrota electoral posee dos vías, la vía de la caricatura o la vía del retorno a la crítica abandonada durante el paréntesis temporal en el que ocupaba el despacho oficial. Ésta última, a diferencia de la primera, contiene muchos peligros, un océano de peligros. Porque el político “depuesto”, sumergido ya en la oposición, suele censurar hasta la tragicomedia las decisiones de su “sustituto” en el cargo, naturalmente del partido contrario, sin reparar en que durante su paso por el poder ni subsanó las dificultades que señala, ni dispuso los materiales imprescindibles para remediar los problemas deunciados, y ni siquiera entreabrió el mundo ideal que ahora le exige a su adversario que promueva. La crítica yace, pues, de este modo, en un fingimiento anulador de toda apariencia de credibilidad, y el político se va adentrando en un sistema de señales cuya conexión con la realidad es similar a la de un torero fuera del coso, como ese señor que discurre por las calles de Valencia con las banderillas colgando, el traje de luces descacharrado y la montera bien dispuesta, al que solo le falta templar con la capa la embestida de algún turista. Es normal que, contemplando las cabriolas argumentales de algunos actores políticos, la desesperanza cunda entre el vecindario, si es que todavía existe un vecindario acólito de la política real, porque a mi me parece que todo el personal esta viendo Torrente, presidente, convertido Torrente en una figura nacional. (Antes admirábamos La escopeta nacional y hoy contemplamos el hechizo popular de las masas atraídas por un Torrente como metáfora de un cambio social muy profundo, cambio que va del relato al postrelato y de la verdad a la postverdad en una sociedad ya no líquida sino gaseosa y con burbujas). El riesgo de ridiculización del político expulsado del poder que no repara en su progresiva desnaturalización es muy alto, tan alto como su irreflexivo descenso hacia un mar de paradojas, y lo peor es que el caso se acentúa últimamente dado que enfrente ya no hay un adversario sino un enemigo, y al enemigo ni agua. No se discute con el adversario: se le rechaza por reaccionario, hippie, izquierdista, neoliberal, homófobo, racista o adorador del mayo florido.

Hace algún tiempo, los políticos desfilaban por las aceras del antagonismo, de la objeción, del desacuerdo o de la rivalidad, y sus siluetas no estaban definidas por una especie de némesis admonitoria. El escenario donde se dirimía el modelo social tampoco pretendía imitar al de un combate de boxeo. Los debates estaban pautados por la experiencia civilizatoria, y cuando caían en la papilla doctrinaria bastaba con huir. La conciencia crítica transformadora de la realidad tenía sus procesos, entre los cuales estaba el de la colaboración y el pacto. Voy más lejos: cuando el político esgrimía la vocación de servicio público, el personal disimulaba y sonreía con educación. En la actualidad, al proceso de desideologización del vecindario como sujeto histórico posmoderno le ha seguido la superideologización armada con misiles de las élites políticas de izquierdas y de ultraizquierdas -quizas para evadir el pesimismo intelectual- y de derechas y de ultraderechas, levantando trincheras de acero, que dificultan cualquier intento de clarificación social o de reflexión compartida. Hobsbawn contaba que cuando el laborismo alcanzó el poder en 1997, un alumno suyo, recién nombrado ministro, le dijo: “La crítica ya no basta, ha llegado el tiempo de la acción”. El historiador puso cara de pez y le contestó que debía de ser al revés, que era el tiempo de la crítica desde el gobierno. No suele abundar esta opción. ¿Y no fue Mónica Oltra la que vivificó esa linea? Lo general es jugar a una dialéctica de la antítesis, acuchilladora de cualquier voluntad de síntesis entre contrarios. El campo de juego se distribuye, pues, entre la complacencia con uno mismo y con las políticas que uno desarrolla al gobernar, congelando cualquier juicio crítico y autocrítico, y el rechazo ante el análisis fiscalizador proveniente de los círculos externos, incluidos los círculos más leales. Y en cuanto el político pasa a las filas de la oposición, leña al mono. Primero los ahorcamos y después preguntamos, que decía el francés. Escuchamos acusaciones sobre la Valencia de Catalá, o sobre el Consell de Llorca o sobre la diputación de Mompó, como antes las escuchábamos sobre la Valencia de Ribó o la Generalitat de Puig, y solo se entienden las denuncias si aceptamos que la estrategia de la oposición, de toda oposición, consiste en crear un universo lingüístico suplantador de la realidad. Se afirma que no se expulsa a los especuladores de Valencia o de la CV, que la falta de vivienda es desesperante, que hay oligarquías financieras que se apoderan de vidas y haciendas, que el cambio climático nos arrasa sin contenerlo, y es como si todo ese arsenal no viniera de lejos y los problemas hubieran nacido justo el día después de cerrarse las urnas. Toda esa metodología opositora es insana porque, una de dos, o el político crítico es consciente de que esos conflictos nacen y se desarrollan en el largo plazo y él mismo no los pudo superar en sus años en el poder o pretende sumergirnos en una simulación alienante. De modo que, alguien en nombre de Dios o de Marx, debería poner fin a las dobles verdades o a las dobles falsedades, o a las no verdades, que son peores que las mentiras, como ya constataron los de la Escuela de Franckfurt. Es hora de acabar con el guateque mixtificador de los lenguajes falsarios. Y si a la comida canibal en la olla gigante de la política, donde todos se comen a todos, se invita alguna vez al ciudadano que pasaba por allí, que no sea para solicitarle educadamente que se autocoma él mismo sino para despejarle sus incertidumbres cotidianas e incrementarle su bienestar social.

Tracking Pixel Contents