Opinión
Metáforas de un tormentoso aniversario
Mientras contemplaba desde la ventana la tormenta que había obligado a suspender la gran celebración del 4 de julio, no podía evitar decirme que aquel cielo inquietante encerraba una poderosa enseñanza simbólica: la democracia nunca es una conquista definitiva

El presidente de EEUU, Donald Trump, en su discurso en Washington para conmemorar el 250 aniversario de la independencia.
Escribo estas líneas la noche del 4 de julio desde Filadelfia. Afuera estallan rayos y truenos, el viento arrecia y la lluvia ha obligado a suspender los fuegos artificiales organizados para culminar la celebración del 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos. Como valenciana, confieso que los fuegos artificiales difícilmente podían impresionarme. Sin embargo, sí me sorprendió la rapidez con la que las autoridades evacuaron a decenas de miles de personas concentradas en la gran avenida monumental de la ciudad. Apenas unos minutos antes de que comenzara el concierto de Christina Aguilera, precedida por Will Smith, sonó la alarma por riesgo meteorológico y los conciertos fueron cancelados.
Mientras regresaba al apartamento en el que residiré durante mi estancia en la Universidad de Pensilvania, no podía apartar de mi cabeza una idea: aquella tormenta parecía una metáfora perfecta del momento que atraviesa la democracia en el mundo. No se trataba únicamente de un chaparrón que arruinaba una fiesta. Era como si la naturaleza quisiera recordar que el sistema democrático atraviesa una etapa de deterioro. La democracia retrocede en numerosos lugares del mundo, pero resulta especialmente llamativo cuando las señales surgen en uno de sus principales referentes. No deja de ser paradójico. Fue aquí, en Filadelfia, donde en 1776 se firmó la Declaración de Independencia y, poco después, la Constitución estadounidense. Esta ciudad fue la primera capital del nuevo país, sede de su primer Congreso, de su primer Tribunal Supremo, de su primer Banco Nacional y de su primer Gobierno.
La revolución americana nació precisamente como reacción frente al poder absoluto de la Corona británica. Los colonos rechazaban pagar impuestos sin representación política y aspiraban a construir un sistema en el que ningún gobernante pudiera acumular poder ilimitado. De esa desconfianza hacia el poder surgió uno de los grandes legados constitucionales de la historia contemporánea: la separación de poderes, el federalismo y un sofisticado sistema de contrapesos, destinado a impedir cualquier deriva autoritaria.
El presidente gobierna, pero el Congreso legisla y controla al Ejecutivo. Los jueces pueden declarar inconstitucionales tanto leyes como decisiones presidenciales. El Senado debe confirmar numerosos nombramientos realizados por el presidente. A su vez, los distintos Estados conservan amplias competencias propias frente al Gobierno federal. Todo el sistema descansa sobre una idea sencilla pero extraordinariamente eficaz: ningún poder debe ser absoluto y todos deben vigilarse mutuamente. Ese equilibrio institucional ha sido durante décadas una de las mayores fortalezas de Estados Unidos y fuente de inspiración para otros sistemas constitucionales. Sin embargo, ese modelo parece mostrar signos de debilitamiento. Políticas cada vez más personalistas han reabierto un intenso debate sobre el respeto a la separación de poderes y los límites constitucionales del Ejecutivo.
Las controversias son muchas. Desde la destitución de responsables de agencias reguladoras independientes sin la autorización del Congreso, pasando por intentos de poner a las guardias nacionales -que dependen de los Estados- al servicio de las deportaciones decididas a nivel federal, sin olvidar las presiones ejercidas sobre instituciones tradicionalmente autónomas, como la Reserva Federal. También han generado controversia diversas órdenes ejecutivas sobre la organización electoral o la limitación de la ciudadanía por nacimiento, cuestión directamente vinculada con la Decimocuarta Enmienda de la Constitución. A menudo han sido los tribunales quienes han frenado o corregido las decisiones del Ejecutivo, demostrando que el sistema de contrapesos sigue funcionando, aunque sometido a una tensión creciente.
Quizá esa sea precisamente la lección más importante. Las democracias suelen erosionarse lentamente, mediante pequeñas excepciones, ataques a las instituciones independientes, deslegitimación de los jueces, presión sobre los medios de comunicación, concentración del poder... Cuando esos mecanismos se normalizan, el deterioro democrático comienza silenciosamente.
Por eso, mientras contemplaba desde la ventana la tormenta que había obligado a suspender la gran celebración nacional, no podía evitar decirme que aquel cielo inquietante encerraba una poderosa enseñanza simbólica: la democracia nunca es una conquista definitiva. Exige vigilancia constante, respeto institucional y límites al poder. Y es que los aniversarios sirven para celebrar el pasado, pero también para preguntarnos si seguimos siendo fieles a los principios que les dieron origen. Esa reflexión resulta hoy más necesaria que nunca en las democracias occidentales.
Terminando de escribir este texto, empiezan a escucharse las primeras explosiones: los fuegos artificiales comienzan. Quizá ahí resida otra metáfora. Las tormentas pueden oscurecer el horizonte, obligar a suspender una fiesta e incluso sembrar dudas sobre el futuro. Pero no tienen la última palabra. Aunque las democracias también atraviesan momentos de incertidumbre y desgaste institucional, lo importante es que conserven la capacidad de corregirse, de restaurar el equilibrio entre poderes y de recordar los principios fundacionales. Igual que esta noche el cielo acabó iluminando la ciudad donde nació la democracia estadounidense, también cabe esperar que las instituciones democráticas terminen superando sus retos.
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