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Opinión

Marc Cabanilles

Marc Cabanilles

Ateneo Libertario Al Margen de València

València

Como tratemos a los animales, así será

Imagen de archivo de los "bous al carrer"

Imagen de archivo de los "bous al carrer" / Daniel Tortajada

Puntuales, como cada verano, llegan las fiestas patronales en multitud de pueblos. Desde tribunas políticas y programas festivos, con una rutina vacía de contenido, se hace un canto a la hospitalidad, a la hermandad, a la convivencia y también, a la diversión sana, olvidándose que uno de los principales actos de estas festividades católicas, apostólicas y romanas, es la diversión mediante el maltrato y sufrimiento de animales, que digo yo que los santos patronos católicos, no van a estar muy contentos de ver esa forma de divertimento de sus piadosos y beatos feligreses. Pero bueno, para eso se inventó la confesión, para borrar cualquier rastro de culpa.

Bajo el epígrafe de “tradiciones”, durante siglos y por pura diversión, se han estado cometiendo auténticas salvajadas con seres vivos (cabras arrojadas desde campanarios, patos con cabezas arrancadas, toros lanceados, bolas de fuego sobre sus cabezas, …) y hasta en los actos supuestamente más “suaves”, los llamados “correbous o toros de calle”, a un ser vivo que no entiende muy bien qué hace ahí, se le suelta en medio de una muchedumbre que, entre borracha y ociosa, le acosa, grita, empuja, provoca, se le hace chocar contra hierros y maderas, se le causa estrés, heridas por rozaduras, traumatismos en las caídas, rotura de cuernos en las embestidas y, a veces, hasta muerte por deshidratación o infarto, todo ello en medio del regocijo popular y con pasodobles sonando.

Es tal el grado de insensibilidad, indiferencia, apatía e imperturbabilidad, que llegan a estar convencidos y quieren convencer, que no hay maltrato. ¡¡Claro que hay maltrato!! Hay maltrato físico, psicológico y moral, aunque se niegue para poder tener la conciencia tranquila y al electorado contento (y más en tiempo de crisis).

Apelar a la tradición, es lavarse las manos. Aunque los correbous tuvieran siglos de antigüedad, nada los justifica. La esclavitud también era una tradición de siglos, ya abolida. A las mujeres ya no se las quema en público acusándolas de brujas ni se las amarra por “las patas a la cocina. No por suerte, sino por reflexión, reivindicación y no pocas luchas, las sociedades evolucionan y prohíben lo que antes toleraban. Las únicas tradiciones que vale la pena mantener, son aquellas que producen un mundo más justo, una convivencia más sana, un bienestar común, una cultura compartida e inclusiva.

El tiempo no se detiene, y en muchos lugares, poco a poco, se va imponiendo el sentido común y la decencia, y bien por orden judicial, o bien por evolución mental, se van suprimiendo divertimentos con sufrimiento animal. En Cataluña, hace tres lustros, se clausuraron las corridas de toros, también se han prohibido tres modalidades especialmente lesivas (el ensogado, fuego en los cuernos y toros en la mar), y aunque se siguen permitiendo los correbous, no deja de ser un paso adelante hacia la erradicación de esas prácticas irracionales. La tendencia es imparable, aunque muchas mentes, ancladas en el pasado, se resistan.

Y a mí, que no me gustan las prohibiciones, preferiría que la desaparición del maltrato animal, antes que, por obligación, fuera por voluntad propia, producto de un proceso reflexivo, y para ello, sería bueno comprender, que el debate no está entre tradición y modernidad, sino entre crueldad o empatía.

Hay dos razonamientos, simples pero contundentes, que todavía a mucha gente le cuesta, o no quiere entender. Uno sería que la forma en que tratamos a los animales, nos define como sociedad. El otro sería que deberíamos tratar a los animales como nos gustaría que nos trataran a nosotros.

Para contrarrestar esos razonamientos, como tantas otras barbaridades, el maltrato animal se intenta normalizar a nivel institucional, mediante discursos populistas (lo quiere la gente, siempre se ha hecho, el animal no sufre, la ley lo permite, …), fomentando que las personas realicen o participen en ciertos actos, sin ningún cargo de conciencia y con la seguridad que no habrá ninguna consecuencia legal.

A principios del siglo veinte, el poeta sevillano Antonio Machado, decía: “La conciencia es anterior al alfabeto y al pan”. Y también al circo, añadiría yo pidiendo perdón al poeta.

La duda es si esa voz interior de la conciencia, sobrevivirá en estos tiempos de intoxicación, bulos, sadismos y corruptelas. La esperanza es que pueda perdurar e imponerse, porque de lo contrario, de no ver sufrimiento en el divertimento con maltrato animal, a tampoco ver sufrimiento en la situación de personas vulnerables (pobres, inmigrantes, refugiadas, …), sólo va un pequeño y peligroso paso.

Por no hablar de menores cuyos padres los llevan a “disfrutar” del maltrato. Si la educación de los más pequeños fracasa en transmitir valores de respeto a nuestro entorno y a quienes lo comparten con nosotros, habremos fracasado como sociedad, cosa que a muchos parece no importarles demasiado.

Me siento bien estando en el mismo lado que Mahatma Gandhi, cuando dijo que la grandeza de una nación y su progreso moral pueden medirse por la forma en que trata a sus animales, o del psicólogo y filósofo humanista Erich Fromm, al apuntar que el hecho que muchas personas compartan los mismos vicios, no los convierte en virtudes; que se compartan muchos errores, no convierte los errores en verdades, y que tantas personas compartan las mismas formas de patología mental, no los convierte en cuerdos.

¡¡Felices fiestas, a las personas y a los animales!!

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