Opinión

Escritor
El bumerán con toga

Begoña Gómez y Juan Carlos Peinado / Nacho García
El juez Peinado quizá crea estar instruyendo una causa, siguiendo aquello de que quien pueda hacer, que haga. Pero tal vez no haya calculado que, con cada nuevo exceso, puede estar fabricando otra cosa: una reacción popular contra el acoso judicial y mediático a Begoña Gómez. Hay persecuciones que intimidan. Otras, cuando se pasan de rosca, despiertan hartazgo, indignación y una solidaridad que no figuraba en el guion.
Begoña Gómez ha sido convertida en pieza de caza política con envoltorio judicial. No se la trata ya solo como investigada, sino como personaje útil para una liturgia de sospecha permanente. El pasaporte, la posible fuga, los escoltas, las insinuaciones sucesivas: todo parece pensado para mantener viva una niebla moral donde no hace falta probar demasiado, porque basta con sugerir mucho.
La justicia debe investigar. Faltaría más. Pero investigar no es convertir una instrucción en una máquina de titulares. Investigar no es confundir indicios con deseos, prudencia con hostigamiento, independencia judicial con protagonismo de plató. Cuando la frontera entre procedimiento y escarmiento se vuelve borrosa, la opinión pública empieza a moverse. Y no siempre hacia donde desean los cazadores.
Ahí está el riesgo para el antisanchismo más asilvestrado: creer que todo abuso desgasta al adversario. No siempre. A veces lo victimiza. A veces recompone lealtades rotas. A veces consigue que progresistas hartos de Pedro Sánchez -de sus maniobras, sus pactos, su elasticidad ideológica y su épica de superviviente- miren el espectáculo y digan: no, por aquí no. Podemos discutir al presidente. Incluso impugnarlo políticamente. Pero no aceptar una cacería contra su mujer.
El contraste con otros procesos judiciales agrava la sensación de doble rasero. Mientras Begoña Gómez aparece sometida a una presión procesal y mediática amplificada hasta el paroxismo, el caso de Alberto González Amador, pareja de Isabel Díaz Ayuso, circula por otros carriles, con otro clima y otro tiempo. Allí donde hay acusaciones fiscales concretas, cifras, delitos delimitados y una causa de evidente interés público, el ruido se administra con prudencia casi monacal. Aquí, en cambio, cada sospecha se sirve con tambor, corneta y tertuliano en celo.
No se trata de pedir linchamientos simétricos. Sería miserable reclamar para unos el barro que se arroja sobre otros. Se trata de denunciar que el barro no puede convertirse en método selectivo. La democracia no mejora si todos son arrastrados por igual; se degrada cuando algunos son paseados por la plaza pública a golpe de insinuación mientras otros atraviesan los tribunales envueltos en una discreción sorprendentemente confortable.
Para unos, justicia en alta velocidad, con retransmisión diaria y megafonía moral. Para otros, justicia de cercanías, con retraso indefinido, climatización agradable y asiento reservado.
Peinado puede estar consiguiendo el milagro inverso: transformar el cansancio con Sánchez en rechazo hacia sus perseguidores. Convertir a Begoña Gómez, no en santa ni en intocable, sino en símbolo de un acoso insoportable. Y cuando la justicia se parece demasiado a una vendetta, la toga deja de imponer respeto y empieza a provocar alarma.
El bumerán ya está en el aire. Y quizá vuelva manchado del mismo barro con el que pretendían sepultar al adversario.
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