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Opinión

Joan Álvarez

Joan Álvarez

Periodista y ex-diplomático cultural

Periodista y ex diplomático cultural

Prioridad nacional

Janna acaba de comprar un piso en Mislata, justo en la finca construida sobre el solar donde estuvo la casa en la que yo nací hace más de siete décadas. Nunca pude imaginar que una familia kazaja acabaría viviendo justo en el lugar donde empezó mi memoria. En ese momento comprendí que la geografía sentimental también emigra

Colas para el proceso de regularización en el Ayuntamiento de València.

Colas para el proceso de regularización en el Ayuntamiento de València. / Fernando Bustamante / LEV

La consigna “prioridad nacional” nació en Francia hace cuarenta años, en la cabeza de Jean-Marie Le Pen, quien publicó en 1985 Les Français d’abord (Los franceses primero) mientras el Club de l’Horloge bautizaba el lema como si fuera un instinto: préférence nationale. No era un programa de gobierno sino una estrategia electoral: señalaba un culpable del malestar de quienes sentían que las cosas les iban peor. Desde entonces, el culpable ha sido el inmigrante.

El relato llega a España ahora y solo cambia el escenario: de París a Madrid, y de ahí a los ayuntamientos y comunidades donde el PP gobierna con Vox, con la perspectiva de convertirse —elecciones mediante— en una prioridad del Gobierno de España.

Son palabras que activan una pregunta que es casi un escalofrío: ¿dónde se localiza la nacionalidad? ¿En el corazón, en el color de la piel, en la forma de pronunciar una erre? Nadie ha logrado encontrar un órgano con el latido de la patria. Quienes se erigen en jueces de estas cosas nunca terminan de responder. Señalan, pero no explican.

Pero la consigna crece alimentada por otros relatos: cayucos exhaustos llegando a Canarias, hospitales saturados, gentes sin nada que pugnan por adelantarse en la cola del bienestar. Relatos escritos con imágenes de pateras, denuncias de turismo sanitario y fotografías de servicios públicos desbordados. Hacen que parezca inevitable una conclusión: hay que poner orden mediante la fuerza de la ley o, llegado el caso, como sucede hoy en Estados Unidos, aplicando la ley de la fuerza.

El relato de los cayucos choca frontalmente con la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 y ha sido duramente censurado por un León XIV que estuvo formidable en Canarias recordando que los cayucos no son un arma para delinquir sino una petición de caridad.

Pero no es una idea extravagante. Tiene raíces históricas y emocionales profundas, las mismas que durante siglos han alimentado el recelo hacia el forastero. Tiene además un viento a favor de fronteras cerradas y soberanías a la defensiva.

Es una consigna sostenida por el hecho de que los recursos públicos son limitados y por la consigna de que los nacionales deben tener prioridad, como si la complejidad de vivir juntos pudiera reducirse a una cuestión de orden público. Esa visión conecta con la política migratoria de Estados Unidos, que le añade al relato, imágenes cinematográficas de policías hiperarmados persiguiendo y maltratando a latinos por las calles.

El relato de la prioridad nacional contiene además una alta dosis de orgullo nacional, un instinto que aparece como una coraza frente al inmigrante convertido en un sospechoso permanente, un posible parásito, un alguien improductivo, una amenaza que desborda incluso la capacidad de la policía. En España, la nacionalidad por residencia se obtiene acreditando un conocimiento suficiente del idioma y de la vida institucional. El Instituto Cervantes certifica esa competencia, que parece más un aprendizaje que una esencia.

La nacionalidad es sobre todo un contrato jurídico entre una persona y un Estado; mucho menos una esencia que una convivencia. No habita en la biología. Ningún certificado prescribe una manera de vestir, de comer o de educar a los hijos. Dentro de una misma nacionalidad conviven religiones, costumbres y formas de entender la vida tan distintas entre sí como puedan serlo las de dos países diferentes. La ley protege esa diversidad siempre que se respeten las reglas comunes. No exige que nos parezcamos. Exige que sepamos convivir.

En el proceso de regularización extraordinaria que ha terminado esta semana más de un millón de personas han presentado los papeles. Y Feijoó clamó el martes contra la ley de nietos que permite la nacionalización de dos millones y medio de personas descendientes de españoles que se exiliaron o emigraron. La nacionalidad es una cuestión mayor y un asunto confuso.

A comienzos de 2025, la ciudad de Valencia contaba con 844.424 habitantes, de los cuales 165.636 habían nacido fuera de España. Procedían de más de ciento sesenta nacionalidades, encabezadas por Colombia, Venezuela, Honduras, Argentina y Ecuador. InterNations sitúa a Valencia entre las ciudades del mundo preferidas por los expatriados para vivir. Cerca de siete millones de residentes en España tienen nacionalidad extranjera y uno de cada cinco habitantes ha nacido fuera de nuestras fronteras. Solo en 2025, casi trescientas mil personas adquirieron la nacionalidad española. La internacionalidad o la multinacionalidad ya no es una excepción. Es una característica estructural del país.

Hace unos días, se me vinieron estas ideas a la cabeza cuando viajaba en el tren que me lleva casi toda las semanas a Madrid. El algoritmo de Iryo decidió que viajara junto a Janna, llegada a Valencia hace seis años con su marido y sus hijos. Vivían en Astaná, capital de Kazajistán. Podían trabajar a distancia y, al terminar la pandemia, eligieron Valencia para empezar una nueva vida. Nuestra conversación saltó del ordenador portátil al esfuerzo de sus hijos por hablar valenciano. Y entonces la conversación dio un vuelco inesperado, apareció una coincidencia inverosímil: Janna acababa de comprar un piso en Mislata, justo en la finca construida sobre el solar donde estuvo la casa en la que yo nací hace más de siete décadas. Francamente, nunca pude imaginar que una familia kazaja acabaría viviendo justo en el lugar donde empezó mi memoria.

En ese momento comprendí que la geografía sentimental también emigra. No cambian solo las personas. Cambian los lugares cuando otras vidas empiezan a habitarlos. A mi vieja geografía mislatera acababan de añadírsele unas gotas de Kazajistán. No porque hubiera cambiado el mapa, sino porque había cambiado la vida. Cruces parecidos se repiten hoy en las escuelas, en los hospitales, en las empresas y en las familias. La sociedad valenciana ya no puede explicarse sin América Latina, Europa del Este, África o Asia. Esa mezcla no es una anomalía: es el paisaje cotidiano del siglo XXI.

Todo populismo necesita simplificar la realidad. Si el problema tiene un único culpable, también parece tener una solución única, fácil. La realidad tiene la mala costumbre de no obedecer a los eslóganes. Hay relatos con mucha eficacia electoral y una gran pobreza intelectual o moral. El extranjero, el inmigrante, incluso quien llega sin papeles, forman parte de nuestros desafíos, pero no son la explicación de todo lo que nos duele. Convertirlos en el origen de cada problema puede resultar políticamente rentable; humanamente muy discutible.

Una mujer llegada desde Kazajistán vive hoy exactamente sobre el lugar donde yo aprendí a gatear. Ningún programa electoral habría podido prever esa escena. La vida la hizo realidad, la rodó. La política puede ordenar las fronteras. La vida lleva siglos empeñada en desordenarlas.

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