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Opinión

València

El poder de la sobremesa

Diana Morant, durante el congreso nacional del PSPV-PSOE.

Diana Morant, durante el congreso nacional del PSPV-PSOE. / JM LOPEZ / LEV

La exministra Carmen Alborch insistía en que la política real no se hacía solo en los parlamentos, sino en esos espacios informales –los pactos de caballeros– donde se reparten las sillas y se decide quién cuenta. Ella denunciaba cómo, incluso cuando las mujeres podían votar o militar, seguían expulsadas de las conversaciones que cierran acuerdos entre cafés, puros o cervezas, después de que ellas se hubieran tenido que ir a ocuparse de la familia o de la intendencia.

Que hoy Diana Morant sea la primera candidata del PSPV para presidir la Generalitat —algo inédito en cuarenta años de democracia— demuestra que parte de ese muro se ha resquebrajado. Indica que ese espacio del que las mujeres socialistas estuvieron ausentes ya se ha conquistado. Pero, aun así, la aspirante sigue lidiando con ese poder poco visible pero influyente: el de las sobremesas donde se teje el relato y se mueven los hilos.

Morant ha roto un techo histórico, pero se mueve en un ecosistema político y mediático organizado en torno a redes masculinizadas de confianza y favores. No le pasa solo a ella; el sesgo de género sigue siendo acusado en política. La líder de Compromís, Mónica Oltra, ahora candidata al Ayuntamiento de València, lo sufrió cuando alargó la negociación con Ximo Puig a las puertas del primer Botànic: la crítica por ser “demasiado” ambiciosa fue mucho más feroz que la que reciben los hombres en situaciones similares. A la popular Isabel Bonig también le salió caro no ser amiga de sobremesas ni de escapadas de amigotes a Formentera. Le costó la presidencia del partido en favor de un Carlos Mazón del que es sabida su afición por el tardeo.

No querer estar en esos circuitos o saltarse los roles de género son obstáculos que ponen a las mujeres en la picota de forma persistente. Que Morant sea la primera presidenciable socialista no la hace mejor ni peor candidata, ni valida o condena per se su estrategia de alargar la renuncia al ministerio para volcarse de forma exclusiva a la carrera autonómica. Pero ni su sexo ni su decisión de eludir las dinámicas patriarcales del poder deberían pasarle factura; al menos, no más que a sus colegas varones. Francisco Camps dejó el cargo de delegado del Gobierno ocho meses antes de las autonómicas y Carlos Mazón retuvo la Diputación de Alicante hasta la víspera de su investidura. Ambos también recibieron críticas por compatibilizar responsabilidades, pero el cielo no se abrió en dos y, además, terminaron ganando las elecciones.

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