Opinión | Traspapelado
El amigo Linklater, otros de la familia y un gurú

Richard Linklater (derecha), junto al actor que da vida a Godard en 'Nouvelle Vague'. / Levante-EMV
Decía un gurú español de la modernidad (uno de esos prescriptores de lo cool y censores de lo trasnochado) que tenía interés menos cero en la película de Woody Allen que le financia Ayuso. Dicho así: la presidenta, no Madrid, que es una manera de levantar una barrera ideológica contra el proyecto. O sea, que si no te gusta Ayuso no te puede interesar la película. Añadía que hacía ya varias películas que había dejado de motivarle el de Manhattan.
Lo leí, dejé la magdalena a un lado y escribí en el bloc del móvil: prejuicio. Condenar antes de ver. El mal del crecidito cultural. No solo es que no pueda dejar de opinar (lo imagino escribiendo juicios breves en la pared del retrete: en uno público; en el de casa, jamás), es que ya lo hacen antes de leer o ver. Mi prejuicio (nadie es perfecto) es a los que llaman a la puerta con la etiqueta de canonizadores de la cultura y la modernidad. Este, seguro es de los que hace unos años destilaba fino por Jot Down.
Admito que en mi reacción hay algo de tribal (o mafioso, si quieren). Se han metido con uno de los nuestros y saco las uñas (porque no tenía a mano la metralleta de tambor de Joe Pesci). Obvio que no todas las pelis de Woody Allen son un primor. Y que alguna de esas que ha hecho en ciudades de Europa tras ver cerrada la financiación en Estados Unidos (¿cancelación, sí o no? El sabio dice que nanai) podrían entrar en la categoría de malas. Pero me pasa que incluso en esas hay un diálogo, una idea, una frase, en que me reencuentro: en que estoy frente al espejo y me veo. Uno sería de otra manera sin las pelis de Woody Allen y uno se reconoce en la sangre que recorre a sus personajes y sus historias. Me pasa incluso con la novelita que ha publicado ahora que le persigue la condena social a pesar de los veredictos judiciales. No lo voy a salvar si algún día se demuestra que es un abusador, pero no voy a condenar ahora su obra, aunque coincido en que la autobiografía era un producto demasiado autojustificativo.
En todo caso, perdonar o enterrar al autor de hechos condenables no era el sentido de este Traspapelado. Era más bien destacar el sentimiento de familia entre el creador y el público. ¿Es algo enfermizo que no haya podido contener el llanto viviendo de la mano de Siri Hustvedt las últimas horas de Paul Auster? ¿Es una anomalía tener la necesidad de acercarte a cada cosa que publica Richard Ford? ¿Por qué la fidelidad a las columnas de Leila Guerriero? ¿Por qué me veo cuando leo a Muñoz Molina o Marías? ¿Por qué las películas de David Trueba hablan de mí? Afinidades electivas. Otra familia sentimental.
Acabo de ver las últimas dos películas que, casi a la par, han llegado de Richard Linklater (Blue Moon y esa gozada de homenaje al cine y la belleza sencilla que es Nouvelle Vague) y es la misma sensación de paz y comodidad que cuando abres la puerta de casa. Aquí voy a estar bien. Voy a tropezarme con algo de mí por más locura que puedan ser. Voy a estar seguro. Como cuando quedas a cenar con los amigos de siempre. Aquí estás tú, liberado de máscaras, antes del amanecer o del anochecer. Da igual. Eres tú.
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