Opinión | Bolos
El juez que compraba libros quemados
Juan Cremades, fundador de Jueces para la Democracia, fue un firme defensor de la independencia judicial y un ejemplo de servicio público

El magistrado Joan Cremades. / Levante-EMV
Hay juristas que entienden que detrás de cada procedimiento hay una oportunidad. Juan Cremades pertenecía a la estirpe de los servidores públicos que no necesitan levantar la voz para dejar huella. Lo entrevisté hace más de 25 años en Girona. Fue la única entrevista que no he publicado, como entendió aquella misma tarde mi querido director Jordi Xargayó. Desde entonces mantuvimos una conversación continua, siempre bajo la condición del secreto de sumario y del respeto intelectual. Cremades hablaba de política, de tribunales, de literatura o de la vida con una mezcla poco frecuente de ironía, prudencia y curiosidad. Discrepaba sin ensuciar la conversación.
Tenía una cabeza ordenada. Le gustaba definirse como servidor del Estado. En tiempos de cinismo, esa expresión puede sonar incluso sospechosa. En su caso era exacta. Desde su primera resolución hasta la última, dictada contra una entidad bancaria pocos días antes de jubilarse, intentó ser justo. Fundador de Jueces para la Democracia, pertenecía a una generación que entendió que la independencia judicial no puede confundirse con corporativismo. Presidió la Audiencia Provincial de Guipúzcoa entre 1990 y 1997, en los años más duros del terrorismo de ETA.
La prueba de su carácter está en una escena que vale por muchas condecoraciones. Cada vez que la librería Lagun de San Sebastián sufría un ataque, y fueron muchos, acudía a comprar libros quemados. Era la librería de María Teresa Castells y José Ramón Recalde, un lugar castigado primero por los enemigos de la libertad durante el franquismo y después por quienes pretendieron imponer la patria a golpes, amenazas y gasolina. Pudo haberse quedado en el País Vasco, pero las prioridades personales lo llevaron a Girona, donde fijó residencia y desde donde acudía a Barcelona para presidir la sección 13 de la Audiencia. Con la jubilación volvió a València y se matriculó en Filosofía, como si aún quedara pendiente ordenar algunas preguntas esenciales. Venía de Exactas, pasó por Derecho y acabó en Filosofía.
La muerte de Juan Cremades nos arrebata a un juez justo, a un conversador leal, a un hombre capaz de comprar libros quemados para defender que la barbarie nunca debe tener la última palabra. Ganamos, en la memoria, el ejemplo de un ciudadano modélico.
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