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Opinión | En el barro

València

El mundo imaginario del aire acondicionado

El aire acondicionado rima perfectamente con este tiempo de irrealidades y ficciones. El mundo presuntamente real se queda en las noticias de la pantalla, mientras el aire acondicionado nos integra en la ficción de un clima confortable. Todo es una gran paradoja. Todo es una enorme maraña. Así van estos días

Pedro Sánchez.

Pedro Sánchez. / Eduardo Parra - Europa Press

Un amigo sostiene convencido tras el último episodio de calor extremo que el aire acondicionado es el primer (y único, enfatiza) indicador de civilización. En días así, cuando dormir parece una misión imposible, hay discusiones que no conviene empezar. El aire acondicionado es también el primer segmentador de clases. Tenerlo o no otorga un estatus. Además (con el calor da por filosofar), el aire acondicionado rima perfectamente con este tiempo de irrealidades y ficciones. El mundo presuntamente real se queda en las noticias de la pantalla, mientras el aire acondicionado nos integra en la ficción de un clima confortable. Todo es una gran paradoja. Todo es una enorme maraña. Así van estos días.

Quizá el gran cambio cultural empezó con el aire acondicionado. Porque como dice Jesús García Cívico en su último ensayo breve y golpeante (Me hicisteis mal, Vincle), “para que un votante de la primera potencia mundial pueda considerar culpable de su situación a un pobre migrante mexicano y no a un multimillonario con cara de villano, debe haberse producido un lento y profundo cambio cultural”. Un movimiento de esquemas mentales que lleva a desconfiar de la excelencia, poner lo emocional por delante de lo irracional y usurpar la idea de libertad y que pase a ser una especie de revancha contra lo culto, elevado y noble. “Libertad, carajo”. Libertad tabernaria de cañas contra el sistema. Libertad para contratar y despedir sin cortapisas. Libertad contra las bajas laborales. Libertad ultraneoliberal, pero respaldada en las urnas por los humildes, convencidos de que una turba de gentes de otras razas y continentes les quita lo poco que tienen y vive mejor que ellos. La paradoja, de nuevo. La ficción prospera porque lo subjetivo es lo que cuenta y el personaje de la víctima se ha hecho grande y triunfal en la película de estos días. De nuevo, lo irreal es lo que importa. El aire acondicionado de un mundo imaginario.

Las enmiendas de Vox a esa ley escoba que alguien bautizó de Acompañamiento y donde cabe cualquier cosa son paradigmáticas. Por un lado, cerco al extranjero pobre, que tenga que estar un pilón de años empadronado para tener ‘arraigo’ y, por tanto, derechos como los nativos. Y por otro, reducción de las cargas fiscales a los que más tienen: el listón para pagar el impuesto de Patrimonio, en el doble de donde está ahora, y el porcentaje a aportar en el impuesto de la renta, más bajo. Persecución al más paria (extranjero) y alfombra a los más ricos y poderosos: esa es la doctrina que plantea la ultraderecha al hacer política.

¿Qué harán las clases medias, lo que queda de ellas, ante una propuesta de futuro así? Esa es la gran pregunta de los próximos años.

La pregunta que divide hoy en dos al progresismo es si hay 'lawfare'. Esa y si estamos en una disyuntiva entre neofranquismo y resistencia democrática encarnada por Sánchez

Me levanto de la cama con estas preguntas que no sé si van a algún sitio. El gesto reflejo es poner la radio y acercarse a lo que pasa fuera. Uff, once muertos en un incendio. Pero sin dejar de hablar de otras vidas imaginarias, bajo otros aires acondicionados. No tardo en notar que algo se ha roto en mí: me he dislocado y me he desviado de la tendencia dominante de la opinión. Hablan de jueces expresando juicios de valor, como si fueran tertulianos sin más, como si el sistema no les hubiera encomendado la misión de condenar y sacar un rato del grupo a los que incumplen las normas. Como si sus resoluciones tuvieran el mismo valor que esta tribuna de reflexiones distorsionadas por el calor. Y no puedo dejar de pensar que esto no era así cuando los autos caían de la otra cara y era la otra ideología la asediada por expedientes judiciales. Cuesta digerir el esquema que se hace fuerte en el progresismo. La pregunta que divide hoy en dos a este universo es si hay lawfare. Esa y si estamos en una disyuntiva entre neofranquismo y resistencia democrática encarnada por Sánchez. Es una lógica perversa, pero cada paso parece abocarnos hacia ese precipicio: lo de Feijóo y las bajas, los concebidos no nacidos, la salida de tiesto del jefe de los obispos, las arremetidas imprevisibles de Trump... Mi duda es si todo es otra ficción más. El temor es qué pasará el día después de votar. Así me meto en la ducha.

Pero mi ducha de realidad viene después. Sin agua.

Mi antídoto contra el odio y la desesperación cada mañana es tropezarme con los chavales que entran en el centro para atención a la parálisis cerebral. Los esperan los monitores, jóvenes poco mayores que ellos con salarios escasos que los van llevando de la mano, con las primeras palabras de calor. La vida es de otra manera sin aire acondicionado y sin móvil. Se puede respirar a pesar del bochorno. Se puede. La civilización era esto.

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